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PARANOIA Y DELIRIO


              A continuación intentaré realizar un resumen del apartado III ―titulado «Paranoia y delirio»― de la tercera edición (reescrita y ampliada) del libro Estudios sobre la psicosis, de nuestro estimado colega y amigo José María Álvarez y que presentamos hoy aquí, en esta sala de conferencias de la ciudad de Valladolid.

              Dicho bloque consta de tres estudios.

PAUL SCHREBER

              Voy con el primero, «Paul Schreber, sus psiquiatras y manicomios». En este estudio el autor se adentra en la descripción de los diferentes sanatorios donde estuvo ingresado el magistrado Daniel Paul Schreber y los diversos psiquiatras que lo atendieron, a partir del grave desencadenamiento de su psicosis que hasta entonces permanecía en un estado, por decirlo de modo que todos ustedes comprendan, latente. 

              Durante este recorrido el lector podrá ir apreciando con nitidez las diversas posiciones subjetivas que, sucesivamente y a lo largo del tiempo, va a ocupar el sujeto Schreber dentro de la estructura mental psicótica a la que pertenece. Primero, una posición en el polo melancólico-hipocondríaco, a la que, tras un período de ocho años, sucede una devastación esquizofrénica, para, finalmente, terminar virando hacia el polo propiamente paranoico o reconstructivo-delirante de la psicosis, posición que lo salvará del marasmo.

              El primer psiquiatra que se ocupó de nuestro «maravilloso Schreber» (así lo adjetivó S. Freud) fue el Dr. Richter en el balneario de Sonneberg. Allí ingresó tras ser derrotado en unas elecciones al Parlamento alemán. Su estado mental fue empeorando a lo largo de los 40 días que permaneció en dicho establecimiento, donde intentó suicidarse dos veces. Fue diagnosticado de hipocondría grave (ideas delirantes hipocondríacas).

              Tras salir de Sonneberg, en bastante peor estado que cuando ingresó, regresa a su Leipzig natal y consulta con el afamado neurólogo Dr. Paul Flechsig quien lo ingresará en la Clínica Universitaria que él mismo dirigía. En este lugar permanecerá recluido una temporada hasta que sale de alta bastante recuperado de su estado melancólico-hipocondríaco (en la Clínica también se intentó suicidar). De modo progresivo irá reintegrándose a su ámbito familiar y social, así que, medio año después, se reincorporó de lleno a su vida profesional: Presidente del Tribunal de Primera Instancia de Leipzig.

              Es muy instructivo que José María Álvarez nos subraye lo que Paul Schreber escribe acerca de este primer periodo de su psicosis; es lo siguiente: «La primera enfermedad evolucionó sin que sobreviniera ningún episodio con implicaciones sobrenaturales». Dicho de otra manera: en ese tiempo aún no existía para él ningún Dios por el medio, no había hecho acto de presencia ningún Otro malvado que quisiera gozar, impunemente y sin descanso, de su cuerpo y de su mente.

              El magistrado Schreber vivió los siguientes ocho años de su vida en un estado de gran felicidad sólo oscurecido por la frustración de no tener hijos con su esposa —su querida ‘Sabinita’— pues ésta abortó espontáneamente en dos ocasiones.

              Pero, al cabo de este tiempo, de pronto se vio aupado a la Presidencia de una de las Cámaras de la Corte Suprema del Land de Dresde pues era un sujeto que poseía una portentosa inteligencia y una gran competencia profesional. Este ascenso, tan trascendente para su carrera profesional, terminó siendo su perdición porque descompensó la estabilización psíquica que anteriormente había logrado. Comienza a tener sueños en los que recae en su antigua enfermedad. Una mañana, estando aún en estado de duermevela (estado hipnopómpico), le asalta el pensamiento de «lo realmente hermosísimo que tiene que ser el hecho de ser una mujer que sucumbe al coito». A partir de entonces su estado mental empeorará de modo gradual, pues no supo, literalmente, qué hacer, cómo significar, el fantasma sexual que había irrumpido de improviso en su mente, ante su propia indignación, como si fuera un vendaval que todo lo arrasase.

              Consulta de nuevo con el Dr. Flechsig y éste vuelve a ingresarle en la Clínica Universitaria entre celdas, barrotes, camisas de fuerza y hediondez. Durante el tiempo que permanecerá ingresado, por segunda vez, en este lugar pasará por el peor período de su afección mental. Dominará en él el polo esquizofrénico de la psicosis: el crepúsculo, el fin del mundo y la muerte del sujeto alucinada en la página de un periódico. Padecerá alucinaciones de todo tipo soportadas en un estado de estupor. Tras el derrumbe esquizofrénico, los hombres y por supuesto también las mujeres, se le aparecerán como artificiales, inconsistentes, como si hubieran sido «hechos a la ligera».

              El Dr. Flechsig determina que el sujeto es un incurable y decide que sea trasladado al manicomio estatal de Sonnenstein bajo la tutela del Dr. Guido Weber. Este psiquiatra era alguien que conversaba y se interesaba por los pacientes, a diferencia de Flechsig, quien sólo tenía interés en estudiar objetivamente el cerebro, importándole un bledo el sujeto de la palabra y del lenguaje (la  subjetividad). El ambiente allí era más curativo, más sosegado, menos represivo.

              Precisamente fue en este manicomio donde nuestro sujeto va a comenzar el período reconstructivo de su psicosis, virando hacia el polo paranoico. Con lo que le queda, tras la gran debacle esquizofrénica, trata de reconstruir el mundo y a sí mismo mediante el trabajo de la edificación de un florido delirio que, además, nos dejará por escrito: sus Hechos dignos de ser recordados de un enfermo de los nervios, que fue el libro que le llegó a Freud, vía Jung, y que nosotros, los psicoanalistas lacanianos, leemos, conocemos y admiramos.

              Al sistematizar su delirio, al ocupar el polo paranoico de la psicosis, Paul Schreber no sólo consiguió estabilizarse mentalmente sino que logró que los Tribunales le sacaran del manicomio defendiéndose a sí mismo contra la opinión del Dr. Guido Weber, considerado todo un experto en psiquiatría forense. Hasta el último aliento de su vida Paul Schreber mantuvo la típica posición paranoica: frente a la implacable persecución divina, frente a la terrible maldad de su Dios doble (Ormuz y Arimán) sediento de goce, que tanto tormento le causaba, sólo podía declararse totalmente inocente.

ERNST WAGNER

             En el siguiente estudio de este apartado III, «Paranoia y delirio», nuestro escritor realiza una prodigiosa síntesis, a la vez que abre vías inéditas de interpretación, del denominado «Caso Wagner», la monografía sobre un caso de paranoia homicida que publicó en 1914 ―este año se cumple el centenario― el psiquiatra alemán Robert Gaupp, texto que conocemos en su versión castellana, desde el año 1998, gracias al buen hacer de «Los Alienistas del Pisuerga» y de la Asociación Española de Neuropsiquiatría (AEN). 

              A diferencia de lo sucedido con el magistrado Schreber ―quien ocupó a lo largo de la evolución de su trastorno mental los tres polos de la estructura psicótica, a saber: melancolía, esquizofrenia y paranoia― el maestro Ernst Wagner se mantuvo siempre oscilando, veremos cómo, entre la melancolía y la paranoia. Además Schreber nunca fue un sujeto peligroso más que para sí mismo; nunca para los demás.

              También, a diferencia de Schreber, que se precipitó en la psicosis con 51 años de edad, en este sujeto comenzó a los 18. A esta edad se inicia en la práctica de la masturbación, práctica que lo perturba subjetivamente porque por un lado se ve vigorosamente impulsado a ella y por otro la considera como algo aberrante y vergonzoso. En adelante, la tristeza y la vergüenza lo acompañarán. Comienza a sentir también vergüenza —y rencor— de su padre, quien al parecer había tenido una vida disoluta, al que maldice por haberle traído al mundo. El sentimiento siniestro de proceder, de ser parte, de una familia degenerada se va instalando en lo más íntimo de su ser.

              Por otro lado, empieza a sufrir el fenómeno elemental paranoico por excelencia: la autorreferencia mórbida. Tenía la certeza de que todas las personas de su entorno tenían conocimiento de su goce onanista porque se hacían continuas referencias a su persona en las conversaciones que éstas mantenían. Llegó a convencerse de que se le notaba hasta en la cara que era un masturbador empedernido.

              Pasaron los años y Wagner, tras finalizar sus estudios de Magisterio, es destinado como maestro titular al pueblo de Mühlhausen. Al poco de llegar,  ―según nos cuenta él mismo en su Autobiografía siempre se sintió dominado por «un impulso sexual muy poderoso»— comenzó a realizar, por las noches y bajo los efectos del alcohol, una serie de actos zoofílicos en un establo que se encontraba ubicado entre la taberna del pueblo y su domicilio. En dicho establo se guardaban vacas, terneras y bueyes.

              Ya al siguiente día de haber cometido estos «delitos zoofílicos» (son sus palabras) comienza a notar que los hombres del pueblo (no así las mujeres) murmuran sobre él y le dirigen comentarios alusivos: «La cosa llegó a tal extremo que, en cuanto se reunían dos, yo era el tercero del cual se hablaba. La verdad es que el aire debió espesarse tanto con mi nombre que hasta hubiera podido ensacarlo».

              Pensó en tirarse a las vías del tren para terminar, de una vez por todas, con su amargura y su culpa pero no lo hizo por cobardía.

              Aunque es trasladado a otro pueblo en su calidad de maestro, la autorreferencia mórbida ya no le va a abandonar jamás porque las «habladurías» que apuntaban al corazón de sus prácticas de bestialismo le acompañaban allá donde iba.

              Así es que, algunos años después, comenzó a planificar no sólo la venganza contra los habitantes y el pueblo de Mühlhausen sino el exterminio de su propia familia a la que consideraba también víctima de la degeneración que él mismo había heredado de su padre. Después, tenía pensado autoaniquilarse. Durante cinco años estuvo planificándolo y escribiéndolo precisamente en su Autobiografía. Nos indica con acierto José María, con su habitual perspicacia, que mientras estuvo escribiendo (también varias obras de teatro) el sujeto no pasó a la ejecución de su estudiado plan homicida.

              Pero, desgraciadamente, cuando terminó de escribir su Autobiografía, pasó al acto y puso en práctica todas aquellas fantasías incendiarias y asesinas con las que durante tanto tiempo se había regodeado su trastornada mente. Primero acuchilló a Anna, su mujer, y después a sus cuatro hijos (dos niños y dos niñas). A continuación, se trasladó (armado hasta los dientes) al pueblo que quería borrar de la memoria y del mapa: Mühlhausen, el pueblo al que consideraba causante de su desgracia. Una vez allí, cometió una verdadera escabechina: nueve muertos, once heridos, además de numerosas casas incendiadas. Unos valientes vecinos logran detenerlo e impedirle la ejecución del siguiente acto programado en su plan destructor: matar a toda la familia de su hermano (éste incluido) y morir abrasado entre las llamas del palacio de Ludwinsbug, al que tenía pensado prender fuego. 

              Es de reseñar que los vecinos, tras inmovilizarlo, le lincharon hasta darle por muerto, por lo que después hubo de amputársele el antebrazo izquierdo en el hospital donde fue trasladado.

              Una vez recuperado de las heridas derivadas de la brutal paliza que recibió por parte de los vecinos que sobrevivieron a la matanza, fue enviado a prisión. Pero posteriormente y merced al peritaje psiquiátrico al que le sometió el Dr. Robert Gaupp, fue declarado irresponsable de sus actos criminales por padecer una enfermedad mental (paranoia) y fue ingresado de por vida en el manicomio de Winnental. A todo esto, el maestro Wagner se mostraba encolerizado con su psiquiatra y contra esta resolución del Tribunal porque él sí se consideraba responsable de todos y cada uno de sus actos criminales, de los cuales no se sentía, por otro lado, en absoluto culpable sino orgulloso, por considerar que la masacre que había realizado era nada menos que «la obra de su vida». Aunque se denominaba a sí mismo «el salvador de los justos» y el «ángel exterminador» pedía con vehemencia ser ajusticiado en el patíbulo de inmediato y que no se le ingresara en un manicomio.

              Será en el manicomio de Winnental donde, bastante tiempo después (una década más o menos), este maestro asesino y pirómano comenzará en verdad a delirar. En contra de la opinión mantenida por Gaupp en su monografía, José María nos dice que «Wagner no trenzó ningún delirio sistematizado hasta mucho tiempo después de su paso al acto. Más que de un delirio sistematizado, se trataba de la planificación meticulosa y sistemática de sus crímenes. Quizás, de haberse entregado a la edificación de un delirio de este tipo, el acto criminal se hubiera pospuesto indefinidamente».

              Un buen día cayó en sus manos una obra del dramaturgo austro-checo Franz Werfel. De inmediato, encontró en su lectura demasiados paralelismos con una obra dramática que él había escrito y se le reveló la certeza delirante de haber sido plagiado por dicho escritor, que, para más inri, era judío. Como Wagner tenía la idea megalomaníaca de ser «el más grande dramaturgo contemporáneo» se puso a la ardua y meticulosa tarea de purificar la lengua alemana de influencias judías. A partir de entonces, con la edificación (ahora sí) del delirio de ser plagiado y el abandono por completo de la autorreferencia mórbida, Wagner encontró una templanza de la que anteriormente había carecido y su psicosis se estabilizó hasta el final de sus días.

              En el último párrafo de este estudio, escribe José María Álvarez: «Wagner nos interroga y guía acerca de las relaciones entre la paranoia y la melancolía, la inocencia, la culpa y la indignidad; nos alecciona sobre la diferencia entre la certeza delirante y el trabajo de elaboración del delirio; nos ilumina en lo tocante a la responsabilidad subjetiva y a la valía del delirio frente al paso al acto, es decir, de la creación frente al crimen. Wagner fue también un criminal, y como tal nos aproxima al horror y la ruindad de la condición humana, a esa historia de la infamia que es también parte de nuestra historia».

¿QUÉ FUE DE LA PARANOIA?

              El tercer estudio que cierra el apartado III del libro, titulado «¿Qué fue de la paranoia?» es, en realidad, una extensa monografía sobre la paranoia de 77 páginas que, a mi entender, José María comenzó a escribir allá por los primeros años de la década de los 90, cuando compuso su tesis doctoral «La psicosis paranoica en la clínica psiquiátrica franco-alemana (1800-1932)» en la Universidad Autónoma de Barcelona y que con el transcurso de los años ha ido ampliando, puliendo y replanteando. Su nervio principal lo constituye el cómo, a través de las diversas épocas y escuelas psiquiátricas, hasta la misma actualidad, la paranoia ha constituido la excepción al modelo médico de las enfermedades mentales. Les aconsejo que lo lean y también, como complemento, el capítulo segundo de su libro La invención de las enfermedades mentales, titulado «La paranoia: entre la locura y la nosología de las enfermedades mentales». No se sentirán defraudados porque la apasionada y elegante escritura de nuestro compañero, maestro y amigo José María Álvarez a buen seguro que les atrapará.

***Intervención realizada durante la presentación de la tercera edición reescrita y ampliada del libro del Dr. José Mª Álvarez «Estudios sobre la psicosis» en la sala de conferencias del Hotel Meliá Recoletos de Valladolid. Auspiciada por la Sede en Castilla y León de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) y la Biblioteca de Orientación Lacaniana (EOL) de Castilla y León. Publicada en «Análisis. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León», Nº 30. Diciembre de 2015.