Calle Los Soldados, 20 2ºC 34001 Palencia

MIEDO, ANGUSTIA Y ANSIEDAD


             El miedo es una reacción ante un peligro concreto y conocido que lo justifica; es, pues, un mecanismo de defensa propio de los seres vivientes, del mundo animal. Sin embargo, en la ansiedad y en la angustia hay un miedo sin saber a qué, un temor inexplicable de algo que no se puede definir pero que flota sobre el sujeto y que, en ocasiones, aparece en lo real, desorganizando su cuerpo y su mente. Esto es algo propio del animal humano.
              El objeto de la angustia se nos presenta como impreciso. El gran filósofo Soren Kierkegaard decía en su libro «El concepto de la angustia» que ella es, ante todo, la posibilidad de un riesgo que todavía no se precisa respecto de qué cosa es y qué consecuencias puede tener. También decía que la angustia era «el vértigo de la libertad».

              Angustia y ansiedad se suelen usar como sinónimos. Ambos términos derivan de «anxius» y «angor»: estrechez (por las sensaciones que tiene el sujeto de angostura a nivel del tórax y del abdomen). Algunos autores prefieren utilizar el término «angustia» para denominar las alteraciones somáticas y «ansiedad» para su correlato psíquico («angustia intelectual», «angustia existencial» o «angustia flotante»).

              Debido a la cualidad altamente subjetiva de la angustia, es muy difícil de relatar de un modo objetivo. La naturaleza de dicha experiencia se describe, dificultosamente, mediante la enumeración de una serie de síntomas somáticos y psíquicos que la acompañan. Porque para ser verdaderamente entendida, para tener una idea de qué se trata, la angustia debe, sobre todo, ser sentida. No obstante, he aquí un pequeño catálogo general de sus manifestaciones sintomáticas, dando por supuesto que a cada sujeto le afectará de modo diferente, es decir, uno por uno.


                                           ALTERACIONES SOMÁTICAS


1- Síntomas respiratorios: Ante todo la «disnea» (dificultad para respirar), con sensación de falta de aire, de «hambre de aire», que va desde la respiración suspirosa a la crisis asmatiforme. La respiración se hace rápida y profunda (taquipnea, hipernea o hiperventilación). Este aumento de la oxigenación produce, a su vez, un déficit de anhídrido carbónico en la sangre (hipocapnia) que va a dar como resultado el que se presenten hormigueos y adormecimientos (sensación de acorchamiento) en las manos, en las extremidades superiores y a los lados de la boca. También zumbidos en la cabeza y visión turbia (como a través de nubes), así como una sensación vertiginosa especial que se suele llamar «mareo». El temor a marearse y caer se suele acompañar del temor a que los demás vean al sujeto en tal estado de debilidad y abatimiento, en un estado de total desamparo. 

          Por esto que antes explicaba, si a una persona que tiene este trastorno de hiperventilación le administramos oxígeno, lo empeoramos aún más. Para parar este «mecanismo diábolico» ―así lo adjetivó una paciente mía― que se retroalimenta a sí mismo (ya que los síntomas fisiológicos derivados de la hiperventilación angustian aún más al sujeto), lo más adecuado es volver a respirar en una bolsa de plástico el propio aire exhalado (que contiene CO2). Se pueden observar también accesos de tos, de hipo, bostezos repetidos y crisis disfónicas o incluso afonías súbitas.

2- Síntomas cardiovasculares: Son las crisis de palpitaciones, taquicardia e incluso pequeñas arritmias y algún extrasístole. Dolores precordiales (en el pecho) descritos como sensaciones de quemazón, punzadas y constricciones, que se pueden irradiar hacia el hombro, brazo izquierdo y epigastrio, evocadoras de un infarto de miocardio (que suele llevar al sujeto con frecuencia al servicio de urgencias médicas y posteriormente, al cardiólogo). A menudo la aceleración del ritmo cardíaco se acompaña de una sensación de vacío dentro del pecho y de latidos en las sienes y en el cuello. Hay también fenómenos vasomotores que producen que manos y pies se sientan fríos y sudorosos. Oleadas de calor y de escalofríos por todo o parte del cuerpo. El pánico puede llegar a ser tan intenso que el sujeto puede llegar a desplomarse, incapaz de sostenerse de pie (lipotimia y síncope).

3- Síntomas digestivos: Son la constricción faríngea y el llamado «bolo esofágico», los espasmos gástricos e intestinales, acompañados de dolores lancinantes o constrictivos. Otras veces se siente un vacío a nivel epigástrico que los anglosajones llaman «mariposas en el estómago». También puede haber crisis de náuseas y vómitos, diarrea, tenesmo rectal o pujos anorrectales, sequedad de boca o bien ptialismo (secreción excesiva de saliva), crisis de hambre o de sed paroxísticas. En ocasiones, el estado ansioso provoca que el sujeto aumente el número de degluciones, con lo que tragará más aire del normal (aerofagia) que, posteriormente, se manifestará en eruptos reiterados o en el trastorno conocido como «cólico de gases».

4- Síntomas urinarios: Tenesmo vesical, que puede alcanzar el grado de incontinencia urinaria, poliuria (orinar más cantidad de la normal) y polaquiuria (orinar muchas veces).

5- Síntomas neuromusculares: temblores, fasciculaciones faciales (particularmente en los músculos de los párpados), mioclonias, y crisis dolorosas pseudoreumáticas. Es frecuente la tensión muscular en el cuello y en la espalda, que produce contracturas dolorosas.

6- Síntomas sensitivosensoriales y cutáneos: Diversas cenestesias, crisis de prurito (picor), zumbidos de oídos, visión nublada o visión de moscas volantes; cefaleas con sensación de presión en las zonas frontal y/o occipital. También se describen sensaciones de tener la cabeza vacía o demasiado llena, con la impresión que va a estallar.

Por último, la angustia tiene una cualidad, llamémosla «impelente»: El sujeto siente que tiene que hacer algo: correr, esconderse, gritar, llorar o huir, aunque lo que debe hacer o dónde debe ir se encuentre tan mal definido para él como la razón de su súbito terror.

Si el ataque de angustia se produce cuando el sujeto está durmiendo, provocando el despertar («pavor o terror nocturno»), es muy frecuente que, en adelante, se produzca un insomnio secundario, pues el sujeto ya se acuesta en la cama con el temor a que se le vuelva a repetir tan desagradable experiencia.


                                                  ELEMENTOS PSÍQUICOS

La angustia crea y mantiene una serie de sentimientos paralizadores y pesimistas en un estado mental que suele describirse como de obnubilación, de confusión, de incapacidad de concentración. Es vivida como una pesadilla, como algo «irreal» que puede llegar hasta el sentimiento de despersonalización. En las crisis agudas es frecuente el temor a perder el control de sí mismo (enloquecer) o la sensación de que la muerte es inminente, es decir, la posibilidad de la disolución y aniquilación de la vida psíquica o del cuerpo.

              Os voy a leer a continuación dos fragmentos del libro Diario de invierno, del escritor Paul Auster, un texto autobiográfico, donde el autor define los ataques de pánico que le han acompañado a lo largo de su vida como «la expresión de una huida mental, la fuerza que surge espontáneamente en tu interior cuando te sientes atrapado, cuando no puede soportarse la verdad, cuando resulta imposible afrontar la injusticia de esa verdad ineludible, y por lo tanto la única respuesta es la fuga, desconectar la mente transformándote en un cuerpo jadeante, crispado, delirante».

              La descripción de un ataque de angustia, de localización abdominal, que padece a los 24 años de edad, tras romper la relación con su novia, es la siguiente:

              «En cuanto a tu novia y a ti, el experimento de vida conyugal había sido una especie de decepción, y al volver de tu temporada en la marina mercante y empezar los preparativos para el viaje a París, decidisteis conjuntamente que el idilio se había agotado y que harías solo el viaje. Unas dos semanas antes de la fecha de partida prevista, se te rebeló el estómago una noche, y te asaltaron unos dolores de vientre tan severos, unos espasmos tan angustiosos, tan implacables mientras yacías encogido en la cama, que tenías la impresión de haber cenado una olla de alambre de espino. La única explicación plausible era que se te hubiese perforado el apéndice, por lo que pensabas que tendrían que operar de inmediato. Eran las dos de la madrugada. Llegaste tambaleándote a la sala de urgencias del hospital de St. Luke, esperaste un par de horas en el sufrimiento más absoluto, y entonces, cuando al fin te reconoció un médico, afirmó con toda seguridad que a tu apéndice no le pasaba nada. [...]  Sólo más adelante, muchos años después, entendiste lo que te había pasado. Estabas asustado: tenías miedo, pero sin saberlo. La perspectiva de desarraigo te había producido un estado de extrema ansiedad [...] Querías ir a París solo, pero en buena medida te aterrorizaba ese cambio radical, y por eso se te descompuso el estómago y empezó a partirte en dos. Ésa ha sido la historia de tu vida. Siempre que llegas a una encrucijada en el camino, se te destroza el organismo, porque tu cuerpo siempre ha sabido lo que tu intelecto desconocía, y sea cual sea la forma que elija para descomponerse, tu cuerpo siempre es la zona más afectada por tus miedos y batallas interiores, y acusa los golpes que tu mente no puede o no quiere encajar».

              El segundo fragmento que os quiero leer es el de un ataque de pánico que sufre el autor, a los 55 años de edad, dos días después de la muerte de su madre, a la que no había llorado:

              «Ya estás despierto, completamente cansado, exhausto pero más alerta aún, y en tu cabeza hay un zumbido que antes no estaba, un ruido grave y metálico, un bisbiseo, un runrún, como procedente de una radio fuera de sintonía [...] El ataque empieza simultáneamente por dentro y por fuera, una súbita sensación de presión procedente del aire que te rodea, como si una fuerza invisible intentara clavarte al suelo con silla y todo, pero al mismo tiempo una tremenda impresión de liviandad en la cabeza, un vertiginoso repiqueteo contra las paredes del cráneo, mientras el exterior continúa todo el tiempo presionando sobre ti, a pesar de que el interior se desocupa, haciéndose aún más oscuro y vacío, como si estuvieras a punto de desmayarte. Entonces se te acelera el pulso, sientes que el corazón te va a reventar en el pecho, y un momento después no te queda aire en los pulmones, ya no puedes respirar. Entonces es cuando el pánico se apodera de ti, cuando tu cuerpo se apaga y caes al suelo. Tendido de espaldas, sientes cómo la sangre deja de fluir por tus venas, y poco a poco tus brazos y piernas se vuelven de cemento. Entonces es cuando empiezas a aullar. Ahora eres de piedra, y mientras yaces en el suelo, rígido, la boca abierta, incapaz de moverse y pensar, gritas de terror mientras esperas que tu cuerpo se ahogue en las profundas y negras aguas de la muerte. No podías llorar. Eras incapaz de mostrar tu aflicción de la forma en que suele hacerlo la gente, de modo que tu cuerpo se desmoronó y sintió tu pena por ti».   

              Lo que se pone en juego en la angustia es la existencia misma y la significación que ésta tiene o ha tenido para el sujeto. No es nada extraño que el sujeto, a partir de una experiencia de angustia, haga un balance de lo que su vida, de lo que su existencia, ha sido para él. Por eso Kierkegaard llamó a la angustia «la atalaya de la vida humana», porque sobre ella, el sujeto se vería forzado a preguntarse sobre sí mismo y sobre la vida que ha llevado hasta ese momento. La angustia es un buen motivo para que nos pongamos en contacto con un/a psicoanalista, precisamente para poder hablar sobre ella, para intentar integrarla dentro de nuestra particular historia de sujetos deseantes y sexuados, de sujetos prometidos a la muerte.

              Pero no ocurre siempre así. Las más de las veces se acude a los servicios de salud para que sea erradicada de nuestra vida mediante el recurso al medicamento ansiolítico. Con respecto a este tema, el del uso y el abuso de ansiolíticos ―sobre el cual disertó la semana pasada mi colega, el doctor Roberto Martínez de Benito en esta misma sala― mi posición particular es que éstos son de utilidad siempre que se usen para atemperarla, para disminuir su intensidad, y, de este modo, poder así hablar mejor y más serenamente sobre ella. El objetivo sería franquearla, pero no erradicarla por completo (es de cajón que sólo los cadáveres no padecen de ansiedad) porque la angustia puede ser un faro, además muy preciso, para el sujeto, si éste se muestra abierto a aprender a guiarse por ella. Para la teoría psicoanalítica cuando se produce la emergencia de la angustia es que el objeto de la pulsión está cercano.

       La sobrecarga que la angustia produce en nuestro sistema de salud es inmensa. Se ha cuantificado que hasta un 25% de las consultas que se producen en Atención Primaria tienen que ver con algunos de los síntomas que ésta produce y que os he citado anteriormente. Luego, están las innumerables (y muchas veces costosas) pruebas complementarias y la visita a los más variados especialistas, así como un aumento creciente de las incapacidades laborales por su causa.


                            LA ANGUSTIA EN SIGMUD FREUD Y JACQUES LACAN


                                                         SIGMUD  FREUD 

              En dos textos escritos en 1894 y publicados un año después («Obsesiones y fobias, su mecanismo psíquico y su etiología» y «La neurastenia y la neurosis de angustia»), Freud sostiene que la angustia era debida a una transformación de la libido sexual al no haber sido ésta suficientemente descargada por otras vías. Se trataba, pues, de la manifestación de una descarga libidinal. También escribe y publica en 1895 «Crítica de la neurosis de angustia», donde defiende sus teorías frente a las criticas vertidas por L. Loewenfeld en su libro Patología y terapia de la neurastenia.

              En 1919 Freud escribe y publica «Lo siniestro» (también traducido como «Lo ominoso»), un término próximo a lo espantable, a lo espeluznante, a lo demoníaco, y coincide con lo angustiante en general. Para Freud, «lo siniestro sería todo lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado». Lo angustioso sería algo reprimido que retorna. Tomando como argumento el cuento de E.T.A. Hoffman ―a quien Freud consideraba como el maestro de lo siniestro en la Literatura― «El hombre de la arena», trata sobre los factores con los que se vincula la angustia infantil: la soledad, el silencio y la oscuridad. Esta angustia infantil jamás se extingue en los seres humanos y permanece en un estado latente, pronta a manifestarse cuando aparece en la realidad algo que recordaría demasiado directamente lo más íntimo y familiar, pero también lo más reprimido en el sujeto.             

              En 1926, en su texto «Inhibición, síntoma y angustia», se le impone la idea de que la angustia era una reacción a una situación traumática, una experiencia de desamparo ante una acumulación de excitación psíquica que el sujeto se ve incapaz de descargar. Estos traumas psíquicos son propiciados por situaciones de peligro que el sujeto ha ido viviendo a lo largo de su existencia: en primer lugar el trauma del nacimiento (aquí se apoya Freud en las teorías de Otto Rank expuestas en su libro titulado «El trauma del nacimiento») que es el prototipo de la angustia más primigenia. Después, la pérdida de la madre, la separación de la madre en el curso del destete. También y sobre todo, la pérdida del amor y la angustia de castración. Freud distingue en esta obra una «angustia automática» en la que el estado angustioso surge directamente de una situación traumática y la «angustia como señal», que es reproducida de un modo activo por el Yo para alertar sobre una situación de peligro, un peligro pulsional proveniente del Ello que el sujeto desconoce al pertenecer éste al orden inconsciente.


                                                         JACQUES  LACAN


              En su primera enseñanza, Lacan relaciona la angustia con la amenaza de fragmentación a la que se enfrenta el sujeto en el llamado estadio del espejo. Durante este estadio el infante (infans, «el que no habla» pues sucede entre los 6 y los 18 meses de edad) observa su reflejo en el espejo, su imagen virtual, como un todo, como una unidad. Esto lo llena de júbilo. Sin embargo, en contraste con lo que ve al otro lado del espejo (una imagen completa de sí), siente, percibe, en el lado de acá del espejo, su propio cuerpo como dividido y fragmentado, pues a esta edad carece aún de coordinación motriz debida a la prematuridad de su sistema nervioso (ausencia de mielinización), prematuridad que es específica del animal humano. 

              La angustia provocada en el infante por esa sensación de fragmentación es la que lo va a impulsar a identificarse con su imagen virtual especular. Esto conlleva a que se forme el Yo, que en su esencia es imaginario (representa la superficie del cuerpo, decía Freud). Sin embargo, este Yo sintético alcanzado tras esta fase del espejo se verá, en adelante, amenazado de modo continuo por el recuerdo (inconsciente) de esa sensación de fragmentación como se pone de manifiesto en diversos sueños y fantasías donde aparecen «imágenes de castración, de eviración, de mutilación, de desmembramiento, de dislocación, de destripamiento, de devoración y de reventamiento del cuerpo» (Lacan, «La agresividad en psicoanálisis»). Pero en un sentido más general, el cuerpo fragmentado no designa sólo las imágenes del cuerpo físico, sino cualquier sensación de falta de unidad que amenace esa ilusión de síntesis y unidad «ortopédica» en la que se ha constituido el Yo.  

              También vincula la angustia al miedo a ser absorbido por una madre devoradora. Aquí hay una gran diferencia con Freud: mientras éste postulaba que una de las causas de la angustia era la separación con respecto a la madre, Lacan sostiene que lo que induce angustia es precisamente la falta de esa separación.

              A partir de 1954, Lacan comienza a articular cada vez más la angustia con su concepto de lo real, un elemento traumático que permanece fuera de la simbolización y con el cual no hay mediación posible. En su Seminario «El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica» nos dice de este real que es "el objeto esencial que ya no es un objeto sino este algo ante el cual todas las palabras cesan y todas las categorías fallan, el objeto de angustia por excelencia".

              Dos años después, en su Seminario «La relación de objeto», Lacan va a seguir desarrollando su teoría de la angustia en su conexión con la fobia. Sostiene que la angustia es el peligro radical que el sujeto intenta evitar a cualquier precio y que las diversas formaciones subjetivas, desde las fobias hasta el fetichismo (la perversión más pura) pasando por todas las formaciones neuróticas, son protecciones, parapetos, contra la angustia. Una fobia es preferible a la angustia. La fobia, con un objeto o una situación particular reemplaza a la angustia (que no está enfocada a ningún objeto particular sino que gira en torno a una ausencia y por eso es más terrible aún). Un modo de defenderse de la angustia informe que surge del interior de uno mismo es la de darle una forma que pueda situarse en lo exterior y, de este modo, mantenerla alejada de sí.

              En su análisis del «Caso Juanito» presentado por Freud en su texto «Análisis de la fobia de un niño de cinco años» Lacan opina (al contrario de Freud) que la fobia a los caballos del niño Juanito no era debida a la amenaza de castración por parte del padre, al que el caballo representaría, sino a la ausencia de una intervención castradora (separadora) en las relaciones que este niño mantenía con su madre. La fobia representaba el sustituto de esa intervención que no fue realizada. Dice Lacan que el origen de la angustia en Juanito (que en realidad se llamaba Herbert Graf) no era la separación con respecto a su madre sino, precisamente, al revés: era el fracaso de esa separación. En consecuencia, la castración (simbólica) lejos de ser la fuente principal de la angustia (como opinaba Freud) es lo que le salva al sujeto de ella.

              Más adelante, en el Seminario «La transferencia» (1960-61), Lacan va a subrayar la relación de la angustia con el deseo. Propone que la angustia es un modo de sostener el deseo cuando el objeto está ausente y, a la inversa, el deseo es un remedio para la angustia, algo más fácil de soportar que la angustia misma. También sostiene que la fuente de la angustia no siempre está en el interior del sujeto, sino que a menudo proviene de otro, es decir, que la angustia es transmisible, y por consiguiente, contagiosa.

              Finalmente, a lo largo de su Seminario de 1962- 63, titulado expresamente «La angustia», Lacan va a trazar varios caminos y conceptos nuevos que intentaré resumir a continuación.

              En primer lugar afirma que la angustia es un afecto, no una emoción, y que es el único afecto que está más allá de toda duda, que no es engañoso, tal y como podría serlo el amor.

              Sostiene, además, contra la opinión de Freud que decía que la angustia no tenía objeto (salvo en la fobia), que sí, que la angustia no es sin objeto. Lo que sucede es que el objeto del que se trata es un objeto muy especial y de una naturaleza diferente a la de los demás objetos: lo llamó objeto a, un objeto no simbolizable ni cuantificable (escapa al significante) ni tampoco imaginable. Es un objeto irrepresentable, que no puede ser significado y, por lo tanto, pertenece al campo de lo real. Por consiguiente, la angustia es una señal de lo real que produce, en un primer momento, una petrificación, una fijeza enigmática y, posteriormente, una perturbación en las certidumbres fantasmáticas sobre las que el sujeto se venía sosteniendo en el mundo. El sujeto en la angustia se encuentra privado de su subjetividad. Deja de ser sujeto para ser objeto (de la angustia). De ahí parte su profunda sensación de encontrarse desamparado. Tan desamparado y desvalido como cuando vino al mundo sin que él lo pidiera, atrapado desde el inicio en el deseo del Otro.

              Para que un sujeto pueda ser deseante, nos dice Lacan, es necesario que un objeto causa de su deseo pueda faltarle. Si ese objeto (que en realidad es un vacío, una hiancia, un agujero que pasa a estar encarnado por diversos soportes a nivel pulsional del cuerpo) llega a no faltar, sino que de pronto aparece, nos encontramos precipitados, como sujetos, a una situación de inquietante extrañeza, tal y como lo propuso Freud en su texto «Lo siniestro». Es entonces cuando surge la angustia.

              Cuando en un sujeto no está preservado el lugar de la falta (que es la causante del deseo), su imagen especular, habitualmente «atornillada» al espejo, se desprende y como en el relato El Horla, de Guy de Maupassant (un cuento angustioso), se convierte en la imagen de un doble autónomo y sin anclaje, fuente de terror y de angustia.

              Así es que para Lacan, en este Seminario, la angustia no es señal de una falta sino la manifestación, para el sujeto, de la ausencia de esa falta que es indispensable para seguir deseando. Porque, a diferencia de lo que Freud pensaba, en el destete, en la pérdida del seno en el lactante, lo que angustia no es la falta misma sino que ese seno sea invasivo con su omnipresencia, que no haya ninguna posibilidad de su ausencia. Si la simbolización primaria se produce, precisamente, en las ausencias de la madre, su continua presencia va a ser un lastre, como sucede en la anorexia nerviosa «verdadera» (para distinguirla de la anorexia nerviosa «histérica» o neurótica) donde no se produce dicha simbolización o ésta se presenta gravemente alterada.

              La angustia es, pues, lo que no engaña. La angustia es una espantosa certidumbre; es, a la vez, lo que nos mira y lo que vela nuestra mirada como pudo comprobar Sergueï Konstantinovich Pankejeff, el famoso paciente de Freud ―conocido como «el Hombre de los Lobos» y al que este año estamos dedicando el Curso del Seminario del Campo Freudiano de Castilla y León―, cuando en su sueño de angustia (en la noche previa a su cuarto cumpleaños) pudo verla en los ojos de aquellos lobos o perros ovejeros inmóviles, encaramados a un árbol, que lo miraban fijamente a través del marco de la ventana de su habitación.

              La angustia es lo que nos deja dependiendo del deseo del Otro, confrontados a él, sin palabra alguna, fuera de toda simbolización.


                                            BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA


― Auster, P. Diario de invierno. Anagrama, Barcelona, 2012.

― Brun, R. Teoría general de las neurosis, Segunda Parte, lección 6, apartado b («La neurosis de angustia»), pp. 100-111, Siglo XXI Editores. México D. F., 1968.

― De Maupassant, G. El Horla y otros cuentos fantásticos. Alianza Editorial, Biblioteca de fantasía y terror. Madrid, 2005.

― Ey, H; Bernard, P; Brisset Ch. Tratado de Psiquiatría. Sección II, capítulo III («Neurosis de angustia»), pp. 433-447, Toray-Masson, Barcelona, 1969.

― Freedman, A. M.; H. I. Kaplan; B. J. Sadock.Tratado de Psiquiatría. Tomo I, capítulo 21, apartado 1 («Neurosis de ansiedad»), pp. 1339-1350, Salvat Editores, Barcelona, 1982.

― Freud, S. «Obsesiones y fobias». Obras Completas, tomo I, pp. 178- 182. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972

― Freud, S. «La neurastenia y la neurosis de angustia». Obras Completas, tomo I, pp. 183-198. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.

― Freud, S. «Crítica de la neurosis de angustia». Obras Completas, tomo I, pp. 199-208. Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.

― Freud, S. «Análisis de la fobia de un niño de cinco años ('caso Juanito’)». Obras Completas, tomo IV, pp. 1365-1440, Biblioteca Nueva, Madrid, 1972.

― Freud, S. «Lo siniestro». Obras Completas, tomo VII, pp. 2483-2505. Biblioteca Nueva. Madrid, 1974.

― Freud, S. «Inhibición, síntoma y angustia». Obras Completas, tomo VIII, pp. 2833- 2883. Biblioteca Nueva, Madrid, 1974.

― Hoffman, E.T.A. «El hombre de la arena». Cuentos 1, pp. 57-92, Alianza Editorial, Madrid, 1985.

― Kierkegaard, S. El concepto de la angustia. Ediciones Guadarrama, Barcelona, 1985.

― Lacan, J. «El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica». Escritos I, pp. 86-93,  Siglo XXI Editores, México D. F., 1984.

― Lacan, J. «La agresividad en psicoanálisis». Escritos I , pp. 94-116, Siglo XXI, México D.F., 1984.

― Lacan, J. El Seminario de Jacques Lacan. Libro II: El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica. Editorial Paidós, Barcelona, 1983.

― Lacan, J. El Seminario de Jacques Lacan. Libro IV: La relación de objeto. Paidós Ibérica, Barcelona, 1994.

― Lacan, J. El Seminario de Jacques Lacan. Libro VIII: La transferencia. Paidós, Buenos Aires, 2003.

― Lacan, J. El Seminario de Jacques Lacan. Libro X: La angustia. Paidós, Buenos Aires, 2006.

― Rank, O. El trauma del nacimiento. Paidós Ibérica, Barcelona, 1985.

― Rof Carballo, J. Teoría y práctica psicosomática. Capítulos I («Ansiedad») y II («Hiperventilación»), pp. 15-41, Biblioteca de Psicología Desclée de Brouwer, Bilbao, 1984.

― Vallejo Ruiloba, J. y otros. Introducción a la psicopatología y la psiquiatría. Capítulo 21 («Neurosis de angustia»), pp. 429-443, Salvat Editores, Barcelona, 1985.

― VV. AA. Medicina Psicosomática. Parte IV, apartado 3 («Trastornos afectivos y de la ansiedad en la clínica médica»), pp. 164-173. Ediciones Doyma, Barcelona, 1988. 


*** Lección impartida el 21 de enero de 2015 para el Cursus del Seminario del Campo Freudiano (SCF) de Castilla y León, con la colaboración de la Universidad de Valladolid. Campus de Palencia. Palacio de los Aguado Pardo-Casa Junco. Publicado en «Análisis. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León» nº 31. Diciembre de 2016.