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SIGMUND FREUD Y EL SECRETO DE LOS SUEÑOS

 
El día 12 de junio de 1900, un mes y medio antes de la ruptura de una intensa relación amistosa —mantenida durante 13 años— con el otorrinólogo berlinés Wilhem Fliess, Sigmund Freud se encontraba pasando las vacaciones estivales con su extensa familia (esposa, cuñada y seis hijos) en el Palacio Belle Vue, situado en Cobenzl, cerca de Grinzing, en los bosques que rodean por el norte la ciudad de Viena. Esta construcción, de la época tardía del Biedermeier, se alquilaba como hotel a las familias vienesas que huían en los meses del verano de los calurosos días y del ajetreo propio de la ciudad imperial de los Habsburgo. Desde este paradisíaco lugar, rodeado de árboles, viñas y flores, con una hermosa vista panorámica de la ciudad y el Danubio, Freud le envió una carta a Fliess —su «Otro de Berlín», como él lo llamaba— en la que entre otras cosas le contaba lo siguiente:

La vida en Bellevue se configura en lo demás muy grata para todos. Las noches y las mañanas son arrobadoras; tras las lilas y codesos aroman ahora las acacias y jazmines, las rosas silvestres florecen, y justamente todo ello sucede, como lo veo en efecto, de manera repentina.  ¿Crees tú por ventura que en la casa alguna vez se podrá leer sobre una placa de mármol?:

"Aquí, el 24 de julio de 1895, se le reveló al Dr. Sigmund Freud el secreto de los sueños"

             Y añade a continuación, presuroso, al darse cuenta de lo disparatado de la ensoñación que está dirigiendo a su amigo:

 Por el momento parecen escasas las perspectivas de que ello ocurra. (1)

             Con estas palabras Freud estaba haciendo referencia a que cinco años atrás, mientras se hallaba disfrutando de sus vacaciones estivales también en el palacio-hotel Belle Vue, en la noche entre el 23 y el 24 de julio, más bien a la mañana, tuvo un sueño, el de «La inyección de Irma», que sentó por escrito al despertar. Este sueño cuyo contenido latente descifró al día siguiente, mientras se encontraba sentado en una mesa de la terraza del restaurante del Belle Vue, es, con mucho, el más importante de los 47 sueños propios que nos relata en La interpretación de los sueños, hasta el punto de dedicarle la totalidad del capítulo II. Sueño y desciframiento prínceps, dignos, pues, de un palacio como Belle Vue. 

             En este capítulo son expuestos sus personales y singulares pasos sobre el análisis de un sueño. Poco a poco nos va mostrando el método que ha descubierto para desentrañar el secreto de los sueños, ese secreto en el que científicamente nadie se había atrevido a indagar hasta entonces, ese enigma del cual ningún sujeto se había ocupado desde los oniricocríticos que poblaron la Antigüedad (Artemidoro de Dalcis, Macrobio, Artabanos y Herófilo, entre otros).

             Mucho tiempo después, el día 6 de mayo de 1977, coincidiendo con el 121 aniversario de su nacimiento, esta fantasía optativa freudiana comunicada a su todavía amigo, se materializó en lo real, porque la vienesa «Sociedad Sigmund Freud», en presencia de su único vástago aún vivo —su hija menor Anna, que por entonces contaba 82 años de edad— colocó una lápida de mármol conteniendo esa frase de su carta a Wilhem Fliess («Aquí, el 24 de julio de 1895, se le reveló al Dr. Sigmund Freud el secreto de los sueños») en el lugar donde anteriormente se había levantado el palacio Belle Vue, el cual fue destruido en el transcurso de la mortífera Segunda Guerra Mundial y nunca fue vuelto a reconstruir.

ADICIÓN ACTUAL AL TEXTO DEL SIGUIENTE PARÁGRAFO:

              En la portada de este texto, que cuelgo en Internet, está una fotografía que me hicieron, frente a dicha lápida marmórea, en agosto de 1999, tres meses antes de que compusiera el texto que escribí para conmemorar el siglo de la publicación de su libro La interpretación de los sueños. Como se apreciará en ella, estoy bastante más joven y, además, muy contento. En ese viaje (realizado junto con mi esposa, mi hermana y mi cuñado) fuimos a ver —yo, dos veces— el «Sigmund Freud-Museum» vienés, situado en el edificio de la Bergasse 19, donde residía y pasaba consulta. También fuimos a donde, de modo regular, solía ir a tomar el cafelito acompañado de su inseparable cigarro (el «Restaurant Cafe Lantmann»); al parque por donde daba sus paseos, el Parque Sigmund Freud —donde también existe un monolito dedicado a su persona— que se encuentra ubicado entre la Universidad de Viena y la Iglesia Votiva; y también acudimos a visitar el busto de Freud que está ubicado en el patio de la Universidad de Viena. Luego emprendimos camino hacia Budapest, en cuyo exuberante Parque de la Isla Margarita —situada en medio del Danubio—, el 11 de agosto de 1999, fuimos asombrados testigos de un eclipse total de sol (aquí, en España, sólo fue un eclipse parcial) pues desde hace ya tiempo que me intereso por la astronomía, y, últimamente, gracias a las conversaciones que mantengo con algunos miembros de la «Sociedad Astronómica de Palencia», por la astrofísica.

             Terminada de imprimir hacia el 20 de octubre de 1899, La interpretación de los sueños —Die Traumdeutung— hizo acto de presencia en las librerías vienesas el día 4 de noviembre, pero su editor (Franz Deuticke), no pudiendo escapar a los significantes propios de la época, prefirió ponerle en la portada la fecha de 1900. Por entonces ya se polemizaba con ardor acerca de si el siglo XX comenzaba el 1º de enero de 1900 o por el contrario, si no habría que esperar hasta el mismo día del año siguiente para celebrar el cambio de siglo. Esto me hace pensar en el retorno periódico y regular —tal como hacen los cometas que aparecen en nuestra bóveda celeste— del significante ‘siglo’ en lo real de nuestra Civilización Occidental y que, actualmente, retorna acompañado de otro: el significante ‘milenio’.

              Es por esta ocurrencia del editor, compartida, por supuesto, por el escritor, por la que el año que viene —el último año del siglo XX y del segundo milenio para unos, el primer año del siglo XXI y del tercer milenio para otros, aunque tanto para unos como para otros sea el año del apocalíptico ‘efecto 2000’ del Sistema Informático— son de esperar un aluvión de referencias al centenario de la publicación del texto freudiano, tanto en los llamados medios de comunicación de masas como en los ambientes intelectuales y psicoanalíticos del mundo entero. Porque este ensayo monográfico sobre los sueños, es uno de los libros más trascendentales de nuestra modernidad, es uno de los más fulgurantes en la historia del pensamiento de la Humanidad.

             El Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Castilla y León (GEP-CL) ha deseado adelantarse a esta avalancha y homenajear públicamente los 100 años de La interpretación de los sueños en su fecha correcta, es decir en el mes de noviembre de 1999. 

             Para ello ningún lugar más adecuado que la capital de nuestra Comunidad Autónoma, la ciudad de Valladolid, que tan amablemente nos acogió con motivo de la celebración de nuestra I Jornada, que bajo el lema «Cine y Psicoanálisis» nos congregó el día 5 del pasado mes de junio.

             Además, quisiera haceros resaltar que el nombre de esta ciudad era conocido por Freud. Os voy a explicar por qué.  En su adolescencia Freud aprendió el idioma castellano en compañía de Eduard Silberstein, amigo y compañero de estudios en el Instituto de Enseñanza Secundaria que estaba ubicado en el Leopoldstadt vienés. Fundaron ambos, en secreto, una peculiar asociación erudita que bautizaron con el nombre de «Academia Castellana» (AC), de la cual eran sus dos únicos miembros. A esto se refiere Freud cuando le escribió una carta fechada el 7 de mayo de 1923 a D. Luis López Ballesteros y De Torres, traductor al castellano de sus obras, carta que comienza de esta manera:

Siendo yo un joven estudiante, el deseo de leer el inmortal “Don Quijote” en el original cervantino me llevó a aprender, sin maestros, la bella lengua castellana. Gracias a esta afición juvenil puedo ahora —ya en edad avanzada— comprobar el acierto de su versión española de mis obras. (2)

             Pues bien, una de las actividades favoritas de esta insignificante «Academia Castellana» era leer, además del Don Quijote, las doce Novelas Ejemplares cervantinas. Les entusiasmaba a ambos en especial la última y más extensa de ellas, titulada El diálogo de los perros.

             Dicha novela ejemplar comienza así, en letras mayúsculas: NOVELA Y COLOQUIO QUE PASÓ ENTRE CIPIÓN Y BERGANZA, PERROS DEL HOSPITAL DE LA RESURECCIÓN, QUE ESTÁ EN LA CIUDAD DE VALLADOLID, FUERA DE LA PUERTA DEL CAMPO, A QUIENES COMÚNMENTE LLAMAN LOS PERROS DE MAUDES. (3)

             Fue tal el impacto que despertó en ellos los diálogos que intercambiaban entre sí estos dos perros bajo la cama del Alférez Campuzano (quien se encontraba ingresado en el hospital de «La Resurrección» de Valladolid para curarse unas bubas sifilíticas que le había contagiado su esposa, Doña Estefanía de Caicedo, con la que, por cierto, había contraído un matrimonio engañoso), que tomaron los nombre de los canes para sí.

             Sigmund pasó a autodenominarse ‘Cipión’ y su amigo Eduard era ‘Berganza’, tanto en su correspondencia privada como en los mensajes que ambos se intercambiaban, ante el estupor de sus otros compañeros de estudios, quienes, por supuesto, no comprendían nada de aquel extraño idioma desconocido que ambos practicaban. De todo lo anterior deduzco que Freud tenía que conocer, forzosamente, que existía una ciudad en España cuyo nombre era Valladolid. 

             Pero volvamos de nuevo a La interpretación de los sueños. Freud fantaseaba que su libro iba a causar un gran impacto en los ambientes médicos e intelectuales de aquella Viena por la que sentía, desde que llegó a ella contando cinco años de edad, una profunda ambivalencia afectiva y, ciertamente, la apuesta era arriesgada: nada menos que exponer su intimidad biográfica ante los lectores, para mostrarles que el secreto de los sueños residía en que son realizaciones disfrazadas de deseos refrenados, de deseos reprimidos. Que se encontraba en disposición de ir tras la verdad de su propio deseo, y cual Orfeo, bajar si fuere preciso hasta las regiones infernales en busca de su amada Eurídice, lo testimonia el enigmático lema que encabeza e inicia La interpretación de los sueños, extraído del séptimo libro de la Eneida, cuando Virgilio pone en boca de la diosa Juno, enfurecida con las otras diosas del Olimpo, la siguiente invocación: Flectere si nequeo superos Acheronta movebo («Si no puedo conciliar a los dioses celestiales, moveré a los del Infierno»). (4)

             Le había escrito a su amigo, el médico Wilhem Fliess el 28 de junio:

Ninguna de mis obras anteriores ha sido tan autóctonamente mía como ésta: es mi propio almácigo con mi propio abono, mi propia semilla y encima una nueva especie de planta propia de mi (por añadidura). (5) 

             Y el 6 de septiembre: 

Estoy totalmente absorto en el libro de los sueños; escribo de 8 a 10 horas por día, y acabo de superar lo peor del capítulo sobre la psicología.  —Se refiere al último capítulo, el capítulo VII, titulado «Psicología de los procesos oníricos»— Fue unaenorme tortura, y no quiero pensar siquiera cómo ha salido. […] Finalmente puse en él mucho más de lo que quería, ya que uno profundiza cada vez más a medida que progresa; pero me temo que sea un montón de insensateces. ¡Y todo lo que habré de oír! Cuando la tormenta se desencadene sobre mi cabeza, huiré a refugiarme en tu cuarto de huéspedes. Tú siempre encontrarás algo que alabar en mi trabajo. (6)

             Pero la dura realidad fue que la monumental tormenta que Freud esperaba sólo se quedó en cuatro gotas. Un silencio aterrador, sólo interrumpido, fugazmente, por algún comentario despectivo, fue la respuesta que los médicos e intelectuales vieneses dieron a ese libro escrito por quien —catorce años antes— dijera ante las solemnes cabezas pensantes de la Medicina Oficial vienesa, en su propio Colegio, que la enfermedad histérica también podía ser padecida por los hombres, contraviniendo de este modo una doctrina hipocrática que se había mantenido, indiscutida, durante 22 siglos.

               En el Prólogo de la 2ª edición, escrito en 1908 —la 1ª edición constaba de 600 ejemplares que se tardaron en vender más de 8 años—podemos leer cómo Freud vierte su decepción en las siguientes palabras: 

El hecho de que aún antes de completarse el primer decenio haya sido necesario editar por segunda vez este libro de tan difícil lectura, no se lo debo al interés de los círculos profesionales, a quienes me había dirigido con las presentes páginas. Mis colegas de la psiquiatría no parecen haberse esforzado por superar la extrañeza inicial que despertó mi nueva concepción del sueño; los filósofos de profesión, por su parte, acostumbrados a dar cuenta de la vida onírica cual si fuera un apéndice de los estados conscientes, le concedieron tan sólo una pocas palabras —casi siempre las mismas que usan los psiquiatras—, no advirtieron, a todas luces, que precisamente este hilo conduce a muchas cosas que han de provocar un profundo trastueque de nuestras doctrinas psicológicas. La actitud de la bibliocrítica científica sólo prometía para esta obra mía la condena del silencio. (7)

             Finaliza este prólogo con una confesión conmovedora: 

Para mí, este libro tiene, en efecto, una segunda importancia subjetiva que sólo alcancé a comprender cuando lo hube concluido, al comprobar que era una parte de mi propio análisis, que representaba mi reacción frente a la muerte de mi padre, es decir, frente al más significativo suceso, a la más tajante pérdida en la vida de un hombre. Al reconocerlo me sentí incapaz de borrar las huellas de tal influjo. (8)

             Reitera su queja en el Apéndice de 1909 al capítulo I —titulado «La literatura científica sobre los problemas oníricos—: 

Mi trabajo no ha sido siquiera citado en la mayoría de las publicaciones posteriores y naturalmente, donde menos interés ha despertado ha sido entre los investigadores especializados en estas materias, los cuales han dado un brillante ejemplo de la repugnancia propia de los hombres de ciencia a aprender algo nuevo. […] Por otro lado, los pocos críticos que en los periódicos científicos se han ocupado de mi obra han revelado tanta incomprensión, que no les puedo contestar sino invitándolos a leerla de nuevo; o, mejor, simplemente a leerla. (9)

              Y finalizando el primer capítulo de su «Historia del movimiento psicoanalítico» —redactado en febrero de 1914— Freud vuelve la vista atrás y describe esos años de aislamiento e incomprensión llamándolos la «bella época heroica»; tras compararse con Robinsón en su isla desierta, recuerda: 

«La interpretación de los sueños» terminada en mi pensamiento a principios de 1896, no fue trasladada a las cuartillas hasta el verano de 1899. […] Entre tanto, mis trabajos no eran citados en las bibliografías de las revistas profesionales, o cuando se les concedía un puesto en ellas, era para rechazar sus ideas con un aire de superioridad compasiva e irónica. […] Una vez un ayudante de la Clínica de Viena, en la que daba yo mi ciclo semestral de conferencias, pidió permiso para asistir a las mismas. Me escuchó atentamente, sin decir nada; pero al finalizar la última lección se ofreció a acompañarme, y por el camino me confesó haber escrito, con el conocimiento de su jefe, un libro contra mis teorías, las cuales le habían convencido ahora por completo. Antes de ponerse a escribir había preguntado en la Clínica si para acabar de documentarse debía leer «La interpretación de los sueños», pero le habían dicho que no valía la pena.(10)

             Esta anécdota con el médico ayudante, el doctor Raimann, que llegaría a ser profesor extraordinario de la Universidad de Viena, nos la vuelve a contar en su «Autobiografía», escrita en 1924 y publicada un año después:

Durante más de 10 años, —dice— contados a partir de mi separación de Breuer, no tuve ni un solo partidario, hallándome totalmente aislado. En Viena se me evitaba y en el extranjero no tenían noticia alguna de mí. Mi «Interpretación de los sueños», publicada en 1900, apenas fue mencionada en las revistas técnicas. En mi ensayo «Historia del movimiento psicoanalítico» he incluido como ejemplo de la actitud de los círculos psiquiátricos de Viena una conversación que tuve con un médico, autor de un libro contra mis teorías, que me confesó no haber leído mi «Interpretación de los sueños». Le habían dicho en la Clínica que no merecía la pena. (11)

              No sé si el Freud lector de Miguel de Cervantes conocía que éste dejó escrito: «Es querer atar las lenguas de los maledicentes lo mismo que querer poner puertas al campo»; y también: «Es mejor ser loado de los pocos sabios que burlado de los muchos necios». Ignoro si, aún conociendo estos dichos, le hubieran servido en aquellos momentos de alguna ayuda para afrontar su particular batalla científica. Pero lo que sí sé es que su soledad de pionero, de explorador solitario, llegó a su fin tres años después de publicar La interpretación de los sueños, porque a partir del otoño de 1902 se congregaron en su derredor otros cuatro médicos vieneses: Wilhelm Stekel, Rudolf Reitler, Alfred Adler y Max Kahane. Comenzaron a reunirse todos los miércoles, a las 9 de la noche, alrededor de la mesa cuadrangular que ocupaba el centro de la sala de espera de su consulta en Bergasse 19. De este modo nació la «Sociedad Psicológica de los Miércoles», la cual constituyó el prólogo de una extensa, singular y tortuosa historia, la del movimiento psicoanalítico, la Causa freudiana, de la cual todos nosotros, los miembros del Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Castilla y León (GEP-CL) nos sentimos herederos y protagonistas. 

             Y una letra de esta larga historia la escribimos hoy, en Valladolid, al darle a Freud muchas gracias por su genial clarividencia, por habernos mostrado el secreto de los sueños, por no haber cedido ante su deseo, por su sed de verdad, por no haber retrocedido ante la adversidad, por su trabajo de filólogo y lingüista en su trilogía La interpretación de los sueños, Psicopatología de la vida cotidiana y El chiste y su relación con el inconsciente.

              Porque Freud, usando la «técnica psicológica que permite interpretar los sueños», descifrando de manera minuciosa la escritura jeroglífica de los mismos, como Jean-François Champollion ante la piedra de Rosetta, se dio de bruces con una superestructura (que él bautizó con el nombre de Inconsciente) en la que las condensaciones metafóricas y los desplazamientos metonímicos eran "los dos obreros a cuya actividad hemos de atribuir principalmente la conformación de los sueños." (12). Se topó con la «morada del ser» heideggeriana. Ser en falta que se alimenta de palabras, que soñando desea, que deseando sueña, ser de lo inconsciente, de lo desconocido, pero cifrado a fuego por la letra y sometido a los juegos de la concatenación significante. 

             Ça parle («Eso habla»), nos repitió con insistencia Jacques Lacan. ¿Seremos capaces de escucharlo? 

             Immanuel Kant, al decirnos que el sueño es un arte poético involuntario nos hizo poetas a los humildes soñadores y Sigmund Freud al indicarnos que "la interpretación onírica es la vía regia para el conocimiento de lo inconsciente en la vida anímica" (13), nos lanzó el desafío de interrogarnos acerca de si deseamos saber o seguir ignorando qué huellas indelebles portamos y cuáles son aquellos significantes particulares que nos conforman y sujetan al orden simbólico en nuestra fugaz  y estúpida existencia.

             El Prólogo para la tercera edición inglesa de La interpretación de los sueños —escrita por Freud el 15 de marzo de 1931— finaliza de este modo: 

Aún insisto en afirmar que este libro contiene el más valioso de los descubrimientos que he tenido la fortuna de realizar. Una intuición como ésta el destino puede depararla sólo una vez en la vida de un hombre (14). 

             Hoy celebramos aquí esta intuición genial que Sigmund Freud tuvo y el coraje, la altura de miras y la elegancia con que la afrontó.

             Como actual presidente del Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Castilla y León (GEP-CL), declaro inaugurada nuestra II Jornada: «A cien años de La interpretación de los sueños del Profesor Sigmund Freud».


REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

(1)  Freud, Sigmund. Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904). Carta nº 248. Págs. 457- 458.  Amorrortu editores, S.A. Buenos Aires, 1994. 

(2)  Freud, Sigmund. «Carta al Sr. D. Luis López Ballesteros y De Torres». Obras Completas, tomo VII, pág. 2821. Editorial Biblioteca Nueva. Madrid, 1974.

(3)  De Cervantes, Miguel. El casamiento engañoso y El coloquio de los perros, pág. 71. Biblioteca Didáctica Anaya, S.A. Madrid, 1986.

(4)  Freud, Sigmund. «La interpretación de los sueños». Obras Completas, tomo II, pág. 343.

(5)  Sigmund Freud. «Los orígenes del Psicoanálisis». Obras Completas, tomo IX, pág. 2.620.

(6)   Freud, Sigmund. Cartas a W. Fliess (1887-1904). Carta nº 212, pág. 405.

(7)  Freud, Sigmund. «La interpretación de los sueños». Obras Completas, tomo II, pág. 344.

(8)  Ibídem. Pág. 345.

(9)  Ibídem. Pág. 404.

(10)  Freud, Sigmund. «Historia del movimiento psicoanalítico». Obras Completas, tomo V, pág. 1.904.

(11)  Freud, Sigmund «Autobiografía». Obras Completas, tomo VII, pág. 2.785.

(12)  Freud, Sigmund. «La interpretación de los sueños». Obras Completas, tomo II, pág. 534.

(13)  Ibídem. Pág. 713. 

(14)  Freud, Sigmund. «Prólogo para la tercera edición inglesa de ‘La interpretación de los sueños’» (1931). Obras Completas, tomo II, pág. 348. 


*** Texto de inauguración de la II Jornada del Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Castilla y León (GEP-CL), celebrada en el salón de actos del «Hotel Felipe IV» de Valladolid y publicada en el número 0 de la revista «Cuadernos de Psicoanálisis de Castilla y León». Junio de 2000.