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LOS EFECTOS DEL PSICOANÁLISIS

PRESENTACIÓN DE LA XIII JORNADA DE LA ELP-CL: «LOS EFECTOS DEL PSICOANÁLISIS» EN PALENCIA

Buenas tardes. Procuraré ser lo más breve posible dado lo apretado del programa.

Así que me presento. Me llamo Alfredo Cimiano y tengo a mi cargo en la actualidad la dirección de la Sede de la ELP (Escuela Lacaniana de Psicoanálisis) en nuestra Comunidad Autónoma de Castilla y León.

En nombre de todos los miembros y socios de nuestra Sede quiero darles a todos ustedes una cordial bienvenida y espero que disfruten de esta nuestra XIII Jornada: «Los efectos del psicoanálisis».

Como habrán podido leer en el reverso de la invitación que hemos realizado para este evento, tenemos a nuestras espaldas un recorrido histórico de una docena de años, durante los cuales hemos trabajado sin pausa —a veces con prisa— en el común deseo que nos une: llegar a extender algún día el psicoanálisis lacaniano por toda la geografía de esta nuestra Comunidad Autónoma, que es, por cierto, la región más extensa de Europa.

Nuestro esfuerzo durante todo este tiempo no ha sido baldío puesto que hoy en día podemos comprobar cómo una parte de su ciudadanía —no muy grande, eso es cierto, pero suficiente— sabe que el psicoanálisis sigue existiendo y operando como modo de tratar el sufrimiento psíquico y que no es algo obsoleto y ‘superado’, como cacarean sin cesar, siempre que pueden, sus acérrimos enemigos, sino algo actual y vivo que sigue interrogándonos acerca de las entrañas de lo que constituye nuestra condición de seres humanos, y por lo tanto, de seres hablados y hablantes, de seres mortales y sexuados.

Es para mí un honor y una satisfacción el poder celebrar esta XIII Jornada en el salón de actos de este Ilustre Colegio Oficial de Médicos, al cual pertenezco desde que ejerzo, o sea, desde hace treinta y cuatro años. Quiero darles las gracias tanto a su actual presidente (el doctor Jesús Pérez Melendro) como a su, también actual, secretario (el doctor Ángel Enrique González Menéndez) por las facilidades y el apoyo incondicional que nos han prestado para que esta Jornada se celebre hoy aquí, en nuestra ciudad de Palencia. 

También es para nosotros un motivo de alegría el que haya acudido a acompañarnos, desde Barcelona, haciendo un hueco en su apretada agenda y quitándose horas de sueño, la psicóloga clínica y doctora en psicoanálisis por la Universidad de París VII, Vincennes- Saint Denis, Lucía D’Angelo, a su vez Presidenta de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis del Campo Freudiano de España (ELP) que es una de las ocho Escuelas que conforman la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), a título de miembros institucionales,  a la cual nosotros, gozosamente, pertenecemos.

A continuación vamos a escuchar la lectura de veintidós textos (incluido el mío propio), veintidós testimonios sinceros —escritos con el corazón— de personas de nuestra Comunidad que hemos tenido contacto con la experiencia psicoanalítica, que tratamos, cada uno/a a nuestro modo, de explicar y de transmitir a la audiencia los efectos subjetivos que produjo en cada uno/a ese encuentro con  el psicoanálisis.

Esto es muy importante porque para nosotros/as, los/las psicoanalistas, no existe el ‘para todos’ sino el ‘uno por uno’. En mi experiencia profesional nunca (tanto como médico general, como psiquiatra o como psicoanalista), me he encontrado con dos personas iguales, aunque tuviesen igualitos cuerpos biológicos, por una cuestión de gemeralidad univitelina. Ni iguales han sido, también, los tratamientos. Todos han sido, por fortuna, en mi amplia experiencia profesional, diferentes.

El/la psicoanalista trata de escuchar (que no de oír; el oír y el escuchar son dos cosas diferentes, al igual que el ver y el mirar) al sujeto del lenguaje y la palabra que la gran mayoría de nosotros poseemos —hay una minoría que está desprovista de él a la que debemos cuidar entre todos y tratar con máximo respeto— y debe mostrarle el camino de la responsabilidad que tiene sobre sí mismo y sobre sus otros. El psicoanálisis incita a repensarse de nuevo, a abandonar viejas certidumbres e identificaciones, en ocasiones mortíferas, que marcan el destino de cada cual, a tener la valentía de volver a reescribir la propia historia, la historia verdadera de cada uno, la que de verdad importa, y declarar caducas —aunque no necesariamente falsas— todas aquellas historias, muchas de ellas ilusorias, que nos habían contado sobre nosotros mismos los demás, en especial aquellos que nos asistieron (y a los que debemos, por supuesto, dar las gracias por ello) en nuestra primera y segunda infancia. Pero las madres y los padres suelen decir muchas mentiras, que, obviamente, los hijos y las hijas se las creen.

El psicoanálisis trata de abrir los ojos del sujeto, de quitarle la venda fantasmática, para que deje de mirar la paja en el ojo ajeno y se enfrente, aunque sea con angustia, a la viga que porta en el suyo propio.

El psicoanálisis invita al sujeto del lenguaje y la palabra a que haga un esfuerzo por salir del espejismo en el que le tiene abismado el neoconvertido capitalismo —el capitalismo financiero— en su despiadada y perversa versión actual y le advierte contra las falsas promesas de felicidad que, de continuo, le mete por los ojos y le susurra al oído la mercadotecnia de la tecno-ciencia y sus infinitos objetos, listos para usar y tirar.

El psicoanálisis nos enseña que existe un agujero central e irreparable en la constitución misma de nuestro ser y que este agujero jamás podrá ser colmado por ningún tipo de objeto y/o ideología, ni por ninguna otra persona. Y que ese vacío constitutivo no debe ser, sin más, rechazado porque es, muy precisamente, el origen y el motor de nuestro deseo. Si lo rechazamos sobreviene la depresión, significante éste muy actual. En todos los sitios no se habla más que de ella.

El psicoanálisis intenta liberar la palabra del sujeto, que está amordazado por la tiranía del gélido dato diagnóstico y estadístico, del dato epidemiológico, el cual parece —solo a primera vista— que lo explica todo, incluso la supuesta ‘normalidad’ y el supuesto, también, completo «estado de salud bio-psico-social» que ha venido pregonando la OMS con todo descaro, hasta bien hace poco —qué alarde de fatuidad—, mientras millones y millones de seres humanos se morían de hambre, de sed y de miseria (y de guerras provocadas por los poderes brutales de la ‘geopolítica’), en un mundo del cual, en general, por supuesto que no todos, somos actualmente los humanos occidentales una excepción. 

El psicoanálisis, finalmente, afirma que el Amo moderno, el amo estadístico, el amo burocrático, el que todo lo intenta controlar, el que rotula cuál es lo normal y cuál no; y que señala, cuenta y segrega a quienes no entran o se apartan de ella (de la normalidad me refiero) a aquellos/as que están mal situados en la santa curva de Gauss. Ese Amo no podrá nunca dar cuenta del sujeto único, singular e irrepetible que se encuentra encarnado en cada uno/a de nosotros/as. Como dijo ese gran poeta del sonido, llamado Caetano Veloso: «Visto de cerca nadie es normal».

Gracias por la escucha que me han prestado. Declaro, pues, inaugurada esta Jornada.


MI TESTIMONIO PERSONAL (REESCRITO Y AMPLIADO): «DE LA PSIQUIATRÍA AL FONENDO Y RETORNO»

            Cuando abandoné el aula donde me había examinado de Patología Quirúrgica III —el postrero examen que me quedaba para finalizar mis estudios de Licenciatura— al pasar por el vestíbulo de la Facultad, en el tablón de anuncios, leí que se ofrecían dos plazas para médicos internos residentes de psiquiatría en el Centro Asistencial San Juan de Dios de Palencia.

             Su lectura me llenó de alegría pues el deseo de ser psiquiatra había acompañado mis largos (seis) e intensos (no repetí ningún curso) años de estudios universitarios. Ese deseo, junto con el intenso amor que sentía por una mujer —con la cual en cuanto nos fue posible contrajimos  esponsales, por la Santa Madre Iglesia, por supuesto, porque en aquellos tiempos no existían los matrimonios civiles; aquellos que sois más jóvenes ya no padecéis esa imagen, archirrepetida por el NO-DO, del Generalísimo Francisco Franco Baamonde (la férrea bota militar) paseado bajo el arrogante y vanidoso palio del poder sobre las almas de la Iglesia Católica Española—, me había sostenido en los momentos de desfallecimiento y de angustia, en los tiempos de incertidumbre, en los desgarros inevitables que sufre todo joven estudiante universitario. Yo, por mi parte, también la sostuve a ella en sus roturas mentales. Digamos que nos sostuvimos recíprocamente. Con el amor entre medias. El amor y el odio, lo supe después, gracias a Lacan, son (casi) siempre recíprocos y las dos caras de una misma moneda, como la diosa Juno. Lacan añadió una tercera pasión humana, primordial, al amor y al odio: la ignorancia.

             Llamé por teléfono y concerté una entrevista para el día siguiente con el director del Centro. Durante la misma le comenté que aún no era licenciado del todo, que todavía no sabía el resultado de algunos exámenes y que, precisamente, el día anterior me había examinado de la Patología Quirúrgica III.

            A la pregunta suya del porqué quería dedicarme a trabajar con enfermos mentales, le dije que no lo sabía pero que desde siempre, desde pequeño, me habían atraído todas las cuestiones que tuvieran que ver con la esfera mental. Le conté que siendo estudiante de Preuniversitario un psiquiatra —el doctor Honorio San Juan—, amigo de mis padres, me había enseñado la técnica de la hipnosis, hipnotizándome a mí mismo una noche, y que luego había leído muchos libros y practicado con amigos, conocidos y otras personas que querían que yo les hipnotizase. Que había ido mejorando la técnica, pero que mi favorita seguía siendo el método de fijación de la mirada que comenzaba con un: «mírame o míreme a los ojos fijamente», claro, según quien fuera la persona que intentaba hipnotizar. Y que la quería practicar como profesional, no como un simple aficionado con amigos o conocidos. Así que había elegido solicitar el puesto para intentar, también mediante el hipnotismo, intentar curar a los locos. 

También le dije que siempre fui estudioso. Que había sacado sobresaliente en Psicología Médica con un libro de cabecera que nos recomendó el catedrático, aparte de las clases que impartía: "El médico y el enfermo", de Pedro Laín Entralgo. Y que también obtuve la misma calificación en la asignatura de Psiquiatría con la "Introducción a la Psiquiatría" de Vallejo-Nágera, pero, como me parecía poco, también estudié el "Tratado de Psiquiatría", de Henry Ey, que el catedrático había recomendado como libro de perfeccionamiento. En este momento, recuerdo, el director abrió los ojos como platos. 

             También le dije, después, que había leído una parte considerable de las Obras Completas de Sigmund Freud y de Gregorio Marañón (al que admiraba y sigo admirando) y que había comprado, recientemente, el "Manual de Psiquiatría", de Hans Jörg y el de "Psicopatología General", de Karl Jaspers, aunque aún no me había dado tiempo de leerlos dado lo apretado que estaba con las demás asignaturas. Que todo eso para mí estaba muy bien pero era teoría, que yo lo que sabía practicar, y creía que bien, era el hipnotismo.

             Al despedirnos, el director (el doctor Alejandro Del Riego), tras la entrevista, me sonrió, algo socarronamente, y dándome varias cariñosas palmadas en los hombros, me dijo que, aunque tenía metidos muchos pájaros en la cabeza, si aprobaba todo, por él me aceptaban para ocupar el puesto.

             Aprobé todo —la Patología Quirúrgica III por los pelos—, me aceptaron en el puesto y ahí comenzó mi trabajo como médico alienista. Después de algunos intentos fallidos para hipnotizar a los ingresados (ninguno se dejaba, claro, porque en su mayoría eran dementes, oligofrénicos profundos y psicóticos que, para más inri, eran crónicos), tomé la determinación de rendirme; aunque no del todo porque intenté, en alguna ocasión, la hipnosis química mediante la administración de pequeñas dosis de pentotal sódico intravenoso sin que obtuviera resultados tangibles. Me rendí del todo y atravesé un largo periodo de confusión y de intenso desánimo. 

             No obstante he de decir, en mi descargo, que tuve al menos un éxito. Lo contaré: estando de guardia una tarde fui requerido, urgentemente, para ir al «pabellón de epilépticos» (‘Padre Faustino Calvo’) y el ataque epiléptico que presencié —que ya era el segundo— y que, por supuesto, atendí médicamente, para que el sujeto no entrase en un «Status epilépticus» que en ocasiones llegaba a causar la muerte, me dejó con la mosca tras la oreja (siempre tuve lo que se llamaba antes un buen ‘ojo clínico’ y había ya presenciado bastantes ataques epilépticos). Ya había estudiado y sabía, en teoría, de la existencia del trastorno mental conocido como «histero-epilepsia» porque había estudiado a J. M. Charcot y a S. Freud (que también comenzó, durante bastante tiempo, más del que se viene diciendo por sus hagiógrafos oficiales, practicando la hipnosis, así como la electroterapia y los masajes como método curativo).

             Al día siguiente le conté lo sucedido al Dr. Carmelo Tovar (estaba en ese año rotando de residente con él) y le propuse hacer un diagnóstico diferencial: si lograba provocarle el ataque epiléptico mediante sugestión es que no era un epiléptico verdadero sino un histérico. Accedió encantado (nos queríamos y respetábamos mucho el uno al otro). El enfermo fue llamado al despacho y por el método de la fijación de la mirada, lo hipnoticé allí mismo y le provoqué un ataque ‘epiléptico’ (epileptoide más bien) de tres pares de narices (un eufemismo, por no decir otra palabra más gruesa).

             He de decir que en esos años, aprovechando épocas vacacionales y por mi cuenta (los Hermanos de San Juan de Dios no me subvencionaron nada, a pesar de pedírselo, incluso por escrito) realicé primero el Curso Oficial de Grado Básico de Sofrología Médica en Madrid y después el Grado Superior en Barcelona, en el Instituto «Alfonso Caycedo» de la Escuela Internacional de Sofrología Médica. La Sofrología combina la hipnosis —que yo tan bien conocía— con técnicas provenientes del budismo, hata-yoga y zen. Un verdadero galimatías. Aunque tengo el título de Sofrólogo, nunca lo practiqué con nadie. Ni lo he puesto nunca en ningún currículum. Me decepcionó. 

             Quisiera decir que nunca más he intentado hipnotizar a nadie, sino a escucharle, como hizo Freud. Cuando me lo han pedido, también en mi consulta particular de Palencia, siempre me he negado. Por cierto que el relato que publico en mis Escritos ("El profesor Giuseppe Lombardi"), es todo un tratado sobre el método de sugestión hipnótica. El que esté interesado en el asunto, que lo lea. 

              Mientras releía lo que anteriormente he escrito, he recordado que practiqué una sesión multitudinaria (recreativa, no con afán de curar a nadie) de hipnotismo en el tercer campamento "Sherpa" al que acudí, en Rebanal de las Llantas (en el norte de Palencia), a más de mil metros de altitud.  El primer día de campamento cada uno se ponía un apodo por el que, después, era conocido, no por su nombre propio. El apodo que se puso un chico lo recuerdo: "Vendaval" (y vaya si lo era) y una chica dijo llamarse "Cruella de Bil". Yo siempre me autodenominaba "Galeno" y les explicaba que me iba a hacer cargo de su salud durante el tiempo que pasáramos juntos. Siempre me acompañaba mi esposa de enfermera. La cuestión es que el director ("Kefalé") les dijo un día que yo hipnotizaba. Durante los catorce días que duró la experiencia campamental, a la semana, además de atenderlos médicamente, pues yo en mi tarea de médico rural también ejercía de pediatra (y de Practicante) y los atendía, creo que bastante bien, me empezaron a decir: ¡Galeno, hipnotízame! ¡Galeno, yo quiero que me hipnotices! Sobre todo los "Rumbos", los adolescentes y algún "Chispa", algo más joven; los "Cachitos", los más pequeños, bastante tenían con venir a quejarse de que les dolía la barriga o la cabeza o a llorar acordándose de sus papás. Así dándome la murga una y otra vez. Un cuarto de los acampados/as me lo pidió. Quien sepa algo del asunto, se dará cuenta que lo tenía "chupado". 

             Así es que el último día en torno al fuego, como todas las noches en las que no llovía, nos reuníamos por última vez. Esa noche la luna era nueva y no había ninguna nube. Se podía contemplar la Vía Láctea (que por cierto se formó cuando Heracles-Hércules, muy bestia él ya desde pequeñín, le dio un mordisco en el pezón a Hera, su madre, cuando le estaba amamantando: la leche derramada al retirarse ésta se expandió por todo el Universo) en todos su misterioso esplendor. No había ninguna contaminación lumínica. Marte y Júpiter parecían más grandes de lo habitual. Los/as chicos/as estaban sumamente emcionados/as, salvo los "enmadrados", porque al día siguiente venían sus padres por ellos. No querían separarse, las chicas lloraban, algunos chicos también. Se abrazaban. Todos, uno a uno se juraban amor eterno. Se besaban púdica e, incluso, impúdicamente. Era emocionante. Yo, de joven, no pasé nunca por esa experiencia y tuve la suerte de pasarla a los treinta y dos años por primera vez. 

             El caso es que comenzaron a pedirme: ¡Galeno, hiptotízanos! ¡Galeno, hipnotízanos!, todo/as medio histéricos/as. Y accedí. Pedí voluntarios y se apuntaron a la experiencia veintitantos, más chicas que chicos. Después de las primeras sugestiones, de pie, descarté a seis o siete de ello/as, que se tomaban la experiencia hipnótica a cachondeo. Con los/as demás seguí. Les pedí que se sentaran, en círculo, tranquilamente, alrededor de las llamas chisporroteantes. Los hipnoticé no con el método de fijación de la mirada, sino mirando fijamente las llamas de aquel último fuego campamental. Una vez hipnotizados (se sabe si un sujeto está hipnotizado observando el temblor, fino, de sus párpados cuando entra en "trance"; a cuatro o cinco de ellos/as les dije, susurrándoselo en la oreja, que estaban fingiendo, aunque tuviesen los párpados cerrados, pero que no importaba, que siguiesen así). Les sugerí lo que se llaman "emociones positivas": paz, alegría, buen ánimo, tranquilidad, fraternidad, amor, felicidad y suerte en el futuro. Aunque como había muchos espectadores expectantes, que esperaban algo más, les hice pasar a continuación (a los/as pobres) un intenso frío en la helada estepa siberiana (alguno tiritó y hubo que abrigarlo con mantas) y calor en el desierto del Sahara (una chica llegó a medio desnudarse) y les suguerí liviandad corporal y viajes astrales que vivieron con gran intensidad, según me contaron después. Una pega. Cuando los desipnoticé, una chica no despertaba del sueño hipnótico a pesar de intentarlo por dos veces (como la señorita Milagros de mi relato "El profesor Giuseppe Lombardi"). Así que pedí que me trajesen un cubo de agua. Comencé a decirla: "Cuando yo cuente tres..., óyeme bien, estoy aquí contigo..., te llegará una enorme ola que viene... ¡del océano!... y te mojará la cabeza...; entonces, te despertarás y te sentirás muy contenta de haber pasado por esta experiencia..." Y comencé, pausada y monótamente, a contar: "Ahora cuento uno... ahora cuento dos... y ahora... ahora... ahora... ¡cuento tres! ¡Ahí viene la ola...!" Volqué sobre su cabeza el agua y se despertó riendo a carcajadas. Luego se abrazó a mí y comenzó a llorar. La abracé también, la mesé los húmedos cabellos, que ya le estaban secando con una toalla, y la besé mientras la decía: ¡Lo has hecho bien..., muy bien! Se llamaba Fátima y se había puesto el sobrenombre de "luciérnaga". Una chica estupenda, muy guapa y noble. Ahora será una señora menopáusica o casi.

             Esta fue mi última experiencia de hipnotizador, lo juro.

             Cuando, tras estar cuatro años de médico interno, me nombraron médico adjunto de psiquiatría, dejé de hacer guardias (había realizado 366) y pasé a tener un horario de  trabajo más reducido y con un mejor sueldo. Como me sobraba tiempo, me puriempleé: logré obtener un puesto de Médico Titular de APD (Asistencia Pública Domiciliaria) en un pequeño pueblo del Cerrato palentino (Villamediana).

             Aquel nuevo trabajo (que compatibilizaba con el del hospital psiquiátrico) me gustaba. Allí sí que curaba de verdad y no en el manicomio donde no me hacía caso ni Dios. Me aficioné a escuchar con el fonendoscopio, qué aparato tan sencillo pero qué interesante. Lo inventó en 1816 un médico francés llamado René Laënnec para auscultar a una mujer que poseía unos senos que tenían un volumen fuera de lo común. Hasta ese momento la auscultación se venía realizando mediante la aplicación directa de la oreja del médico sobre el pecho del enfermo, pero como el doctor Laënnec era un sujeto muy pudoroso inventó ese aparato —al que llamó estetoscopio— para evitar poner sus pabellones auriculares sobre tan exuberantes senos. Durante mi época del internado psiquiátrico, en los días de guardia, pues él acudía por las tardes, el médico internista del Centro, que también era cirujano (el doctor Alfonso del Val), una persona que quería enseñar, y yo quería aprender, me había mostrado el arte de la exploración clínica médica como nunca me lo enseñaron en las "prácticas" de la Facultad: inspección, palpación, percusión y sobre todo, la auscultación mediante el fonendoscopio. Con él se podía escuchar cómo funciona por dentro el cuerpo humano, ¡qué maravilla! Practiqué bastante con el ‘fonendo’ en la sección de tuberculosos que poseía el Pabellón de ‘San Rafael’ —apodado el «Pabellón de Finales». 

             Allí vi morir, ante mis sobrecogidos ojos, a un paciente de una hemoptisis aguda fulminante. Por cierto, este hombre me había dado en mano unos escritos donde explicaba que el asesinato múltiple que cometió (con las monjas, en un sanatorio antituberculoso), y por el cual se hallaba, de por vida, ingresado en los manicomios, fue debido a que experimentaron con él, sin su consentimiento, como si fuera una cobaya, un nuevo fármaco antituberculoso que nunca apareció en el mercado farmacéutico después. Yo siempre creí su versión de los hechos, y si alguna vez encuentro estos manuscritos, entre los muchos papeles que tengo acumulados, los daré a conocer. Lo prometo.

             En los pulmones se podía escuchar el “murmullo vesicular” normal, que si no se apreciaba, mal asunto (condensación neumónica); los estertores sibilantes y crepitantes (bronquitis aguda) y los frotes pleurales (pleuritis); en el corazón los tonos sistólico y diastólico de sus cuatro válvulas —mitral, tricuspídea, aórtica y pulmonar— y sus “soplos” en caso de patología de las mismas, así como roces pericárdicos y extrapericárdicos; en el aparato digestivo el esófago, tras que el paciente bebiese un trago de agua (el “glu-glú” era un signo clínico malo pues significaba que existía una estrechez esofágica), así como los ruidos del bazuqueo gástrico y borborigmos —ruidos hidro-aéreos cuya ausencia expresaba la existencia de una obstrucción intestinal.

             En aquellos tiempos el fonendoscopio era, en mi labor de médico general, una de mis herramientas diagnósticas principales. Me hace mucha gracia cuando en los hospitales actuales, algunos médicos (para señalarse como médicos) lo llevan colgado, como las señoras (para señalarse como señoras) los collares. Pero en su mayoría no saben usarlo. Un testimonio: cuando estuve una vez ingresado por una diverticulitis aguda (también conocida como ‘apendicitis izquierda’), observé cómo el médico auscultaba a mi compañero de habitación —que, por cierto, murió por una negligencia médica y yo animé a su viuda a que presentase una reclamación judicial, que terminó ganando— con el camisón por el medio (como en algunas películas). Ya sé que no lo necesitan (el auscultar) porque la tecno-ciencia ha avanzado mucho y hay infinidad de aparatos para diagnosticar: la simple radiografía, sin ir más lejos, o la ecografía y todo el arsenal que vino después. Pero en su mayoría los médicos hospitalarios, no digo todos, por supuesto, lo portan como si fuese un objeto fetiche.  

             Un afortunado día, decidí abandonar el Sanatorio Psiquiátrico, del que estaba ya muy harto (nunca valí para ejercer el oficio de cancerbero, palabra derivada de Kérberos, el fiero perro de tres cabezas que guardaba la entrada al inframundo, propiedad de Hades, el dios de los muertos, que era lo que hacía en última instancia ante mi propia conciencia) y pedir una excedencia voluntaria —el 31 de diciembre de 1981— que no fue muy comprendida tanto por mi familia como por mis compañeros de entonces. No obstante, yo estaba convencido de que era lo mejor para mí. Qué razón —pensaba— tenía el director del manicomio cuando me entrevistó por vez primera: tenía muchos pájaros en la cabeza y poco a poco, los pobres, se habían ido muriendo uno tras otro.

             No obstante, tengo que decir que en mi paso por el manicomio aprendí mucho sobre las psicosis.

             Pasé página con la sensación de haberme quitado una pesada losa de encima pero en lo más profundo de mi alma ardía un penoso sentimiento de fracaso, de haber sido un gilipollas, un verdadero retrasado mental que no había entendido nada de nada. Como venía leyendo a Freud, desde hacía bastantes años, pensé entonces en haber acudido a un psicoanalista para intentar aclarar las ideas y conocer en lo más profundo de mi ser todo lo que me había sucedido ya que, en verdad, el contacto con lo real de la locura de los demás había desatado la mía propia. Pero sólo se quedó en eso, en un pensamiento. 

             Dos años más tarde recibí un correo certificado notificándome, por parte de la Gerencia del hospital, mi derecho laboral a volver a reincorporarme a mi puesto de trabajo dado que éste había quedado vacante. Fue entonces cuando me enteré con espanto que mi colega, quien ocupó mi puesto durante ese tiempo de excedencia y que había sido mi amigo mientras trabajé en el Sanatorio, se había suicidado de un tiro con el revólver de su padre fallecido. Se me concedían diez días hábiles para aceptar o no el volver otra vez.

             Fueron diez días de enormes dudas, de una angustia brutal, de un insomnio pertinaz, pese a la autoadministración de todo tipo de fármacos, Incluyendo neurolépticos (‘Sinogán’), de un marasmo psíquico total. En el décimo día hábil contesté que no me reincorporaba, que no quería más, que no podía. Y decidí consultar con premura a un psicoanalista, que resultó ser 'lacaniano' (argentino de nacimiento, madrileño de adopción), Armando Ingala, que ostentaba el cargo de director del CEPYP (Centro de Estudios Psicoanalíticos y Psicoterapéuticos) y donde me formé también teóricamente.

            Esa consulta fue providencial para mí, así como las siguientes. Sentía que me escuchaba de verdad porque no me interrumpía, ni me enjuiciaba, cuando se me ocurrían las mayores insensateces y desvaríos. Por eso confié en él y al poco inicié una experiencia psicoanalítica que fue muy fructífera, tanto para mí como, creo, que para aquellos que yo tanto quería (mi esposa y mi pequeño hijo), así como para quien nacería años después (mi hija). También me abandonó, por fortuna, durante el análisis, una cefalea crónica que me venía amargando la vida desde que padecí, en mi época adolescente, una sinusitis frontal bilateral recidivante.

             Pero, sobre todo, cambió de modo radical mi manera de ser (acepté la castración, simbólica por supuesto) y de estar en el mundo, así como mi modo de percibir y de sentir a los demás.

             Fui poco a poco abandonando el fonendo (con esto no quiero decir que no lo usase si lo consideraba necesario) y empleaba el tiempo en escuchar a mis pacientes —tenía muy poca ‘presión asistencial’ y me lo podía permitir— con tanta paciencia como la que mi psicoanalista tenía cuando me escuchaba a mí. Más tarde aprendí, gracias al análisis, no sólo a escuchar sino también a leer en lo que escuchaba.

              Ése fue un gran paso. En mi consultorio de médico rural aprendí bastante sobre los demás; en el diván de mi psicoanalista aprendí bastante sobre mí. Luego fui consintiendo, no sin angustia, que naciesen de nuevo pájaros en mi cabeza, así que me dije que quería ser otra vez psiquiatra y también, y sobre todo, psicoanalista. Abrí por mi cuenta y riesgo una consulta particular en la ciudad de Palencia (compatibilizándola con mi trabajo de médico rural) y tras permanecer unos pocos años laborando en los dos sitios decidí, finalmente, decir adiós al fonendoscopio y pedir una excedencia voluntaria por intereses particulares en mi sitio de funcionario del grupo A del Cuerpo de Médicos Titulares del Estado de APD.

              De esto último hace ya veinte años. Desde entonces ha llovido bastante y han habido algunas sequías serias; algunos de los pájaros que nacieron en el transcurso de mi análisis fallecieron, digamos que de muerte natural, pero aún me quedan otros a los que procuro cuidar porque de mi experiencia psicoanalítica obtuve una revelación vital: sin ellos, sin mis pájaros, no sería capaz de sostenerme en este mundo tan complicado y cambiante al que un lejano día fui arrojado sin que nadie pidiera mi consentimiento. Sus trinos dan alegría a mi vida y me alivian el dolor y la angustia de existir.  

*** Ambos textos fueron publicados, en lugares diferentes, en «ANÁLISIS. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León», número 19. Enero de 2010.