Calle Los Soldados, 20 2ºC 34001 Palencia

PRESENTACIÓN DEL LIBRO ‘LOS MÉDICOS DE LA OTRA ORILLA’, DE ALBANO DE JUAN.

(REESCRITO).

             Cuando, hace ya dos años, mi colega y compañero de promoción de la Facultad de Medicina de la Universidad de Valladolid, el doctor Albano de Juan, publicó en la editorial palentina «Cálamo» su trabajo de investigación acerca de aquellos médicos que estaban situados en la otra orilla de los que, por la fuerza bruta de las armas, impusieron en esta España nuestra —hace siete décadas— un Estado dictatorial, le felicité en un encuentro que tuvimos una mañana. No recuerdo si él iba o venía de su trabajo de médico cirujano o de secretario del Colegio Oficial de Médicos, cargo que ostentaba por entonces. Sí que recuerdo que yo estaba dando mi habitual paseo matinal por las calles y jardines de esta ciudad. Se le notaba feliz y no era para menos. Después de seis años de trabajo, de tantas y tantas horas de desvelos, haciendo de ratón de biblioteca, escrutando documentos, entrevistándose con cientos de personas, recopilando información y redactando, al fin había logrado su deseo de contar en un libro lo que en verdad les sucedió a medio centenar de médicos palentinos durante aquellos horrendos tiempos en los que se había zambullido (1936-1945). 

             Gracias a la directora de la Biblioteca de Psicoanálisis de Castilla y León, Dña. Ángela González, que me invitó a participar en esta presentación, puedo volver a felicitarte, Albano, esta vez de modo público, por habernos refrescado la memoria a unos, por habernos enseñado lo que no sabíamos a otros, con tu apasionado y apasionante libro Los médicos de la otra orilla, el tercero y el mejor, según mi criterio, de los tres que llevas escritos. 

             El doctor Albano de Juan es un investigador entusiasta de la otra historia, de la historia no oficial, pues es bien sabido por todos que la historia oficial la escriben siempre los vencedores. Es de los poquísimos cirujanos que aún cree en la eficacia de la relación que se establece (quiérase o no) entre el médico y su paciente, y esto es así porque sabe que dentro de nuestro organismo viviente, que él conoce y disecciona tan bien, existe, encarnado, un sujeto del lenguaje y la palabra, un sujeto de deseo, un sujeto que se encuentra atrapado (también lo quiera o no) en las redes significantes simbólicas tejidas por la historia familiar y social que le preceden, las cuales le marcarán de modo indeleble y le acompañarán durante toda su existencia.

             Pero, además, el doctor Albano de Juan es un excelente escritor, aunque él mismo, en sus agradecimientos, nos cuente a los lectores que la mano de su hijo Albano —también médico, que fue amigo de infancia y de adolescencia de mi hijo y al que recuerdo con cariño— fue quien consiguió dar un aspecto más literario a algunos de los capítulos del libro. Bien haya sido Albano padre o bien Albano hijo o bien los dos Albanos de Juan juntos, el caso es que han logrado hilvanar un texto que llega fácilmente al corazón del lector y que, a mí, particularmente, en varias ocasiones me ha conmovido. Narran con finura, no exenta de pasión, las historias de aquellos médicos palentinos que sin hacer ningún mal fueron fusilados (ocho), encarcelados (siete) o depurados (treinta y cuatro). Su único mal, en todo caso, era creer con firmeza en lo que supuestamente —al menos la mayoría— hoy creemos todos: en el valor de la democracia y de la legalidad constitucional.

EL DOCTOR ADOLFO MATÉ

             De todas esas historias personales de las que da cuenta el libro yo sólo conocía —y a medias— la del médico villamedianense Adolfo Maté Ortega, por habérseme sido relatada por su sobrina Ana María Enríquez y el marido de ésta (Arturo García), durante el ejercicio de mi profesión de Médico Titular de APD (Asistencia Pública Domiciliaria), durante 14 años y 2 meses —2 de noviembre de 1977 a 28 de diciembre de 1991— primero como contratado, después interino y más tarde como Médico Titular por Oposición y Funcionario del Estado del grupo A, cargo obtenido tras innúmeras horas de estudio, con unos exámenes brillantes, en el cerrateño pueblo de Villamediana. 

             En Villamediana, tal como nos indica el autor, fueron detenidos un numeroso grupo de gente de la Casa del Pueblo —el 19 de julio de 1936— y les llevaron al vecino pueblo de Torquemada pero, por fortuna, tuvieron mucha suerte ya que fueron posteriormente liberados merced a la intervención del peluquero —que era de Villamediana— de no sé qué general golpista (¿quizá el general Ferrer?).

             El doctor Adolfo Maté, a la sazón médico del también cerrateño pueblo de Villaviudas, era un hombre muy inteligente y con una gran preocupación social (no cobraba nunca a los pobres del pueblo, haciéndoles cuantas visitas fuesen necesarias y regalándoles las medicinas), fue detenido por lanzar vivas a la República desde el balcón de la Diputación palentina, donde se encerraron, el 19 de julio de 1936, varias personas, entre los cuales había varios civiles, carabineros y guardias de asalto, pues es bien sabido que los Cuerpos de la Armada y  de la Guardia Civil, se mantuvieron —en general— leales al Gobierno y a la Constitución Republicanos. Poco pudieron hacer frente a las ametralladoras de los militares sublevados del Regimiento de Cazadores de Villarrobledo, con sede en Alcalá de Henares que, a su vez, habían pasado por las armas a aquellos oficiales y soldados que no se adhirieron, de modo inmediato, a la sedición facciosa. 

             Por cierto, que uno de los oficiales sublevados que tomó Palencia por las armas era el entonces teniente y después capitán, Martín Calleja, nombre de la calle donde residía y pasaba mi consulta, hasta que en el año 2000 el alcalde socialista, Heliodoro Gallego, lo cambió por su antigua denominación: calle Los Soldados.

             Detenido y apresado en la Cárcel Modelo de Palencia, situada en la Avenida de Valladolid, fue juzgado con fecha del 11 de septiembre de 1936, en consejo de guerra, cuyo Tribunal tenía siete componentes, en causa sumarísima y condenado a muerte. 

             El doctor Adolfo Maté Ortega fue fusilado, a las cinco de la mañana del día 17 de septiembre de 1936, en el kilómetro 4 de la carretera de Magaz de Pisuerga. 

EPISODIO HISTÓRICO SUCEDIDO EN EL PARANINFO DE LA UNIVERSIDAD DE SALAMANCA EL «DÍA DE LA RAZA» DE 1936

             Cuando leí los bandos y proclamas de los generales Mola y Queipo de Llano, incluidos en este libro, instigando a los grupos leales a su rebelión anticonstitucional a practicar la venganza, la tortura, el asesinato y la violación de las mujeres «rojas», se me pusieron los pelos de punta y me hicieron recordar el incidente verbal entre el entrañable Miguel de Unamuno y el sanguinario general Millán Astray (que había llegado escoltado por sus legionarios armados con metralletas) en el paraninfo de la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936 con motivo de la celebración del «Día de la Raza». 

             Estaban también presentes el obispo de Salamanca, el escritor D. José María Pemán y Dña. Carmen Polo de Franco. Tras los protocolos, tomó la palabra el general Millán Astray quien, tras comparar a Cataluña y las provincias vascas con dos cánceres en el cuerpo de la nación, entre otras lindezas dijo: «El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí. La carne sana es la tierra, la enferma su gente. El Fascismo y el Ejército arrancarán a la gente para restaurar en la tierra el sagrado reino nacional». 

             Al final de su arenga, alguien, desde el fondo del paraninfo gritó el lema del fundador de la Legión: «¡Viva la muerte!». D. Miguel de Unamuno, que estaba en la presidencia porque en esos momentos aún ostentaba el cargo de rector de la Universidad de Salamanca, tomó la palabra y dijo: «Me conocéis bien y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. No aprendí a hacerlo en los setenta y tres años de mi vida y ahora no quiero aprenderlo. Se ha hablado aquí de guerra internacional en defensa de la civilización cristiana. Pero no, la nuestra es sólo una guerra incivil. Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión...». 

             Furioso y fuera de sí, el general Millán Astray gritó: «¡Viva la muerte! ¡Muera la inteligencia!». A lo que Unamuno le respondió: «Éste es el templo de la inteligencia. Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta pero no convenceréis porque convencer significa persuadir y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho».

             Aunque la esposa de Franco («La Collares») cogió, a continuación, del brazo a Unamuno, a la salida del acto, evitando de este modo que el incidente acabara en tragedia —pues el general Astray comenzó a mostrarse fuera de sus casillas y varios legionarios le esperaban a la salida para pegarle allí mismo cuatro o cuatrocientos tiros—, al día siguiente fue puesto bajo arresto domiciliario en su casa de la calle Bordadores, lugar donde fallecerá poco después, seguramente de pena, el 31 de diciembre de 1936.

             Pues bien, este brutal bramido millanastrayano de ¡muerte a la inteligencia! hizo que España se convirtiese, bajo las botas de los militares insurrectos, en un amplio y desolado campo de concentración, donde la burricie campó a sus anchas durante muchos años. Todos nuestros más conspicuos intelectuales y artistas, todos nuestros mejores profesionales y mentes preclaras o se fueron al exilio por piernas o fueron depurados en el mejor de los casos. Nos dice el autor en la página 32 de su libro que pocas especialidades médicas sufrieron tanto la dentellada de la represión como la psiquiatría. Es muy cierto. Por ello y ya para finalizar mi intervención quisiera recordar en el día de hoy, a modo de homenaje, a un pionero, a un médico de la otra orilla al que Albano en su libro cita sólo de pasada (en la página 33). Me refiero al bilbaíno doctor Ángel Garma, que además de neurólogo y psiquiatra fue el primer psicoanalista español.

EL DOCTOR ÁNGEL GARMA

             El bilbaíno Ángel Garma estudió Medicina en la Universidad Central —actual Universidad Complutense— de Madrid y fue, durante cuatro años, alumno interno en la cátedra de Fisiología de Gregorio Marañón, quien, como bien es sabido, se interesaba por las teorías freudianas. También fue alumno de Santiago Ramón y Cajal, de Juan Negrín y de Juan Madinaveitia. Durante ese tiempo vivía en la Residencia de Estudiantes —buque insignia de la Institución Libre de Enseñanza, fundada por Francisco Giner de los Ríos— donde tuvo como compañeros a Federico García Lorca, Salvador Dalí, Luis Buñuel, Severo Ochoa y Pepín Bello, entre otros, con quienes trabó una importante relación de complicidad intelectual. 

             Cuando obtuvo el grado de licenciatura con la calificación de sobresaliente, en 1927, por consejo de su profesor de psiquiatría y director del manicomio de mujeres de Ciempozuelos, el doctor José Miguel Sacristán (a quien también cita Albano de Juan en su texto por haber sido unos de los muchos psiquiatras depurados), se fue a realizar sus estudios de postgrado a Alemania donde —además de especializarse en neuropsiquiatría con maestros de la talla de Robert Gaupp y Karl Bonhoeffer— tomó contacto con las teorías freudianas a través del Instituto Psicoanalítico de Berlín, dirigido entonces por Max Eitingon, y se psicoanalizó con Theodor Reik. 

             Tras ser admitido en la Asociación Psicoanalítica Alemana y en la Asociación Psicoanalítica Internacional (API) después de haber presentado un estudio sobre «La realidad y el Ello en la esquizofrenia», regresó a Madrid con el ánimo de difundir el psicoanálisis y crear una asociación psicoanalítica en España pero su proyecto se truncó con el estallido de la rebelión militar.  

           De firmes convicciones republicanas y antifascistas, se exilió primero en París, durante dos años, y luego en Buenos Aires, donde fundó —el 15 de diciembre de 1942— la «Asociación Psicoanalítica Argentina» (APA). El doctor Ángel Garma ha sido reconocido, de modo unánime, como el introductor del psicoanálisis en Iberoamérica. 

             Cuando España logró recuperar, al fin, el Estado democrático que cuarenta años atrás le fuera arrebatado, su trayectoria, tanto profesional como humana, fue premiada con la Gran Cruz de la Orden del Mérito Civil, en 1989, y con la Orden de Isabel la Católica, en 1991. También, en 1989, fue nombrado «Hijo Predilecto de Bilbao». Ángel Garma falleció en la ciudad de Buenos Aires el 29 de enero de 1993, a los 89 años de edad; ostentaba el cargo de Vicepresidente de Honor de la Asociación Psicoanalítica Internacional (API), cargo en el que había sucedido a Anna Freud. Sus cenizas, por expreso deseo suyo, fueron arrojadas en El Abra de la ría de Bilbao.  

             Pero, como nos cuenta Albano de Juan en su libro, hubo otros muchos médicos «de la otra orilla» que no tuvieron la suerte, al fin y al cabo, de ver reconocida su lucha por una sociedad más justa, solidaria y libre, más democrática e ilustrada, más abierta a lo nuevo. Todavía están enterrados de modo infame, como si fueran alimañas, en cientos de fosas comunes y cunetas de las carreteras españolas, muchos hombres y mujeres que, desde hace setenta años, claman a diario ante nuestras conciencias por reposar en un sitio más digno. Yo creo que en verdad se lo merecen; es responsabilidad de todos que esto ocurra.

             El doctor Albano de Juan ha puesto un enorme grano de arena con este libro en donde ha indagado acerca de la verdad histórica que nos precedió y ha contribuido, por tanto, con ello a la superación del trauma que causó esta lucha fratricida en muchas familias españolas, porque —como escribió el médico, escritor y profesor Pedro Laín Entralgo— el trauma de la guerra civil, como todo trauma que afecte al orden psíquico, solamente podrá ser olvidado después de haber conocido, de modo íntegro, la verdad de lo que fue. 

***Intervención durante el  transcurso de la presentación del libro ‘Los médicos de la otra orilla’, del doctor Albano de Juan, auspiciada por la Biblioteca de Psicoanálisis de Castilla y León y por la Sede de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) en Castilla y León. Realizada en el Centro Françoise Dolto de Palencia el 14 de diciembre de 2007. Fue publicada en el número 16 de «ANÁLISIS. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León». Junio de 2008.

POST SCRIPTUM

¡Qué casualidades y meandros que tiene esta vida!

Cuando leí este libro de Albano de Juan, tras ser publicado en la editorial «Cálamo» palentina, es decir, en 2005, no podía imaginar que, a partir del 1º de agosto de 2008, iba a residir en Ampudia, junto a mi esposa —Luz Matilla—, aunque he seguido trabajando, ininterrumpidamente, en mi consulta particular de psiquiatría y psicoanálisis de Palencia, en la calle Los Soldados, nº 20.

Hará unos cuatro o cinco años, no lo recuerdo con exactitud, que releí el libro de Albano —ya residiendo, pues, en Ampudia— y me encontré con la sorpresa de que un médico ampudiano, llamado Luis Martín Gromaz, no tuvo otra salida que el exilio para escapar de una muerte anunciada, como luego veremos.

¡Coño! —me dije—. ¡Un médico ampudiano de la «otra orilla»!

Poco tiempo después se lo comenté — esto sí que lo recuerdo con exactitud— mientras esperábamos, en compañía de otras personas interesadas en la Astronomía, el máximo bombardeo de las Perseidas, a mi amiga, la doctora María José Barriga —ampudiana de pro— y me dijo que ya lo sabía, pues había leído, tiempo atrás, el libro Los médicos de la otra orilla.

ALGUNAS PINCELADAS BIOGRÁFICAS SOBRE EL DOCTOR LUIS MARTÍN GROMAZ, EXTRAÍDAS DEL LIBRO DE ALBANO DE JUAN

Luis Martín Gromaz nació en Ampudia de Campos el 10 de octubre de 1891. Fue hijo de Isacio, agricultor, y de Josefa, maestra entonces de la villa.

En septiembre de 1901 se traslada a Palencia para estudiar el Bachiller, aprobando la Reválida del mismo en junio de 1907.

En octubre de ese mismo año comienza sus estudios universitarios en la Facultad de Medicina de Valladolid, aprobando todas las asignaturas de la carrera en primera convocatoria con un buen expediente académico. Su examen de grado de Licenciado, realizado el 8 de junio de 1914, versó sobre la úlcera redonda del estómago y el tratamiento del hidrocele.

Ese mismo año se presentó a las oposiciones para Sanidad Militar.

En enero de 1915 sufre una grave neumonía que le pone al borde de la muerte, llegando a recibir el viático en el hospital militar de Burgos, donde fue ingresado. Sin embargo superó el trance y celebró su recuperación con una opípara comida en compañía de sus amigos más íntimos.

Regresa a Palencia en 1923, fecha de su colegiación, tras once años de ejercicio profesional de médico militar, desempeñando el cargo de médico del cuerpo de la Armada en situación de disponibilidad y en ejercicio libre de la profesión con Medalla de Marruecos, con Pasador de Larache y Melilla, y Cruz Blanca del Mérito Militar, tal y como manifiesta en la hoja de inscripción.

Ejerce la especialidad de Otorrinolaringología, siendo el primero que practica esta especialidad como tal en Palencia. Tenía situada su consulta en el Patio del Castaño.

Persona de gran corazón, solidario, no dudaba, no sólo en no cobrar sus honorarios a los necesitados sino que, en muchas ocasiones, los socorría económicamente.

Hombre culto e intelectual, participó de modo activo en mantener independiente el Ateneo de Palencia —los Ateneos, siendo instituciones culturales, eran también foros de diálogo político y plataformas de espíritu liberal y republicano preferentemente—. Fue vocal de la Sección de Ciencias del Ateneo de Palencia durante el curso 1924, año en el que Boletín del Colegio Oficial de Médicos de Palencia se hace eco de su ascenso a comandante y del nombramiento como presidente de la Sección de Ciencias del Ateneo palentino durante el curso académico 1925-1926.

Publica, en el Boletín del Colegio de Médicos, un trabajo sobre «Un caso de larvas de mosca vivas en el oído» y sobre las ventajas de la Esofagoscopia.

Preocupado por el equipamiento sanitario de Palencia, redacta un escrito en 1930 sobre la situación del Hospital de San Bernabé, denunciando que carece de los medios más elementales de exploración propios de un establecimiento de esta índole. Curiosamente, unos meses más tarde, se remodela el hospital inaugurándose nuevas salas de cirugía, radiología y electroterapia.

El estallido de la Guerra Civil le llevará directamente a la cárcel.

Tras un intento de excarcelación por parte de algunos falangistas para fusilarle pues dos de los encarcelados que salían a hacer trabajos externos oyeron cómo los falangistas, de guardia en la cárcel, hablaban entre sí de que esa noche iban a «sacar» (lo de las «sacas» y «paseos» es bien conocido)  a Luis Martín Gromaz, por lo que lo pusieron, de modo inmediato, en conocimiento del interesado. Llegado el momento, éste se hizo fuerte en la Enfermería de la cárcel, con un bisturí en la mano, negándose a salir pues sabía lo que le esperaba. Pocos días después sale de la cárcel, acompañado por un capitán del Ejército (que tenía más mando que los falangistas que se dedicaban al asesinato) que le llevó, directamente, hasta la estación de la RENFE, consiguiendo pasarse, más tarde, a las líneas republicanas.

En 1938 fue nombrado jefe del hospital de la Marina de Cartagena. Recuérdese que la Armada permaneció fiel a la República. Marchó a Argelia para, desde allí, llegar a Valencia y, posteriormente, a Tijuana, en México, donde trabajó en la «Benéfica Hispana», institución que atendía, gratuitamente, a los exiliados republicanos españoles.

Permaneció en México hasta que pasados los años regresó, ya muy enfermo, a España, estableciendo su domicilio en Villafranca del Bierzo, lugar donde vivió sus últimos días, acompañado de su mujer.

La inexplicable salida de la cárcel de Luis Martín Gromaz parece que fue propiciada por su hermano Francisco, prohombre del Régimen y director de la Naval de Reinosa, que, sin embargo, no pudo evitar que, como represalia, retiraran en Ampudia los rótulos de la calle Josefa Gromaz, su madre, puesta en reconocimiento a su excelente labor como maestra.

Por mi parte, ignoro la fecha y las circunstancias que rodearon la reposición de la calle de Dña. Josefa Gromaz porque, hace nueve años, cuando llegamos mi esposa y yo a Ampudia, formaba ya parte del callejero.