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PRESENTACIÓN DE LA CONFERENCIA «TOXICOMANÍAS», DE MANUEL FERNÁNDEZ BLANCO

  Buenas tardes, sean ustedes bienvenidos. Les agradecemos mucho su presencia en esta sala para asistir a esta nueva conferencia, enmarcada dentro de un ciclo que ha programado el «Centro Françoise Dolto» de Palencia con la intención de acercar y dar a conocer el psicoanálisis de orientación lacaniana a los ciudadanos. En esta ocasión pretendemos abordar la problemática y la clínica de las toxicomanías.

             Desde tiempos inmemoriales, el hombre se ha servido de los intoxicantes usando o tratando, mediante la destilación, tales o cuales plantas que le ofrecía la naturaleza. Es sólo a partir del siglo XIX cuando, merced al avance del conocimiento científico, se va a producir el descubrimiento químico de los principios activos contenidos en esos agentes botánicos que ya eran usados en un estado bruto desde la más lejana antigüedad, tanto en medicina como en diversos ritos de carácter místico-religioso o social. 

             Se trata de un tipo de compuestos alcalinos —de ahí la denominación de alcaloides—, formados básicamente por carbono, hidrógeno y nitrógeno. Este paso dado por la ciencia química va a significar, por una parte, el multiplicar la potencia de su efecto psicoactivo (ya sea este efecto el entorpecer, estimular o regocijar la vida mental), y, por otra parte, que se pudiera disponer de ellos en cualquier momento y lugar. Así, tenemos que en 1806 se sintetiza la morfina, en 1832 la codeína, en 1833 la atropina, en 1841 la cafeína, en 1860 la cocaína, en 1883 la heroína —que se obtiene mediante la acetilización de la morfina base— y en 1896 la mescalina. También durante este siglo se produjo el descubrimiento de la aplicación médica de los anestésicos volátiles: el óxido nitroso —que se llamó el «gas de la risa» o «gas hilarante», ampliamente usado como sustancia recreativa—; el éter sulfúrico —que también se usó como embriagante popular en las fiestas de los campesinos irlandeses y en las juergas de los estudiantes europeos de principios del XIX— y, finalmente, el cloroformo. 

            Durante el siglo XX la lista de productos psicoactivos, merced a la labor de la industria farmacéutica, se alarga enormemente y se sintetizan los barbitúricos (por cierto, este año se cumple el centenario de su descubrimiento), las anfetaminas, el LSD, tranquilizantes menores o ansiolíticos, antidepresivos... y un largo etcétera, hasta terminar con las llamadas «drogas de diseño», tan demandadas por la juventud actual para darle marcha al cuerpo en sus «movidas» discotequeras. Durante este siglo, los intoxicantes dejaron de pertenecer a un tipo de cultura o de un lugar geográfico determinados para globalizarse, para llegar a todos los confines del mundo.

             ¿Qué sucederá con los diversos intoxicantes que ya existen, y los que se irán descubriendo, a lo largo de este siglo XXI que estamos comenzando? Aunque esto es algo imposible de saber, desde el discurso psicoanalítico de orientación lacaniana sí se podrían adelantar, lógicamente sólo de un modo aproximativo, algunas líneas generales de por dónde pudieran ir los tiros. 

             Sin ir más lejos, hoy hace una semana, una parte de la juventud española (subrayo lo de ‘una parte’ porque nuestros jóvenes son muy variopintos, hay de todo, como en botica) ha reivindicado su derecho a gozar públicamente de lo que ha sido desde hace tiempos inmemoriales —y sigue siendo— nuestro intoxicante nacional: el alcohol etílico. Esta sustancia, tan popular, que pertenece por méritos propios a las drogas clasificadas como «duras», es la responsable de un inmenso (en parte desconocido) infierno, tanto en el ámbito personal como en el familiar, por no hablar de los estragos que provoca en campos tales como el sanitario, en la accidentabilidad laboral y el tráfico rodado, en la delincuencia, en la violencia social y de género, etc. 

             Esta nuestra hipócrita sociedad por una parte incita a su consumo y por la otra segrega sin piedad a los alcoholómanos que se encuentran ya en una fase de franco deterioro. Pero éstos son sólo la punta de un iceberg cuyas proporciones pueden cifrarse en más de cuatro millones de españoles y españolas enganchados crónicamente a las bebidas alcohólicas. Esos jóvenes a los que antes me referí, con su actitud ‘macrobotellónica’, quisieron emular a sus antepasados de la Antigüedad y citándose entre ellos mediante esos otros adictivos —aunque parece que no tóxicos— aparatitos telefónicos, quisieron celebrar una orgía bacanal en honor a la entrada de la primavera, tan florida y hermosa ella. La cosa ha dado mucho, pero que mucho que hablar, lo cual es bueno porque cuando un sujeto o un colectivo social hablan existe la posibilidad de escuchar más allá de lo que dice.

            El psicoanálisis, desde su nacimiento —su fundador, Sigmund Freud, es el más claro ejemplo de ello—, siempre estuvo con la oreja muy atenta para escuchar todo aquello que decía tanto el Otro del inconsciente particular de cada uno como el Otro social: es su gran conquista y por ello no desaparecerá tal como auguran, desde hace muchos años —ya más de cien— aquellos sujetos que poseen una indisimulada vocación de enterradores, quienes, en el mismo acto en el que rechazan la existencia y la incidencia de lo inconsciente en nuestro devenir humano, rechazan, asimismo, una parte esencial de su ser. Allá ellos. 

             El llamado «toxicómano», precisamente, sería su paradigma pues en él existe un rechazo absoluto del inconsciente. Él —digo ‘él’ en general como en la anorexia y en la bulimia mentales diría ‘ella’—, de modo general, se encuentra muy bien adaptado en su feliz matrimonio con su sustancia de goce; suele decir que la controla, que no hay ningún problema, que no pasa nada, que todo marcha bien, que el problema, en todo caso, son los demás. En definitiva, que la adicción al tóxico —sea cual fuere éste— no se constituye, de entrada, como un síntoma en el sentido freudiano del término, es decir, como algo que produciendo un malestar subjetivo pudiera tener un sentido, más o menos oculto, a revelar o a descifrar. Es necesaria la presencia de un psicoanalista para que esto pueda ocurrir. Y a veces ocurre. 

             Los que sí que tienen problemas, y bien gordos, son los que sufren por su toxicomanía, todos aquellos que le rodean, aquellos con los que convive, ya sea su partenaire sexual o sus familiares: abuelos, padres, tíos, hermanos, hijos... Alguno de estos suele ser quien pide ayuda y el toxicómano accede a veces, aunque generalmente de no muy buen grado, a ponerse en tratamiento. Casi siempre lo hace porque se encuentra entre la espada y la pared, ya sea a nivel judicial, ya sea porque alguna parte esencial de su organismo ha enfermado de gravedad a causa del tóxico, ya sea porque el ser que más ama le ha puesto, de modo tajante y claro ante una disyunción: «o la droga o yo»; «o yo o la botella»; «o lo dejas o lo nuestro se acabó». 

             Dicho tratamiento, para el psicoanálisis de orientación lacaniana, no solamente es desintoxicarse de la sustancia sino que, en primer término, es interrogarse sobre qué lugar ocupa el intoxicante dentro de la economía psíquica y libidinal del sujeto y a qué tipo de problemática la toxicomanía da una solución, fallida por supuesto. Digo esto porque es por completo diferente la función del tóxico en una estructura psíquica neurótica que en una estructura psicótica o en una perversa.   

             En contra de lo anunciado por aquellos que nadarían en la felicidad absoluta si el inconsciente no existiera, el psicoanálisis no ha muerto. Sigue vivito y coleando. Diría aún más: está llamado a manifestarse públicamente, a estar en la primera línea, junto con otros colectivos ilustrados, en una batalla permanente contra la debilidad mental, contra la infatuación ególatra y contra el empuje superyoico —alentado por el Sistema neocapitalista— a consumir con desaforo los infinitos objetos de goce que la tecno-ciencia produce y que la mercadotecnia nos ofrece. Son tiempos cojos de ideales personales y colectivos donde el vacío, la falta en ser y la división subjetiva —que acompañan irremediablemente al animal hablante en su existencia—, se intentan taponar, de modo vano, mediante el recurso al objeto de consumo; en el caso que hoy nos ocupa, encarnado en el objeto intoxicante. El toxicómano es, sin que él lo sepa, un prototipo paradigmático de los síntomas sociales que acarrea nuestra Postmodernidad.   

             Para hablarnos de las toxicomanías tenemos esta tarde con nosotros al psicoanalista y psicólogo clínico Manuel Fernández Blanco, mente preclara donde las haya, que viene desde A Coruña. Allí ejerce su profesión tanto en la dirección de una clínica psicoanalítica abierta a la ciudad (desde hace ya nueve años) como en el servicio de psiquiatría del hospital general «Juan Canalejo». Es alguien que posee una extensa experiencia tanto clínica como docente. En su amplio currículo, que ustedes tienen reseñado en el díptico anunciador de este evento, falta el dato de que es docente del Instituto del Campo Freudiano (ICF).

             Precisamente mañana le espera un día muy ajetreado: desde las 10:00 a las 12:00 horas de la mañana, realizará una presentación de enfermos en el Hospital Psiquiátrico «San Juan de Dios» de nuestra ciudad. Y desde las 13:00 hasta las 15:00 horas del mediodía asistirá como Presidente de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis de España a la reunión mensual que tenemos en nuestra Sede de la ELP en Castilla y León. Y si  no se ha muerto de cansancio, ya por la tarde, desde las 17:00 a las 19:00 horas, conducirá el Espacio de Docencia del Instituto del Campo Freudiano (ICF) en Castilla y León. 

             Manuel Fernández ya estuvo con nosotros en Palencia en el mes de enero del año pasado. Tuvimos la oportunidad de escucharlo en esta misma sala, pronunciando una conferencia que se tituló «Clínica psicoanalítica de la anorexia», conferencia que se encuentra publicada en el nº 10 de nuestra revista «ANÁLISIS. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León. Aquellos de entre ustedes que estuvieron entonces, recordarán el estilo tan peculiar, fluido y preciso de su bien decir. Espero que cada uno de cuantos hoy asistimos a su conferencia, salga de aquí con algún interrogante más de los que tenía cuando entró: eso querrá decir que sus palabras han sido fructíferas porque nos han dado para pensar.

*** Presentación de la Conferencia pronunciada por Manuel Fernández Blanco en el Salón de Actos del «Museo Fundación Díaz Caneja» de Palencia el 24 de marzo de 2006.


UN BREVE EPÍLOGO BIBLIOGRÁFICO SOBRE LAS TOXICOMANÍAS 


«Sobre una degradación general de la vida erótica» (S. Freud, 1912)

En este pequeño ensayo, dedicado a la sexualidad masculina y sus impasses, Freud aborda la relación tan especial que se constituye entre el bebedor y la bebida alcohólica, que podríamos ampliarlo por nuestra cuenta al lazo que se constituye entre el sujeto toxicómano y su sustancia de goce. Nos dice Freud que la bebida procura siempre al bebedor una satisfacción que ha sido comparada por los poetas a la satisfacción erótica y que, desde un punto de vista estrictamente científico, es realmente comparable con ella. Añade, además, que, tal como lo delatan los sujetos afectados de alcoholismo, se establece un fuerte y sólido vínculo afectivo entre el sujeto y un cierto tipo preciso de bebida. Esta relación de fidelidad y de perfecta armonía entre el sujeto y su bebida favorita —dice irónicamente Freud— bien podría servir de modelo a muchos matrimonios.

“El malestar en la cultura” (S. Freud, 1929)

En el capítulo II de este importante ensayo, Freud nos dice que tal como nos ha sido impuesta, la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarla —dice— no podemos pasarnos sin lenitivos. Según el Diccionario de uso del español de María Moliner, ‘lenitivo’ en su sentido figurado es algo que mitiga un padecimiento físico o moral y es sinónimo de ‘calmante’, ‘alivio’ y ‘consuelo’. Se puede emplear también el término ‘lenificativo’ puesto que ‘lenificar’ es aliviar o hacer más soportable un padecimiento físico o moral. Según Freud disponemos de tres especies de lenitivos para soportar la dificultad de vivir: en primer lugar, distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria; en segundo lugar, satisfacciones sustitutivas que la reducen; y, finalmente, narcóticos que nos tornan insensibles a ella. Añade que alguno cualquiera de estos tres remedios nos es indispensable.

Más adelante, nos dice Freud que el más crudo, pero también el más efectivo, de los métodos destinados a producir una evitación del sufrimiento psíquico es mediante la intoxicación química mediante ciertas sustancias extrañas al organismo que nos proporcionan sensaciones placenteras y nos impiden percibir los estímulos desagradables. Se atribuye tal carácter benéfico a la acción de los estupefacientes en la lucha por la felicidad, que tanto los individuos como los pueblos les han reservado un lugar permanente dentro de su economía libidinal. No sólo se les debe a estas sustancias el placer inmediato, sino también una muy anhelada medida de independencia frente al mundo exterior. Los hombres saben que con ese «quitapenas» siempre podrán escapar al peso de la realidad, refugiándose en un mundo propio que le ofrezca mejores condiciones para su sensibilidad. Es precisamente esta cualidad de los estupefacientes —la de ser un refugio ante las adversidades de la vida— la que entraña su mayor peligro y su nocividad. Además son culpables de que se disipen estérilmente cuantiosas magnitudes de energía que podrían ser aplicadas para mejorar la suerte humana.  

Jacques Lacan (1975)

En 1975, en el discurso de clausura de las Jornadas de carteles de la Escuela Freudiana de París, Lacan trató de la relación de la angustia con el descubrimiento del pequeño pipí (el caso paradigmático del «pequeño Hans» freudiano). Dice que tanto la niña como el niño se encuentran afligidos, de manera diferente, por su descubrimiento: lo que Freud llamó complejo de castración. En el caso del niño se establece una relación singular: estar casado con el pequeño pipí. La fórmula lacaniana es la siguiente: «Todo lo que permite escapar a este matrimonio es evidentemente bienvenido, lo que explica, por ejemplo, el éxito de la droga. Ésta sólo puede definirse como lo que permite romper el matrimonio con el pequeño pipí».