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PRESENTACIÓN DEL LIBRO "ESTUDIOS SOBRE LA PSICOSIS"

           Constituye para mí una experiencia muy emocionante el presentar hoy aquí, por invitación de la Comisión de Docencia de este Centro y en representación de la Biblioteca de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de Castilla y León, que dirige D.ª Ángela González, el libro titulado «Estudios sobre la psicosis».

           La causa es muy simple pues comenzaré diciendo que mucho de lo que sé referente a la locura, a la psicosis, se lo debo tanto a su autor, José María Álvarez, como a este Centro Asistencial de los Hermanos de San Juan de Dios en el que nos encontramos. Aquí adquirí mi formación psiquiátrica, primero como médico interno residente, durante cuatro años, y, después, como médico adjunto, tres años más. 

           Sobre todo durante el primer período, el de interno residente, además de trabajar como ayudante de diversos psiquiatras que me tutelaron y que me fueron enseñando los intríngulis de la profesión (los doctores José Luis Moreno, Carmelo Tovar, Limberg Reyes, Francisco Primo y Alejandro Del Riego), tuve la oportunidad de estar más en contacto con los internados puesto que conviví con ellos los 366 días de guardia que realicé. Por aquel entonces, yo padecía de una particular intolerancia a quedarme a solas conmigo mismo y, como consecuencia, buscaba a los otros con cierto afán. Así es que procuraba no encerrarme en la habitación y, además de darme unos saludables paseos por los amplios y hermosos jardines del Centro, que me sirvieron para ampliar los pocos conocimientos que tenía entonces sobre botánica, prefería ir al bar (que regentaban Sole y Antonio) o a las salas de juego y de televisión ubicadas en el pabellón de la Sagrada Familia, que era el lugar en donde se encontraba mi residencia. Así fue como, gracias a este síntoma que aquejaba, pude relacionarme con los enfermos de otro modo y en otros lugares que no fueran los habituales del despacho de la consulta.


           Ellos, los sujetos internados, me mostraron que su desgarro, su pérdida vital, su soledad en el mundo y su angustia eran mucho más inmensas que las mías. Y aprendí en carne propia que estar en contacto con el dolor psíquico y el desvalimiento humanos no es inocuo ya que tiene sus efectos. Para mí ésta fue la mayor lección. También intuí que las alucinaciones psíquicas que presentaban los ingresados (las "voces", en sentido coloquial) eran, precisamente, la única compañía que poseían para combatir su radical soledad, y que, por eso mismo, se mosqueaban conmigo con frecuencia cuando se las intentaba "quitar" mediante la pertinente prescripción neuroléptica. Otros, sin embargo, me lo agradecían pues esa única compañía había llegado a serles insoportable, injuriosa, aplastante, e incluso mortífera.

          Asimismo me apunté a las sopas de ajo que preparaba, en un infiernillo, sobre la medianoche, un enfermo que era ayudante del Sr. Ángel Bajo (el celador nocturno), llamado Dionisio. Recuerdo con cariño a dos Enfermeros-Jefe: primero fue el Hno. Rodolfo, un verdadero cascarrabias dotado de un corazón y una inteligencia fuera de lo común. Y después, el Hno. Matías, con quien compartí urgencias y emergencias sanitarias, mesa, lecturas, anhelos y algunas conversaciones metafísicas y teológicas bajo la mirada de la Vía Láctea (en aquellos tiempos existía bastante menos contaminación lumínica que ahora). 

          Por lo demás, he de decir que los internados me enseñaron a jugar mejor al dominó, a la brisca y al tute, y confieso que, durante una temporada, tomé como confidente de mis desvelos a un sujeto diagnosticado de esquizofrenia catatónica residual, que se encontraba ingresado en el pabellón de San Rafael, al que cogí bastante cariño y con quien logré "comunicarme" (es verdad que sólo en momentos puntuales) después de muchos años de atroz permanencia en un aislamiento autístico absoluto. Eran tiempos en los que este hospital se encontraba encerrado sobre sí mismo, aislado de la ciudad. Después de mi marcha eso cambió y se fue abriendo: primero con los pisos tutelados y después con la apertura del Centro de Consultas Externas de San Miguel y las dependencias específicas dedicadas tanto al tratamiento de sujetos toxicómanos como de afectados por demencias orgánicas.


           En cuanto a José María Álvarez, quisiera decir que lo conocí hace once años —en concreto el 26 de abril de 1996—, durante unas Jornadas dedicadas a la esquizofrenia que se celebraron en Valladolid convocadas por el Hospital Psiquiátrico «Dr. Villacián». Tras escuchar con atención la exposición del tema que llevó a cabo, tuve la profunda impresión de que bajo un porte juvenil, jovial y desenfadado, se encontraba alguien que poseía un saber muy riguroso acerca de la locura, un sujeto que era, en definitiva, un ilustrado de la psicosis y del que podría aprender mucho. Lo que en psicoanálisis llamamos transferencia se instaló en mí de inmediato. Por eso, dos años y medio después, me sentí muy honrado y feliz al aceptar el ofrecimiento, tanto por su parte como por la de Fernando Martín Aduriz, de cofundar y ser el primer presidente del Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Castilla y León (GEP-CL), grupo que se constituyó en el embrión de lo que hoy es nuestra actual Sede de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) del Campo Freudiano.


           Desde que José María Álvarez llegó de tierras catalanas —donde se licenció y doctoró en psicología, amén de haber realizado su formación analítica— a su tierra natal, ésta de Castilla y León, ha hecho mucho tanto por la causa psicoanalítica como por la denominada «Otra» psiquiatría, cuyos planteamientos clínicos y doctrinales expone, de modo sucinto, Fernando Colina en el prólogo del libro que hoy presentamos. Esta «Otra» psiquiatría no es que menosprecie u obvie los desarrollos científicos (los conoce perfectamente) sino que para ella no son lo más importante ya que se ilumina con el descubrimiento freudiano del sujeto del inconsciente y los posteriores aportes lacanianos al mismo. Todo esto nos lo expone el autor en su libro de modo admirable pues ha logrado conjugar el saber psiquiátrico y psicopatológico que nos legaron nuestros antepasados, los clásicos de la psiquiatría, sus desavenencias teóricas y prácticas, con el discurso que inauguró Sigmund Freud, prosiguió Jacques Lacan y que viene esclareciendo, con un loable e impresionante acierto, Jacques-Alain Miller. La psicopatología, al haber sido desdeñada por la imperante corriente de pensamiento neurobiologicista, por no interesarle, por serle algo superfluo, es, desde ya, cosa del psicoanálisis. Así lo han demostrado José María Álvarez, Ramón Esteban y François Sauvagnat con la publicación, en 2005, de su voluminoso libro titulado «Elementos de psicopatología psicoanalítica». El autor también publicó en 1999 «La invención de las enfermedades mentales» que, al parecer, va a ser reeditado y que él mismo presentó un año después en este mismo salón durante un acto muy similar al que hoy estamos celebrando.


           Pues bien, este tercer libro de José María Álvarez, sus «Estudios sobre la psicosis», está integrado por diez artículos, algunos ya publicados en monografías o en revistas de psicoanálisis y de psiquiatría, que ha reescrito para la ocasión, y otros que son inéditos. Estos diez estudios se presentan organizados en tres apartados («Pensar la psicopatología», «Alucinación y fenómenos elementales» y «Paranoia y delirio»). El prólogo es del psiquiatra y escritor vallisoletano Fernando Colina y el epílogo de José Rodríguez Eiras, psiquiatra y psicoanalista en Vigo. 

           A lo largo y ancho de sus páginas, escritas con una prosa vivaz y elegante, el autor va tomando el pulso a diversos temas: la responsabilidad subjetiva del sujeto psicótico, el modelo estructural unitario de la psicosis con sus diversos polos (melancolía, paranoia y esquizofrenia), su marco nosográfico y nosológico, la dimensión reconstructiva y autorreparadora que constituye la elaboración del delirio, las dos vertientes de la certeza psicótica, las relaciones entre el delirio y el paso al acto, la vinculación práctica entre la clínica y la ética, los fenómenos elementales patognomónicos de la psicosis, las alucinaciones y un amplio e ilustrador estudio monográfico sobre los avatares histórico-clínicos del concepto de paranoia.


           De todos ellos, y para comentar alguno en concreto, me voy a referir al tercero, titulado «Psicosis actuales», que ya tuve la oportunidad de escucharlo de viva voz en la «II Conversación Villacián-Siso», celebrada en Valladolid el 18 de junio de 2005.

           Allí José María Álvarez nos dijo que en la actualidad le parecía encontrarse con muchos más sujetos psicóticos de los que creía hallar en los comienzos de su práctica pues su concepto de la psicosis se ha ido ampliando merced a que ha ido contando con elementos conceptuales nuevos. Quienes nos dedicamos a la clínica mental debemos tomar buena nota y leer con atención las reflexiones que allí vierte, sobre todo aquella que afirma que «la psicosis es una dimensión de la experiencia que comparten sujetos muy trastornados y otros bastante estabilizados». 

           Cuestión ésta que creo de suma importancia puesto que una de las tareas fundamentales de una correcta praxis clínica —y que en nada se opone a la clínica que llamamos del «caso por caso» sino que la complementa— debiera ser el elucidar la posición subjetiva que ocupa quien acude a consultarnos. En otras palabras, se debe procurar diferenciar, con la mayor precisión posible, si éste padece un proceso neurótico o si se trata de una psicosis que aún no se ha desencadenado y que, en ocasiones, puede presentarse tanto bajo el disfraz de alguno de los múltiples trastornos del comportamiento y/o de la personalidad, tanto con el ropaje de una conducta toxicómana o de un padecimiento físico catalogado como psicosomático.


              Los psicoanalistas procuramos hacerlo en el transcurso de las denominadas «entrevistas preliminares», es decir, durante un tiempo, que es variable, en el que no usamos el diván y restringimos al máximo la interpretación. Lacan nos animó a realizar muchas entrevistas de éstas antes de comenzar un análisis de tipo clásico en toda regla. Cuestión de prudencia porque el planteamiento de la dirección de la cura va a ser muy diferente si se trata de un sujeto que está habitando en una estructura clínica neurótica que si lo hace en una psicótica, pues como muy bien nos indicó Lacan, hace casi medio siglo, en su genial escrito «Ante todo tratamiento posible de la psicosis», el utilizar la técnica que Freud instituyó fuera de la experiencia a la que se aplica es tan estúpido como echar los bofes en el remo cuando el navío está en la arena.


              En el ejercicio de la clínica mental debemos ser cuidadosos en extremo y no pensar, alegremente, que todo el monte es orégano. O quedar atrapados en las farragosas e insustanciales redes taxonómicas trenzadas por los manuales de las clasificaciones internacionales —tan en boga—, las cuales no nos dejan ver más allá de nuestras propias narices; o bien ser lenguaraces y lanzarnos a interpretar a todo trapo, dándonoslas de listos. ¿Por qué? Porque podemos sacar de modo irresponsable al lobo de su cubil; y es bastante probable que, una vez que salga, termine hincándonos sus fauces, ya sean éstas persecutorias o erotomaníacas.

          Por ello han sido para mí, en mi práctica cotidiana, cruciales las enseñanzas que me ha ido transmitiendo José María Álvarez a lo largo de todos estos años. Ellas me han indicado cuáles son aquellas manifestaciones sutiles relativas al cuerpo, al lenguaje y al lazo social o aquellas experiencias inefables o aquellos fenómenos elementales (se debe ser muy fino de oído con toda esta microfenomenología) que me deben alertar sobre la posible existencia de una psicosis no clínica, es decir, una psicosis que aún no se ha desencadenado y que se encuentra estabilizada ya sea mediante ciertas identificaciones en el espacio imaginario, ya sea con la invención de una suplencia en el orden simbólico e, incluso, con la aparición de una lesión anatomopatológicamente validada en lo real del cuerpo.


          En mi experiencia clínica, trato de indagar, además de todo lo anterior, si hay rastros, en la biografía del sujeto, que me pongan sobre la pista de la existencia de una neurosis infantil, ya que toda neurosis hunde sus raíces en la infancia. Si el sujeto, después de algunas cuantas entrevistas, no me refiere nada en absoluto respecto a ciertos conflictos neuróticos —ya sean o no típicos— que le marcaron, en su infancia o en su adolescencia, sospecho que me encuentro ante una "psicosis normalizada", como con acierto la denomina José María Álvarez. Así es que deberemos tener siempre presente, como él apunta empleando los términos del Dr. Esquerdo en su monografía sobre Garayo el Sacamantecas, que «hay locos que no lo parecen». Y me gustaría añadir por mi cuenta que, por el contrario, también hay quienes parecen locos pero no lo son. Pero ésta es ya harina de otro costal...


A continuación les dejo con José María Álvarez, quien, además de ser un apasionado y apasionante escritor, posee —qué envidia— un pico de oro.


*** Texto publicado en el nº 15 de "Análisis. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León" (Diciembre 2007) y en el nº 281 de la revista "Hermanos Hospitalarios" (Agosto-Septiembre 2007).