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SEMBLANZA BIOGRÁFICA: FREUD EN FREIBERG (PRÍBOR)

 

              El Comité Organizador del Acto que conmemora el 150 aniversario del nacimiento de Sigmund Freud, que hoy celebramos en la Universidad de esta siempre acogedora ciudad de León, me pidieron que interviniese exponiendo una semblanza biográfica suya.

              Una vez aceptado el ofrecimiento, se me presentaban dos alternativas: o bien trazar unas líneas muy generales de su extensa vida y obra o bien profundizar en algún período determinado de su biografía.

              Elegí la segunda. Por eso, a continuación, me centraré en reseñar algunos hechos biográficos acaecidos durante sus tres y medio primeros años de vida, años que transcurrieron en su pueblo natal, llamado entonces Freiberg y actualmente Príbor. Es bien sabida la máxima importancia que Freud otorgó a estos primeros años de la vida en el desarrollo del psiquismo, puesto que es precisamente en estos tempranos momentos de la existencia cuando se asientan los pilares donde se apoyará la construcción definitiva del aparato psíquico.

              Algunas de las noticias que poseemos de este oscuro período de su infancia nos las aporta él mismo en textos tales como «La interpretación de los sueños», «Los recuerdos encubridores» —ambas publicadas en 1899— y su «Autobiografía», que escribió en 1924 y publicó un año después. 

              También es de vital importancia su correspondencia, en especial la que mantuvo, en la segunda parte de la década de los noventa del siglo XIX, con su íntimo amigo, el otorrinolaringólogo berlinés Wilhem Fliess, a quien informaba puntualmente de los hallazgos que iba obteniendo en el transcurso de su denominado «autoanálisis». Es precisamente por una carta que le envió a éste, el 3 de enero de 1897, mientras Freud se hallaba en estado de duelo por la muerte de su padre —ocurrida dos meses antes y que tanto le afectó—, por la que sabemos que la rememoración de esta su primera niñez en Freiberg le prestó un gran auxilio frente a la irrupción de lo real de esa muerte. Creo que bien podría afirmarse que la elaboración de ese duelo se constituyó en el motor que propulsó el deseo que le condujo a la  tarea de intentar descifrar su propio inconsciente. El resultado de tan magna, insólita y atrevida empresa fue su genial «Die Traumdeutung» («La interpretación de los sueños») y la invención de un nuevo método de tratamiento psíquico: el psicoanálisis. En esa carta remitida a W. Fliess escribió lo siguiente: «Ahora todo retrocede hacia la primera época de mi vida, hasta los tres años».

              Pues bien, ¿cuáles fueron los hitos biográficos y las anécdotas más importantes que conocemos de esta primera infancia de Sigmund Freud? Sabemos —aunque ha sido motivo de cierta polémica que más adelante abordaré— que nació el martes día 6 de mayo de 1856, a las seis y media de la tarde, y que vino al mundo «cubierto», es decir, con los restos de las membranas ovulares tapándole la cabeza a modo de cofia. Una anciana campesina le pronosticó a su madre un futuro prometedor para su hijo, pues el nacer así era interpretado entonces como un seguro augurio de buena suerte en la vida.

              Quisiera apuntar el hecho de que Freud se encontraría, mucho tiempo después (concretamente en enero de 1910), con otra persona a quien le había sucedido lo mismo. Me refiero a Sergueï Konstantinovich Pankejeff, más conocido, puesto que así le llamó Freud mismo en su historial clínico, como «el Hombre de los Lobos».

              En mi opinión, es muy probable que este evento que ambos compartían, el de haber nacido «cubiertos» —aunque Sergueï no lo sabía puesto que Freud nunca se lo comunicó—, tuviese una influencia decisiva como elemento transferencial del análisis. Todos los indicios apuntan a que éste fue uno de sus pacientes favoritos a lo largo de su extensa actividad profesional aunque, ciertamente, ninguno de los numerosos estudios de este caso clínico y biógrafos de Freud, al menos que yo sepa, han realizado comentario alguno a este respecto.

              Es de reseñar que «Sigi» —el sobrenombre que recibió y que su madre siguió usando hasta que murió, a los 95 años, llamándole «mein goldener Sigi» (que podría traducirse como «Sigi, mi tesoro» o bien «mi áureo Sigi»)— tenía al nacer una melena tan negra y revuelta que su madre le dio la bienvenida llamándole «mi morito» y «mi negrito».

              El alumbramiento tuvo lugar en el nº 117 de una calle de Freiberg que en aquel entonces se llamaba Schlossergasse. La constelación familiar que lo acogió estaba compuesta por su padre, Jakob Freud (de 41 años), su madre, Amalia Nathansohn (de 21 años), sus hermanastros Emmanuel y Philipp Freud (de 23 y 20 años respectivamente) y la esposa (Marie, de 20 años) y el hijo (Hans, de 16 meses) del mayor de ellos. 

              Los padres de Sigmund Freud tenían alquilada la mitad —unos cuarenta metros cuadrados— del piso superior de una modesta casa a otra familia checa (llamada Zajíc), propietaria del inmueble, que se dedicaba a la cerrajería desde hacía cinco generaciones. Por eso sólo se usaba el piso de arriba de la casa como vivienda —que compartían las dos familias— pues el piso inferior servía como taller de fragua. Según relataría posteriormente la hija de Johann Zajíc (el hijo mayor del propietario de dicha vivienda) su padre —que había sido compañero de juegos de Freud en la infancia aunque era seis años mayor que él— recordaba a «Sigi» como un chico vivaz a quien le gustaba jugar en el taller y fabricar pequeños juguetes con los restos de metal.

              Philippe Freud, su hermanastro soltero, vivía en la casa de enfrente (en el número 416) y Emmanuel Freud, con su mujer y su hijo, en una casa ubicada junto a la plaza del mercado, en Marktplatz 42.              

              El pueblo de Freiberg, que por aquel entonces pertenecía a Moravia, en la región nordeste del Imperio Austrohúngaro, no lejos de las fronteras de Prusia y de Polonia, distaba unos 240 kilómetros de Viena. Tras la Primera Guerra Mundial pasó a formar parte de Checoslovaquia y se cambió su nombre por el de Príbor. En la actualidad pertenece a la República Checa. En la época que nació Sigmund Freud, Freiberg contaba con 628 casas y 4.596 habitantes que en su mayoría eran checos católicos (sólo residían 130 judíos y también unos pocos checos protestantes). Allí se había establecido, procedente de una localidad de la Galitzia Oriental —actualmente perteneciente a Ucrania— llamada Tysmenitz (Tysmenica en la actualidad), Jakob Kallamon Freud, su padre, como comerciante de lanas. Posteriormente le siguieron, para trabajar junto con él, los dos hijos vivos (otros dos, un hijo y una hija, habían fallecido prematuramente) habidos en un primer matrimonio —contraído  en 1831, cuando tenía 16 años, posiblemente para eludir el servicio militar— con una mujer llamada Sally Kanner, la cual falleció en 1852: Emmanuel y Philipp Freud.

              El negocio familiar de los Freud consistía en comprar la lana tejida por los campesinos del pueblo y tras teñirla, la vendían a los industriales textiles de otras localidades.

              Aunque Sigmund Freud nunca lo debió saber, al menos conscientemente, porque debió constituir un secreto familiar bien guardado —tampoco lo menciona Ernest Jones, su biógrafo oficial— , es seguro que su padre, al quedarse viudo de Sally Kanner en 1852 volvió a casarse con una mujer de la que sólo se conoce su nombre: Rebekka, de la que también enviudó poco después (o bien se divorciaron). Cuando el psiquiatra peruano Honorio Delgado le envió a Freud la obra biográfica que acababa de publicar sobre él, en la que mencionaba los tres matrimonios del padre, éste le pidió que corrigiera el supuesto error pues «Mi padre sólo se casó dos veces, y no tres». Finalmente, Jakob Freud contrajo nupcias, por tercera vez, con Amalia Nathansohn, una jovencita judía veinte años menor que él. Amalia había nacido también en la Galitzia Oriental (en Brody), luego vivió cierto tiempo en Odessa, pero después, siendo aún niña, se trasladó con sus padres —que eran mercaderes— y su hermano menor, Julius, a Viena. Allí se conocieron y se casaron los padres de Sigmund Freud el 29 de julio de 1855. 

              El padre registró en la Biblia familiar al primogénito de este tercer matrimonio como Sigismund Scholomó Freud. El nombre judío de Salomón (de «Schalom»: paz), que nunca utilizó, le fue puesto en honor a su abuelo paterno, que era rabino y había fallecido dos meses y medio antes (el 21 de febrero de 1856). La alegría por su nacimiento («Freude» significa ‘alegría’ en alemán) mitigó, en parte, la tristeza que esta pérdida había provocado en la familia.

              Aunque se ignora el porqué de la abreviatura que Freud realizó en su nombre —de «Sigismund» a «Sigmund», suprimiendo dos letras—, lo cierto es que comenzó a hacerlo, ocasionalmente, durante su enseñanza secundaria a partir de los 16 años, y ya de un modo definitivo a los 21, cuando era estudiante de la Facultad de Medicina en la Universidad de Viena.

              El pequeño «Sigi» «entró en la alianza judía» (o sea, que fue circuncidado) el martes 13 de mayo de 1856, justo una semana después de haber nacido, por el «moel» Samson Frankl, de Ostrau.

              Cuando «Sigi» tenía 7 meses, Marie, la esposa de su hermanastro Emmanuel, dio a luz a una niña a la que pusieron el nombre de Pauline que junto con su hermano Hans (es decir, sus sobrinos) serían sus principales compañeros de juego. Las relaciones que mantenía con su sobrino Hans —que, como anteriormente reseñé, era dieciséis meses mayor que él— eran ambivalentes, de amor y odio entremezclados. Lo mismo le pasaba al otro niño con él, así es que todo el tiempo el tío y el sobrino andaban a la greña.

              De la especularidad de dicha relación da cuenta la anécdota siguiente: un día que «Sigi» le pegó a su sobrino Hans , su padre le preguntó el porqué de su proceder. Su respuesta fue escueta: «Le pegué porque él me pegó». Según confesaría posteriormente Freud a Fliess —en una carta fechada el 3 de octubre de 1897—, aquellas tempranas e intensas relaciones con su sobrino le procuraron, en adelante,  un deseo imperioso en su vida afectiva: el de crearse, el de tener siempre a mano, un amigo íntimo amado y un enemigo odiado. También parece se que, en ocasiones, los dos rivales se compinchaban para realizar «fechorías» y hacerle crueles faenas a Pauline, la niña.

              Ya que he tocado el tema de sus compañeros de juegos infantiles, quisiera anotar que «Sigi» tenía también otro amigo de su misma edad, hijo de otra familia judía residente en Freiberg —que también había emigrado de Tysmenica y que se dedicaba a la misma actividad que los Freud— que se llamaba Emil Fluss. Como antes indiqué, también jugaba con el hijo mayor de los Zajíc, Johann, seis años mayor.              

              Amalia, su joven madre, pronto se va a quedar embarazada por segunda vez. Dará a luz otro hijo —en octubre de 1857— a quien pondrá el nombre de Julius, como su hermano menor, con quien tenía una relación afectiva muy intensa y quien por entonces se encontraba desahuciado por los médicos porque padecía una tuberculosis que le llevaría a la tumba cinco meses después.

              Parece ser que la misma Amalia también estuvo afectada de la misma enfermedad poco después de que naciera «Sigi», circunstancia por la que debió realizar durante tres meses (mayo, junio y julio de 1857) una estadía en Roznau, acompañada de su pequeño hijo y de una mujer contratada al efecto llamada Rosi Wittek. Haciendo cuentas, «Sigi» tenía entonces un año, y cuando nació Julius contaba un año y medio de edad. Esta circunstancia provocó en él unos intensos celos fraternos y el deseo de muerte hacia ese recién llegado que le había destronado y copaba el centro de las atenciones de la familia y del amor de su madre. 

              Por desgracia, ese deseo se verá cumplido después con el óbito de Julius Freud a los 6 meses de edad —el 15 de abril de 1858—, posiblemente a consecuencia de una infección intestinal. Sigmund Freud comentará después a Fliess, en la carta que antes referí, que en el transcurso de su autoanálisis había hallado que la muerte de su hermanito en las circunstancias reseñadas (es decir, un deseo malvado que de pronto se cumple) constituyó para él el germen de posteriores autorreproches y de intensos sentimientos de culpa.

              Cuando contaba más de dos años, como se orinase en la cama por las noches, su padre le reprendía por las mañanas. En una ocasión, en respuesta a la regañina, le dijo: «No te preocupes, papá, te compraré una nueva cama roja». A esa misma edad, un día se subió en un taburete para tratar de alcanzar una golosina que había en una mesa con tan mala suerte que resbaló y se dio un fuerte golpe en la mandíbula con el borde de la mesa, haciéndose una herida de cierta importancia que hubo de ser suturada y que se acompañó de abundante hemorragia. Como consecuencia de este accidente doméstico le quedó una cicatriz muy visible hasta que se la ocultó dejándose crecer la barba.

              Un personaje fundamental para «Sigi» en estos primeros años de vida fue Monika Zajícova, una mujer checa de alrededor de 40 años que se hizo cargo de su cuidado tras ser destetado por su madre (que fue más bien pronto si tenemos en cuenta que Amalia, además de haberse quedado de nuevo embarazada, padecía tuberculosis). 

              Esta niñera, una ferviente devota católica —que también cuidaba a los hijos de Emmanuel Freud—, le contaba historias piadosas, le hablaba de Dios, del infierno, de la salvación y de la resurrección, y le llevaba a los oficios religiosos que se realizaban en la enorme iglesia del pueblo, dedicada al Nacimiento de María, una iglesia con una impresionante imaginería religiosa, con diez altares, varias capillas anexas y de un alto —60 metros— y puntiagudo campanario famoso en toda la comarca por el repique de sus campanas. De regreso de la iglesia el niño se dedicaba a contar las cosas que hacía el Dios Todopoderoso, es decir, el sacerdote, pues «Sigi» creía que él era ese Dios del que le hablaba de continuo Monika. También, a pesar de que era muy exigente, sobre todo en cuestiones relativas al aseo personal y al control esfinteriano, le inculcó una elevada opinión sobre sí mismo y le enseñó el checo, idioma en el que ambos conversaban. 

              Freud le contó de este modo a Fliess la importancia que tuvo esta niñera para él: «... honraré la memoria de aquella vieja mujer que en una época tan temprana de la vida me procuró los medios para vivir y seguir viviendo».

              Este fuerte vínculo con su niñera fue interrumpido poco antes de que viniese al mundo su hermana Anna, cuando «Sigi» contaba dos años y medio de edad. Sucedió que su hermanastro Philipp la descubrió cometiendo un pequeño robo (monedas y algunos juguetes del niño), la denunció y fue enviada a prisión, donde estuvo diez meses encerrada. Nunca más volvió a verla. 

              La separación de su querida niñera, una segunda madre para él, le provocó mucha tristeza y angustia. Se pasaba el rato mohíno, llorando y gritando. Cuando le preguntó a su hermanastro adónde había ido, éste le contestó que estaba «encajonada». Poco después, su madre desapareció para dar a luz a su hermana Anna —que nació el 31 de diciembre de 1858—, lo que perturbó aún más al pequeño, quien, interpretando literalmente las palabras de su medio hermano, pensó que su madre también había sido «encajonada», por lo que no hacía más que berrear y abrir todos los cajones que se encontraba por la casa, buscándola.

           En cuanto a su hermanita Anna, la nueva usurpadora, parece ser que tampoco fue nada bien recibida por él; aunque terminó resignándose, sabemos que, en adelante, nunca le demostró simpatía y que a lo largo de toda su vida siempre la tuvo cierto grado de ojeriza. A modo de anécdota reseñaré que para la infantil mente de «Sigi» la recién llegada era hija de su madre y de Philippe, su hermanastro soltero (el culpable de la desaparición de su amada niñera), ya que ambos tenían la misma edad. Es decir, que el niño había hecho «parejas» entre aquellos que le rodeaban con arreglo a su edad: Jakob con Monika (la niñera), Emmanuel con Marie, y Philippe con Amalia. Sólo más tarde llegó a comprender —por ciertas indagaciones de orden sexual que realizó, tales como entrar en el dormitorio de sus padres, para espiarlos, lo que le valió una reprimenda— que, a pesar de la diferencia de edad, Jakob y Amalia constituían una pareja.

              Cuando «Sigi» tenía 3 años y medio, sucedió lo que muchos años después describiría como «la catástrofe fundamental que había impregnado toda mi existencia»: el negocio de la familia Freud cayó en la bancarrota y sus miembros se vieron obligados a dispersarse. Sus dos hermanastros, la esposa de Emmanuel y sus tres sobrinos —su tercera sobrinita, Bertha, había nacido en febrero de 1859, cuando él tenía dos años y nueve meses — emigraron a Inglaterra y se establecieron en Manchester, donde llegaron a hacer cierta fortuna en la industria textil. 

              En octubre de 1859, «Sigi», su hermanita Anna y sus padres, abandonaron Freiberg rumbo a Leipzig —lugar donde vivieron durante un año sin prosperar nada— y después a Viena, ciudad en la que su madre tenía algunos familiares, donde le nacieron otros cinco hermanos más (Rosa, Marie, Adolfine, Pauline y Alexander) y en la que residió de modo ininterrumpido hasta que tuvo que emprender el amargo camino del exilio a Londres, huyendo de la barbarie nazi, en la primera semana de junio de 1938, cuando ya contaba ochenta y dos años de edad. Moriría en Londres quince meses después, concretamente el 23 de septiembre de 1939, a las tres de la madrugada.

              En cuanto a los diversos motivos que dio tanto Freud como su biógrafo oficial (E. Jones) acerca de la quiebra del negocio familiar —depresión económica por la guerra italo-austríaca, introducción de la maquinaria en el negocio textil, creación de una nueva línea férrea que había soslayado Freiberg, incluso cierta hostilidad antisemita de la población local al considerar a los comerciantes judíos como responsables de la difícil situación—, algunos estudios de reciente publicación sobre el asunto han revelado que dichas interpretaciones carecen de fundamento: en esa época la economía local estaba en período de expansión y no existían más prejuicios contra los judíos que los que había habido siempre.

              Posiblemente ésta fuera la historia amable, la mentira piadosa, que le contaron a «Sigi» para explicarle el éxodo familiar. Pero es mucho más probable que la ruina económica viniese por el lado de la incompetencia profesional de Jakob Freud (de quien sabemos que, a lo largo de toda su vida, no se le dieron nada bien los negocios), porque su paisano Ignaz Fluss, compañero de emigración que se dedicaba, como anteriormente reseñé, al mismo negocio, se convirtió en aquellos mismos años en el exitoso propietario de una fábrica textil en Freiberg. También es posible que Jakob pretendiera evitar que tanto él como sus dos hijos adultos fuesen llamados para ir al frente en la guerra que había estallado entre Austria e Italia.

              Marianne Krüll («Freud und sein Vater. Die Entstehung der Psychoanalyse und Freuds ungelöste Vaterbindung», 1979) ha sostenido, con generosa imaginación, que esta disolución familiar fue debida a que Amalia y su hijastro Philippe estaban efectivamente «liados» —es decir que no eran fantasías surgidas de la mente infantil de «Sigi» el ponerlos en relación amorosa sino una cruda realidad— y que Jakob, cuando finalmente se enteró del «affaire», desterró a su hijo, al que acompañó la familia de su hermano mayor, con el fin de separarlos para siempre. 

              Esta partida del pueblo natal, este desmembramiento familiar, dejó en él huellas indelebles que Freud investigó después en su autoanálisis. Fue un primer viaje en ferrocarril muy angustioso: antes de partir temió que se fueran sin él, que le dejasen abandonado, y, cuando pasaron por la estación de Breslau, creyó que las lámparas del alumbrado a gas, que nunca había visto hasta entonces, eran almas de difuntos ardiendo en ese infierno al que su niñera Monika le decía que terminaría yendo si se portaba mal. 

              Estas traumáticas vivencias precoces cristalizaron, un tiempo después, en forma de una tenaz fobia a los viajes, que se prolongó durante doce años (de 1887 a 1899), fobia que terminó resolviendo una vez que logró rememorar en su autoanálisis este episodio infantil que he relatado; aunque sólo parcialmente pues es bien sabido que Freud, cuando emprendía alguno de sus viajes, se angustiaba mucho pensando que perdería el tren, por lo que acudía a la estación de ferrocarril con un excesivo tiempo de antelación. Una vez que estaba allí, se afanaba en contar y revisar de modo obsesivo el equipaje; esta angustia, finalmente, cedía una vez que él, sus maletas y sus bártulos de viaje se encontraban ya dentro del vagón.            

              En el verano de 1872, cuando «Sigi» se había convertido en un tímido adolescente de 16 años, regresó a Freiberg —acompañado de un condiscípulo suyo, Horaz Ignaz Rosanes— y vivió una temporada (desde primeros de agosto hasta mediados de septiembre) en casa de los Fluss, aquella familia amiga de la suya que, como ya dije antes, prosperaron mucho en el negocio en el que había fracasado su familia. 

              Por diversas cartas que le envió desde allí a su compañero de estudios vienés Eduard Silberstein —con quien había formado una «Academia Castellana» cuya principal actividad consistía en leer las «Novelas Ejemplares» de Cervantes y mantener correspondencia entre ellos dos en castellano—,y también por lo que el mismo Freud relata (poniéndolo, para despistar, en boca de un paciente fóbico al que había tratado) en su texto «Los recuerdos encubridores», sabemos que se enamoró allí, en Freiberg, por primera vez en su vida. A los dieciséis años, curiosamente a la misma edad en la que su padre se había casado por primera vez. Fue de Gisela Fluss, la hermana pequeña de su compañero de infancia Emil Fluss, una joven tres años menor que él y con la que, en realidad, sólo mantuvo relaciones por completo anodinas y distantes pero que en la imaginación enfebrecida del adolescente teñía de un apasionado romanticismo.

             Pasión no menor de la ardiente admiración que profesaba hacia la madre de la joven, la Sra. Eleonora Fluss, que era en realidad —como lo muestra una carta que le envió a E. Silberstein fechada en Freiberg el 4 de septiembre— el verdadero centro del interés libidinal de este «Sigi» un tanto crecidito.

              Esta fue la primera y la última vez que Freud visitó Freiberg. Como anteriormente indiqué, a partir de 1918 la localidad pasó a denominarse Príbor y la calle en la que nació Freud se llamó, en checo, Zámecnická. En 1931, siendo ya famoso —tanto por haber descubierto un nuevo método para tratar las llamadas enfermedades nerviosas, como por su maestría literaria (el 28 de agosto del año anterior se le había concedido el Premio Goethe de las Letras Alemanas)—, tuvo la oportunidad de volver. 

              Con gran alegría recibió una invitación para un acto de «Descubrimiento de una Placa Redordatoria en la Casa Natal del Profesor Dr. Sigmund Freud en Príbor-Freiberg, Moravia» que había decidido realizar el Ayuntamiento de la localidad. Pero como se encontraba en muy mal estado de salud, debido a su padecimiento canceroso, excusó su asistencia y envió una delegación formada por sus hijos Jean Martin y Anna, por su hermano Alexander y por sus discípulos Paul Federn y Max Eitingon. El sábado 25 de octubre de 1931 el pueblo entero fue engalanado con banderitas y constituyó todo un orgullo para sus habitantes el que el inventor del psicoanálisis hubiera nacido precisamente allí. Se volvió a cambiar de nombre la calle en la que había nacido, que pasó a llamarse Freudova y se colocó una placa conmemorativa de bronce en aquel edificio de la familia Zajíc donde viera por primera vez la luz.

              Tanto la casa como la calle y la placa conmemorativa siguen existiendo en la actualidad y el próximo 26 de mayo el Gobierno checo (aprovechando la efemérides del 150 aniversario de su nacimiento) inaugurará allí un museo dedicado a su memoria. 

              En el transcurso de la ceremonia participaron diversas autoridades e invitados. Paul Federn leyó unas notas elogiosas sobre el fundador del psicoanálisis y su hija pequeña, Anna Freud, leyó, a su vez, un texto de su padre dirigido al burgomaestre (alcalde) de Príbor que, por su brevedad, transcribo en su totalidad: 

Agradezco al señor burgomaestre de la ciudad de Príbor-Freiberg, a los organizadores de este homenaje y a todos los presentes el honor que me muestran al ornar mi casa natal con esta placa conmemorativa, ejecutada por mano de artista. Tanto más es apreciado este honor cuanto que el así honrado vive aún y sus coetáneos de ningún modo son unánimes en la apreciación de su obra. He abandonado Freiberg a la edad de tres años, y sólo volví a visitarla a los dieciséis como estudiante en vacaciones, huésped de la familia Fluss, sin retornar desde entonces. Muchos son los azares que desde esos tiempos he tenido: cuantiosos esfuerzos, algunos pesares, también felicidad y cierto éxito, como suelen mezclarse en toda existencia humana. A mí, que he alcanzado los setenta y cinco años, no me resulta fácil volverme a esa época temprana de mi existencia, de cuyo rico contenido sólo escasos restos asoman a mi recuerdo. Pero de algo sí puedo estar seguro: hundido muy en lo profundo, sobrevive todavía en mí el feliz niño de Freiberg, el hijo primogénito de una madre juvenil, que en esos aires y en ese suelo recibió las primeras e inextinguibles impresiones. Así, séame permitido cerrar estas palabras de gratitud con los más cordiales deseos de felicidad para ese lugar y para sus habitantes.

POLÉMICA

              Quisiera referirme ahora a cierta polémica erudita suscitada a partir de este Acto Conmemorativo realizado por el Ayuntamiento de Príbor.

              Resulta que cuando un Comité de ciudadanos, formado para realizar los preparativos para colocar la placa conmemorativa, consultaron en el libro de actas del Registro Civil, se encontraron con que en la anotación del mes de nacimiento de Freud más bien parecía escrito el mes de marzo que el de mayo. Al parecer, el empleado checo que escribió en el Registro —y que no dominaba el alemán— usó en vez de «Mai» la forma más anticuada «Mäi», que en escritura gótica resulta parecida a «März» (marzo). Cuando le preguntaron a Freud sobre este asunto parece ser que mostró indiferencia, aunque le molestó que alguien hubiese intentado hacerle dos meses más viejo, y afirmó que la fecha de su nacimiento (el 6 de mayo) la había sabido por su madre, que, al fin y al cabo, debía saberla mejor que nadie.

              Este equívoco en el mes de su nacimiento a dado origen a que tanto Wladimir Granoff («Filiations», 1975) como Marie Balmary («L´homme au statues. Freud et la faute cachée du père», 1997) hayan elucubrado acerca de un posible embarazo prematrimonial de Amalia Nathansohn que Jakob Freud, su marido, habría ocultado anotando en la Biblia familiar el 6 de mayo —en vez del 6 de marzo— como el día de nacimiento de su hijo Sigismund, con el propósito de que así cuadrara como concebido dentro del matrimonio. Marie Balmary va aún más lejos: además de que Amalia estaba ya encinta cuando se casó, este embarazo fue producto de un adulterio porque Jakob Freud aún estaba casado con la tal Rebekka, su segunda esposa, quien, al enterarse de ello y no pudiéndolo soportar, se habría suicidado. Para esta autora la culpa del padre, mantenida en secreto, habría marcado de una forma fundamental la vida y la obra de Sigmund Freud.

              Para finalizar este trabajo de investigación sobre este oscuro período de la biografía de Freud, su primera infancia transcurrida en Freiberg-Príbor, y después de haber leído varios textos —alguno de ellos, debo decirlo, con errores de bulto e inexactitudes palmarias—, tengo la impresión de que cada autor, a su manera, trata de sacar sus propias conclusiones, en el sentido de aplicar a tal o cual episodio biográfico el germen de su posterior descubrimiento del inconsciente.

              Creo, por mi parte, que la infancia de Freud en su pueblo natal fue más bien difícil —y no feliz, tal como afirmó a los setenta y cinco años en el texto que escribió con motivo del homenaje que le rindió Freiberg-Príbor— como, por otro lado, lo fue casi toda su vida, pero cosas similares (dando por ciertas algunas de las especulaciones biográficas asaz morbosas que he citado) le han sucedido a mucha gente y no por ello se embarcaron en una aventura tan genial como la suya.

              Me adhiero, por tanto, a lo que dijera Jacques Lacan hace cincuenta años —el 16 de mayo de 1956— en la conferencia («Freud en el siglo») que pronunció —invitado por su amigo el profesor de psiquiatría Jean Delay—, dentro de los actos conmemorativos del centenario del nacimiento de Freud que se celebraron en París, ante una audiencia constituida por estudiantes de la pasantía en psiquiatría: «Tampoco encontraremos en la biografía de Freud la raíz de la subversión aportada por su descubrimiento»



                                     BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA


• Breger, L. «Freud. El genio y sus sombras». Ediciones B., Barcelona, 2001.

• Caparrós, N. «Correspondencia de Freud establecida por orden cronológico». Tomo I (1871-1886). Biblioteca Nueva, Madrid, 1997.

• Dadoun, R. «Freud». Argos Vergara, Barcelona, 1984.

• Freud, S. «Los recuerdos encubridores». Obras Completas, tomo I, pp. 330-341. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.

• Freud, S. «La interpretación de los sueños». O.C., tomo II, pp. 349-720. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.

• Freud, S. «Autobiografía». O.C., tomo VII, pp. 2761-2800. Biblioteca Nueva, Madrid, 1974.

• Freud, S. «Carta al burgomaestre de la ciudad de Príbor». O.C. , tomo VIII, p. 3232. Biblioteca Nueva, Madrid, 1974.

• Freud, S. «Cartas a Wilhelm Fliess (1887-1904). Amorrortu, Buenos Aires, 1994.

•Gay, P. «Freud. Una vida de nuestro tiempo». Paidós Ibérica, Barcelona, 1989.

• Jones, E. «Vida y obra de Sigmund Freud». Anagrama, Barcelona, 1981.

• Kollbrunner, J. «Freud enfermo». Herder, Barcelona, 2002.

• Lacan, J. «Conferencia: Freud en el siglo». En «El Seminario de Jacques Lacan. Libro III: Las Psicosis», 1955-1956». Paidós, Barcelona, 1984.

• Mauge, R. «Freud». Bruguera, Barcelona, 1975.

• Markus, G.  «Sigmund Freud y el misterio del alma». Espasa Calpe, Madrid, 1990.

• Mannoni, O. «Freud. El descubrimiento del inconsciente». Nueva Visión, Buenos Aires, 1987.

• Schur, M. «Sigmund Freud. Enfermedad y muerte en su vida y en su obra». Paidós Studio, Barcelona, 1980.

• «Sigmund Freud. Su vida en imágenes y textos». Compilación de Ernst Freud, Lucie Freud e Ilse Grubrich-Simitis. Esbozo biográfico de K.R. Eissler. Paidós, Buenos Aires, 1979.

• Roudinesco, E. y Plon, M. «Diccionario del Psicoanálisis». Paidós, Buenos Aires, 1998.

             


*** Comunicación presentada en el «Acto Conmemorativo del 150 Aniversario del nacimiento de Sigmund Freud» que tuvo lugar en la Universidad de León el día 5 de mayo de 2006. Una versión reducida fue presentada en la Mesa Redonda: "Sigmund Freud. 150 Aniversario de su nacimiento", celebrada el 1 de diciembre de 2006 en el Salón de Actos de la Caja Rural en Soria. Texto publicado en «ANÁLISIS. Revista de Psicoanálisis de Castilla y León» Nº 13. Noviembre de 2006.