Calle Los Soldados, 20 2ºC 34001 Palencia

LAS DOS AUTOBIOGRAFÍAS DE LOUIS ALTHUSER


                                                   INTRODUCCIÓN


              Tras el fallecimiento, el 22 de octubre de 1990 —a los 72 años de edad— del conocido pensador y filósofo estructuralista y marxista francés Louis Althusser, a causa de un infarto de miocardio, se encontraron cuidadosamente guardados en sus archivos dos textos autobiográficos. Su sobrino y heredero, FrançoisBoddaert, hijo de su única hermana —Georgette Boddaert— decidió su publicación como primer volumen de la edición póstuma de una gran cantidad de textos inéditos que se hallaron tras su muerte, ya que el filósofo fue un prolífico escritor del cual fue divulgada, en vida, solamente una pequeña parte de su producción filosófica y literaria.


               Ambas autobiografías fueron traducidas y publicadas en castellano por Ediciones Destino en 1992. La primera, que él había titulado Les faits (Los hechos), fue escrita —en su versión definitiva— en el segundo semestre de 1976 y la segunda, que llevaba el título de L´avenir dure longtemps (ha sido traducida al castellano como El porvenir es largo), fue redactada desde últimos de marzo a principios de mayo de 1985. Estas dos autobiografías fueron conocidas sólo por un reducido número de personas pertenecientes al círculo más íntimo del sujeto, a quienes se las había dado a leer en diversas circunstancias, pero siempre estando él de cuerpo presente, es decir, no permitiendo sacarlas de su despacho. 

              Gracias a su publicación, este círculo de lectores se ha ampliado a todos aquellos que hayan tenido la curiosidad de acercarse a ellas, entre los que me cuento. Mi interés ha sido aún mayor por cuanto el autor me era conocido desde mi primera época de estudiante universitario en la Facultad de Medicina de Valladolid. Recuerdo que sus famosos «Aparatos Ideológicos del Estado» (A.I.E.) —esos instrumentos y prácticas de control que un Sistema cultural y económico tiene para sobrevivir, defenderse y perpetuarse, y que no siempre son represivos sino que también sirven para cohesionar a sujetos y formaciones sociales— era un frecuente tema de conversación en ciertos ambientes universitarios españoles antifranquistas que, por entonces, creían ser los herederos patrios de la reciente revuelta estudiantil francesa, acaecida en mayo de 1968. 

              Por otro lado, durante lo que se ha venido en llamar «La Transición», tras la muerte del Generalísimo Francisco Franco, Louis Althusser estuvo en España y pronunció —por primera vez fuera de su país— el 26 de marzo de 1976, una conferencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Granada, titulada «La transformación de la Filosofía», ante nada menos que cinco mil personas y posteriormente —el 5 de abril— otra en el aula magna de la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, lugar donde congregó a tres mil personas que acudieron a escucharlo. Tal afluencia de público en ambas conferencias les dará a ustedes una precisa idea de la gran capacidad de convocatoria que tenía este filósofo entre los intelectuales progresistas de entonces. En ambos lugares, y para no faltar a la larga tradición que le envolvía, cosechó tanto fervorosos aplausos como sonoros abucheos, tal había sido y era su sino de filósofo polémico, cuyo discurso y cuyos textos a nadie dejaban indiferente. 

              Ambas autobiografías, como antes les indiqué, fueron escritas en un intervalo temporal de nueve años, en el transcurso de dos encrucijadas biográficas dispares. La primera —que consta de 99 páginas— fue escrita al año siguiente de la muerte de su padre, año en el que, además de ser nombrado Secretario de la Escuela Normal Superior de París, también contrajo matrimonio con Hélène Rytmann, tras veintinueve años de habitual convivencia (bastante tormentosa) con ella. La segunda está redactada cinco años después de que estrangulase a ésta durante un trágico pasaje al acto de su patología mental, es mucho más extensa —consta de 354 páginas— y completa sobradamente a la anterior. 

              Trataré, sin ánimo de ser exhaustivo debido a lo extenso del texto (son 453 páginas en total), de entresacar aquellos párrafos que, en mi opinión, puedan resultar más interesantes para intentar realizar una aproximación, lo más cercana posible, al mundo subjetivo que habitaba el filósofo. En razón del tiempo que tengo asignado para mi intervención —más o menos una hora— esta cronología se detendrá tras su primer ingreso psiquiátrico (en el año 1947) o en términos clínicos: me ceñiré primero al período prepsicótico de su trastorno mental y abordaré, después, las circunstancias el desencadenamiento de su locura maníaco–depresiva.


SUS PADRES Y SU NOMBRE PROPIO

              Su madre (Lucienne Berger) había contraído matrimonio —en febrero de 1918— con Charles Althusser, once años mayor que ella y hermano de su prometido (Louis Althusser), el cual había muerto en los cielos de Verdún a principios de 1917, durante la Primera Guerra Mundial, mientras tripulaba un aeroplano en el que participaba como observador del Ejército francés. Charles Althusser la propuso, tras comunicarla el fatal desenlace, «ocupar junto a ella el puesto de Louis» (p. 54), su hermano menor, y ella lo aceptó. Cuando nació su primer hijo, el 16 de octubre de 1918, fue bautizado con el nombre de Louis (nombre del ausente tío paterno) al que, lógicamente, se le añadió el apellido de Althusser. De esta manera, su madre pudo realizar un deseo de recuperación del fallecido en lo real de su genitura: ya estaba allí otra vez su prometido, Louis Althusser, y precisamente nacido de su vientre.

              Estas coordenadas significantes que pudieran parecernos a primera vista anecdóticas, sin embargo —según nos señalará el sujeto en sus autobiografías— fueron precisamente aquéllas que fraguaron la urdimbre simbólica inicial donde debió organizarse su ser; fueron las líneas maestras de un discurso que le precedía y que tejió la trama familiar que le aguardaba en el momento de su llegada al mundo.

              En la primera autobiografía (Los hechos) llama poderosamente la atención su comienzo: «Ya que soy yo quien lo ha organizado todo, mejor será que me presente sin demora. Me llamo Pierre Berger. No es cierto. Así se llamaba mi abuelo materno […] Nací a la edad de cuatro años en la casa forestal del Bois de Boulogne, en los cerros de Argel» (p. 383). 

               Aunque sea mediante una denegación («Me llamo Pierre Berger. No es cierto.») el autor nos indica, en el mismísimo inicio del texto autobiográfico, que él es otro —no Louis Althusser—, que rechaza, por consiguiente, su nombre y su apellido. 

              Más adelante nos referirá que también usaba ese mismo nombre en la escuela primaria (p. 109) y sabemos —por su biógrafo Yann Moulier Boutang— que en el examen de Licenciatura lo único que no supo responder fue cuando le preguntaron su nombre y apellidos y también que, al final de su ajetreada vida, estampó el nombre de Pierre Berger en la entrada de la puerta del apartamento que habitaba en el número 8 de la calle Lucien–Levenne. 

              Por otro lado, también nos cuenta en estas autobiografías que su madre, al enviudar, tomó rápidamente el nombre de soltera, liberándose del Althusser (pp. 133 y 185). Y que su hermana Georgette —que también enfermó de melancolía tras haber alumbrado a su único hijo—, aunque se divorció, permaneció manteniendo el apellido de su exmarido —Boddaert— con tal de no volver a portar el de Althusser (p. 179). Se puede apreciar, en lo que anteriormente les he relatado, que existía, tanto en la madre como en sus dos hijos, un radical rechazo del nombre del padre, del patronímico, encarnado en el significante Althusser.


              Respecto de su nombre propio, jugando con las homofonías de la lengua francesa, nos relata lo siguiente: «Cuando vine al mundo, me bautizaron con el nombre de Louis. Lo sé demasiado bien. Louis: un nombre que, durante mucho tiempo, me ha provocado literalmente horror. Me parecía demasiado corto […] y acababa en un agudo que me hería —véase más adelante la «fantasía de la estaca»—. Sin duda decía también demasiado en mi lugar: oui, y me sublevaba contra aquel ‘sí’ que era el ‘sí’ al deseo de mi madre, no al mío. Y en especial significaba: lui, este pronombre de tercera persona, que, sonando como la llamada de un tercero anónimo, me despojaba de toda personalidad propia, y aludía a aquel hombre tras de mí. Lui, era Louis, mi tío, a quien mi madre amaba, no a mí» (p. 57). 

              Quisiera indicarles que el «fantasma de la estaca», al que el filósofo hace referencia, data de la época de sus estudios secundarios y es el siguiente: «En clase nos estaban explicando entonces las Cruzadas, con los pueblos saqueados e incendiados, con sus habitantes pasados a cuchillo: la sangre corría en los arroyos de las calles. También empalaban a un buen número de naturales del lugar. Yo me imaginaba siempre a uno, reposando sin ningún apoyo sobre el palo que se hunde lentamente por el ano hasta el interior del vientre y hasta su corazón y sólo entonces moría en medio de atroces sufrimientos. Su sangre resbalaba por el palo y por sus piernas hasta el suelo. ¡Qué terror! Era a mí a quien atravesaban entonces con el palo (quizás por culpa de aquel Louis muerto que siempre estaba detrás de mí)» (pp. 66–67). Una de las figuras del Otro perseguidor, que goza causándole una muerte tan terrible, se dibuja, con mediana claridad, tras esta macabra fantasía de adolescencia que nos narra el filósofo. 


SU OPINIÓN SOBRE SUS PADRES

              Veamos, a continuación, algunos párrafos dedicados a sus padres.     Respecto de su madre nos dice lo siguiente: «Mi madre era masoquista y en consecuencia, terriblemente sádica, tanto en la relación con mi padre que había ocupado el puesto de Louis (y por tanto formaba parte de su muerte), como en relación a mí (puesto que ella no podía sino desear mi muerte) […] Ante este doloroso horror, yo debía sentir sin cesar una inmensa angustia sin fondo, así como la compulsión a dedicarme en cuerpo y alma a ella, de ofrecerme sacrificialmente a socorrerla para salvarme de una culpabilidad imaginaria y salvarla a ella de su martirio y de su marido, con la convicción inextirpable de que ésa era mi misión suprema y mi suprema razón de vivir […] Por añadidura, mi madre se consideraba arrojada, esta vez por su marido, en una soledad sin recurso posible, y conmigo en una soledad a dos» (pp. 56–57). «Mi madre tenía miedo de todo, de llegar tarde, miedo de no tener bastante dinero, miedo a las corrientes de aire (siempre tenía dolor de garganta, y yo también, hasta mi servicio militar en el que me aparté de su lado), un miedo intenso a los microbios y su contagio, miedo a la multitud y de su ruido, miedo de los vecinos, miedo de los accidentes en la calle y en cualquier parte, miedo a las malas compañías y a frecuentar gente dudosa y por encima de todo, miedo al sexo, al rapto y a la violación […] Sufría en mi cuerpo y en mi libertad la ley de las fobias de mi madre» (pp. 72–73). «Siempre he tenido la sensación de que habían dado mal las cartas y que no era a mí a quien quería ni a quien miraba siquiera […] Cuando me miraba, sin duda no era a mí a quien veía, sino a mis espaldas, en el infinito de un cielo imaginario para siempre jamás marcado por la muerte a otro, aquel otro Louis del que yo llevaba el nombre […] De esta manera me veía como atravesado por su mirada, yo desaparecía para mí en aquella mirada que me sobrevolaba para reunirse en la lejanía de la muerte con el rostro de un Louis que no era yo, que nunca sería yo […] En cualquier caso, desde la primera infancia, me correspondió el nombre de un hombre que no cesó de vivir con amor en la cabeza de mi madre: el nombre de un muerto” (pp. 75–76–77). «Estaba desgarrado, pero sin recursos contra el deseo de mi madre y mi desgarramiento» (p. 83). 

              Respecto de su padre, nos refiere que «era en el fondo muy autoritario […] Jamás tomó la mínima iniciativa por lo que se refería a nuestra casa ni a nuestra educación. En este terreno, mi madre tenía todos los poderes […] debo confesar, además, que yo había odiado a mi padre durante mucho tiempo por hacer sufrir a mi madre, lo que yo vivía como un martirio para ella y, en consecuencia, también para mí» (pp. 60–61). «Mi padre había prescrito y abandonado exclusivamente a mi madre el dominio del hogar […] No intervenía nunca —o muy rara vez— más que con breves tartamudeos, y únicamente para demostrar su mal humor. Por lo menos sabíamos que estaba furioso, pero nunca la razón […] A mi hermana y a mí nunca nos decía nada […] Alto y fuerte, sabía que guardaba en su armario el revólver de ordenanza y temblaba de que algún día pudiera utilizarlo […] Muy a menudo, durante la noche, mientras dormía emitía terribles aullidos de lobo a la caza o acorralado, ruidos interminables, de una violencia insostenible, que nos obligaban a meternos bajo la cama» (pp. 63–64). «¿Tuve verdaderamente un padre? Sin duda yo llevaba su apellido y él estaba allí. Pero en otro sentido, no. Porque nunca intervino en mi vida para orientarla lo más mínimo, nunca me inició en la suya, que habría podido servirme de introducción, por ejemplo, en la defensa física en las peleas de muchachos, y más tarde en la virilidad» (pp. 69–70). En Los hechos nos cuenta, además, que su madre «nunca le hablaba» (p. 394) y que la relación que mantenían sus progenitores entre sí era muy extraña pues «no se hablaban, no se decían nada que pudiera dar a entender que se querían» (p. 393).

              Tras estas confesiones que acabo de leerles, creo que no hay que ser un lince para observar tanto su extremada alienación al deseo materno, su masiva identificación con esa «madre mártir y sangrante como una herida» (p. 56), como su radical repudio de la posición de ese padre al que nos describe como autoritario, violento, ausente y distante. En su caso, la función paterna naufraga en su cometido de mediatizar, simbolizándola, la relación imaginaria especular que se establece originalmente entre el hijo y la madre. 

              Existiría, entonces, un fracaso en la «metáfora paterna» (Jacques Lacan), operación simbólica necesaria para que el hijo construya un adecuado espacio subjetivo: su propia individualidad y su identidad sexuada. A falta de esta operación significante, el sujeto se verá despojado de la vía que le daría el acceso a la posición viril y se mantiene entonces en la indeterminación sexuada, no sin mostrar una cierta inclinación transexualista (que J. Lacan llamó «empuje–a–la–mujer») que, en determinadas ocasiones, se detecta en la fenomenología clínica de la psicosis cuando ésta afecta a los varones. Nos cuenta Louis mientras comenta una fotografía suya de la infancia: «Ni siquiera era un chico, sino una débil niñita» (p. 80). Y más adelante: «No dejaba de querer volar al auxilio de mi madre como al auxilio de una verdadera mártir. No sé por qué consideraba como el peor de los suplicios el lavar los platos, por lo que me precipitaba a hacerlo en su lugar […] Me convertí muy a gusto en un auténtico hombrecito de la casa, una especie de hija remilgada y pálida. Sentía que tenía que faltarme algo por el lado de la virilidad. No era un muchacho y en cualquier caso no era un hombre, sino una mujer de su casa» (pp. 180–181).


ESTUDIOS PRIMARIOS, SECUNDARIOS E INGRESO EN LA E.N.S.

              Realizó sus estudios primarios en Argel, en un colegio especial para la colonia francesa, lugar donde recibió una educación católica que le marcaría indeleblemente. En 1930 trasladan a su padre (empleado de banco) a Marsella. Allí cursa, de modo brillante, los estudios de bachillerato en el instituto Saint–Charles, donde se convierte en cómplice inseparable de un compañero de clase, llamado Paul, que lo defiende de otro chico por el que se sentía «literalmente perseguido» (p. 113) pues —como anteriormente nos relató, y que él mismo articula a una ausencia de la función paterna— padecía un verdadero terror a pegarse, pues «sentía un miedo cerval a pelear físicamente: siempre el mismo miedo de ver mi cuerpo mermado. En realidad, nunca, ni una sola vez, me he peleado físicamente en mi vida» (p. 107). Con Paul mantendrá una relación apasionada, «de auténtico flechazo» (p. 113). Como este amigo, esta especie de doble especular que encuentra Louis, se enamorase de una chica, él también lo hace: «En adelante miré a aquella chica como si la amara y me entregué intensamente a aquel amor por poderes […] La belleza y el perfil de aquella chica me habían marcado para toda la vida; digo bien: para toda la vida» (pp. 116–117).

              Al final de este tiempo de estudios secundarios, le da clases un «gran profesor de letras: M. Richard […] un hombre de una suavidad y una delicadeza infinitas; también él un espíritu puro, indiferente a todas las tentaciones del cuerpo y de la materia, como la doble imagen recompuesta de mi madre y de mí mismo […] Interpreté con él el papel del hijo amoroso y dócil, considerándolo, pues, como un buen padre, porque yo mantenía respecto a él el papel del ‘padre del padre’ […] Manera de saldar paradójicamente mi relación con un padre ausente dándome un padre imaginario, pero comportándome como su propio padre» (p. 120). Esta posición subjetiva, sustentada en el orden imaginario, de ocupar ese lugar que él llama «el padre del padre» —e incluso «el padre de la madre» como veremos posteriormente— se va a repetir en adelante con sus futuros maestros, frente a los que desplegará una especularidad imaginaria mediante el recurso a lo que llama «mis artificios, la imitación de la voz, los gestos y la letra, los giros gramaticales y los tics de mi profesor, que me conferían no sólo el poder sobre él, sino una existencia para mí. En pocas palabras, una impostura fundamental, aquel parecer ser lo que yo no podía ser: esa falta de cuerpo no apropiado, y en consecuencia, de mi sexo […] Al no existir realmente, yo no era en la vida más que un ser de artificio, un ser de nada, un muerto que no podía llegar a querer y ser querido excepto mediante el rodeo de artificios e imposturas copiados de aquellos por los que deseaba ser querido y a los que intentaba querer al seducirlos» (pp. 120–121). Precisamente será este profesor «quien me convenció de que preparara más tarde el examen de ingreso en la École Normale Supérieure de París» (p. 120).

              En 1936 trasladan de nuevo a su padre —esta vez a Lyon— donde Louis ingresará en el Lycée du Parc para preparar ese examen de ingreso en la École Normale Supérieure. Dicha preparación duraba tres o cuatro años durante los que tuvo épocas de una desesperación profunda y prolongada, especialmente tras el traslado de su profesor favorito, el sacerdote Jean Guitton (quien llegó a ser consejero del papa Pablo VI), un personaje con el que, en adelante, mantendrá, hasta su muerte, un fuerte vínculo transferencial, ya sea de modo epistolar o bien llamándolo a su lado cuando se encontraba atravesando períodos de intenso sufrimiento mental. En julio y agosto de 1939 aprueba dicho examen de ingreso en esta prestigiosa y elitista Escuela. Al mes siguiente —en septiembre— es movilizado por el Ejército francés con un grupo de alumnos oficiales de la reserva de artillería, siendo hecho prisionero por los alemanes en Vannes, en el mes de junio de 1940.

EL CAUTIVERIO (1940-1945). SU PRIMERA MASTURBACIÓN Y LA PROBLEMÁTICA CONCERNIENTE A SU EXISTENCIA CORPORAL

              Durante cinco años va a permanecer cautivo en los campos de concentración nazis, donde escribirá otro texto que también ha sido publicado póstumamente: Journal de captivité (Diario de cautiverio). Allí, a pesar del hambre, de las enfermedades, de las bajas temperaturas, de los trabajos forzados y de la ausencia absoluta de libertad, nos dice que se encontraba como un pez en el agua: «En realidad debo reconocer que me instalé bastante bien en la cautividad (una verdadera comodidad, porque era seguridad verdadera bajo la guardia de los centinelas alemanes y las alambradas). No tenía ninguna preocupación por mis padres, y confieso que incluso encontré en aquella vida fraternal, entre auténticos hombres, motivos para soportarla como una vida fácil y feliz porque estaba bien protegida […] Allí me sentía seguro, protegido de todo peligro por la propia cautividad y nunca pensé seriamente en evadirme» (pp. 144–145). 

              Es de reseñar que, en el último período de su cautiverio, tuvo una noche, a la edad de veintisiete años, su primera experiencia sexual (una masturbación), la cual, nos señala que «desencadenó en mí una emoción tal que me desmayé» (p. 98).

              Quisiera señalar, tras esta revelación del filósofo, dos parágrafos de Jacques Lacan que nos podrán orientar acerca de la condición de su estructura subjetiva. 

              La primera de ellas se encuentra en la página 108 de su artículo Los complejos familiares en la formación del individuo, publicado en 1938 en la Enciclopedia Francesa. Dice así: «Si se puede distinguir alguna tara en el psiquismo antes de la psicosis, se la debe entrever en las propias fuentes de la vitalidad del sujeto, en el más radical pero también en el más secreto de sus ímpetus y de sus aversiones; en nuestra opinión, consideramos que se puede reconocer un signo singular de ello en el desgarro inefable que estos sujetos acusan espontáneamente por haber caracterizado a sus primeras efusiones genitales». 

              La segunda la encontrarán en la clase del 27 de marzo de 1957, correspondiente a su Seminario La relación de objeto y las estructuras freudianas. En referencia a la imposibilidad que se le presenta al sujeto psicótico de simbolizar el goce fálico, el goce del órgano peniano, debido a la carencia de la significación fálica, inducida por una ausencia del significante del Nombre–del–Padre en la construcción de su estructura psíquica (que él denominó forclusion), Lacan dice lo siguiente: «Hace mucho que insistí en el carácter devastador, muy especialmente en el paranoico, de la primera sensación orgásmica completa […] En determinados sujetos encontramos, constantemente, el testimonio del carácter de invasión desgarradora, de irrupción perturbadora, que presentó para ellos esta experiencia».

              Este antecedente clínico se aúna con la certeza que experimenta el sujeto de no poseer un cuerpo, problemática que también hayamos con regular frecuencia en el campo de la psicosis, por cuanto no se produce en ella lo que Sigmund Freud denominó «represión originaria» (Urverdrängung), represión que fundará la existencia del sujeto del inconsciente en el cuerpo real, el cual será recortado de este modo por el orden simbólico y sometido a la represión secundaria o represión propiamente dicha. Debido a la ausencia de ese significante primordial en el cuerpo de lo simbólico —que es el que hará en el ser viviente un cuerpo de sujeto— el cuerpo en la psicosis tendrá otro destino: es un organismo sin mediación simbólica, atrapado en lo imaginario, sin sujeto, desabonado del inconsciente, desencarnado, poseedor de un goce mortífero, de un goce inhumano y a la deriva, frente al cual cada sujeto psicótico, uno por uno, adoptará como defensa sus particulares estratagemas.

              Veamos el relato del filósofo: «¿A través de qué tenía yo acceso al mundo que me rodeaba cuando era niño, tan estrecho y repetitivo? ¿A través de qué podía relacionarme bien con el deseo de mi madre, introduciéndome en él? Pues como ella, es decir no por el contacto del cuerpo y de las manos, sino por la utilización exclusiva del ojo […] Era por tanto, el niño del ojo, sin contacto, sin cuerpo, porque es a través del cuerpo que pasa todo contacto. Como yo no me sentía ningún cuerpo, no tenía ni siquiera que guardarme del contacto con la materia de las cosas o del cuerpo de la gente, y sin duda era por esa razón por la que tenía un miedo atroz a pegarme […] o, una idea que no se me ocurrió nunca antes de los veintisiete años, masturbarme. Ahora bien, mi cuerpo deseaba profundamente tener una existencia propia» (pp. 284–285).

              Esa existencia corporal que anhela Louis será finalmente lograda gracias a la filosofía de Marx, «con un rodeo previo a través de Spinoza, Maquiavelo y Rousseau: fueron mi ‘camino real’ hacia él» (p. 289). Así, nos relata que «Cuando ‘encontré’ el marxismo me adherí a él por mi cuerpo […] En el marxismo, en la teoría marxista, encontraba un pensamiento que tenía en cuenta la primacía del cuerpo activo y trabajador sobre la conciencia pasiva y especulativa, y consideré aquella relación como el materialismo mismo. Me fascinó y me adherí sin ningún trabajo a esta visión que no era una revelación para mí porque era mi propio caudal» (pp. 287–288).

       Mediante este recurso al cuerpo teórico («corpus») del materialismo histórico, del materialismo dialéctico, logrará el filósofo alcanzar una posesión —sin duda deficitaria— de su propio cuerpo. Escribe: «Por fin era feliz en mi deseo, ser un cuerpo, existir antes de nada dentro de mi cuerpo, en la prueba material irrefutable que el cuerpo me daba de existir verdaderamente y al fin» (p. 287).


SALIDA DEL CAMPO DE CONCENTRACIÓN E HIPOCONDRÍA

              En mayo de 1945 es liberado del campo de concentración y se incorpora a su puesto en la École, pues recuerden que había aprobado el ingreso en ella seis años atrás. Paradójicamente, esta liberación le precipita en un estado depresivo ya que «yo no quería de ninguna manera escapar de aquella cautividad que me iba como un guante» (p. 147). Sufrió mucho al separarse de su amigo Robert Daël, «un hombre verdadero […] al abrigo de su protección me convertí en su consejero para todas las cosas, incluso en el consejero de sus audacias haciéndome así de nuevo el ‘padre del padre’ o más bien y al mismo tiempo el ‘padre de la madre’, como para resolver una vez más a mi manera la soledad y la contradicción de no haber tenido nunca ni una verdadera madre ni un verdadero padre. Me doy cuenta perfectamente de que estaba a mi manera muy ‘enamorado’ de él» (p. 146). 

              Tras la separación forzosa de este hombre, en la que «le hice jurar incluso que no se casaría nunca. Lo prometió, pero no me sirvió de nada, porque me dejó en mi desgracia» (p. 147), Louis no dejó de pensar, durante una larga temporada, de modo obsesivo en él.

              En el transcurso de este estado de abatimiento en el que se sentía «irremediablemente viejo y superado por todos los acontecimientos» (p. 151), le sobreviene un acceso hipocondríaco con matices delirantes. Se trataba de la certeza de padecer una enfermedad venérea, cuestión por la que consulta sucesivamente «a diez médicos militares que me encontraron sano, pero cada vez estaba persuadido de que me escondían algo» (p. 150). Más adelante nos dice: «Tenía la certeza de haber contraído una enfermedad sexual y por consiguiente, de no poder disponer nunca verdaderamente de mi sexo de hombre» (p. 182). Además, le angustiaba continuamente el temor de quedarse ciego por unas supuestas «moscas volantes» (p. 151). 

              El médico de la École, el doctor Étienne, a quien posteriormente también consulta sus padecimientos hipocondríacos, le ofrece su protección y le propone ocupar una pequeña habitación junto a la Enfermería, lugar que se convertirá en adelante en su vivienda habitual durante treinta y cuatro años, hasta el fatídico 16 de noviembre de 1980, día en el que estranguló a Hélène Rytmann, su mujer.

              De este modo, el filósofo encontró en la institución de la parisina de la calle de Ulm un refugio alternativo al que había constituido el campo de concentración, refugio cuya significación nos desoculta él mismo: «¿En qué se convirtió la École? Muy rápidamente debería decir desde el principio, en un verdadero ‘capullo’ materno, el lugar donde me encontraba cálido y en casa, protegido del exterior, donde no tenía que salir para ver a la gente, porque pasaban o venían, en especial cuando me hice conocido; en pocas palabras, también fue la sustitución de un medio materno, del líquido amniótico» (p. 218).

              En este parágrafo que les acabo de leer, el sujeto nos ofrece el testimonio de que permanece capturado en el interior del continente materno, no habiendo nacido a su propio espacio —y deseo— subjetivo, pues no ha sido eyectado de ese claustro correspondiente al espacio psíquico maternal originario; en ese lugar se encontrará a resguardo de la castración (simbólica), ya del todo imposible para él pues ab initio rechazó el significante paterno, ése que le hubiera permitido nacer al universo de lo simbólico.

Posteriormente, tras la eclosión de su psicosis maníaco–depresiva, los establecimientos psiquiátricos («la protección maternal del hospital» (p. 189) cumplirán esa misma función: la de procurarle un espacio protector ante los diversos embates que procura tanto la propia existencia como la relación con el mundo de los demás.


EL ENCUENTRO CON HÉLÈNE RYTMANN

              Durante este período de dolorosa incertidumbre subjetiva que estaba transitando «deseaba creerme enamorado de una chica, pero no podía soportar que ella se enamorara de mí. Antigua repulsión, como se puede ver. Entonces conocí a Hélène» (p. 153). Efectivamente, en diciembre de 1945 —y no de 1946 como nos cuenta en la autobiografía— conoce a Hélène Rytmann, ocho años mayor que él, quien había militado en la Resistencia contra los alemanes y donde, según apreciación de Louis, «había tenido incluso importantes responsabilidades militares (ella, una mujer, en aquella época había sido un hombre)» —p. 174—. Ésta descendía de una familia rusa judía ortodoxa que había emigrado a Francia; era huérfana y vivía tras la Guerra «en la miseria más negra» (p. 163). 

              Nuestro sujeto, en el preciso instante en que se la presenta su amigo Georges Lesèvre, advirtió en ella «un dolor y una soledad insondables […] A partir de aquel momento experimenté un deseo y una oblación exaltantes: salvarla, ayudarla a vivir». Desde entonces esa tarea oblativa se convertirá para él en «una misión suprema que no cesó de ser mi razón de ser hasta el último momento […] Imaginad aquel encuentro: dos seres en el colmo de la soledad y de la desesperación que, por azar, se encuentran cara a cara y que reconocen en cada uno de ellos la fraternidad de una misma angustia, de un mismo sufrimiento, de una misma soledad y de una misma espera desesperada» (p. 156). 

              Durante esa reunión, Hélène le invitó a tomar el té en su vivienda de la plaza Saint–Sulpice y, pocos días más tarde, él acudió a la cita. Cuando se despidieron, ella «acarició imperceptiblemente mis cabellos rubios, sin decir palabra. Pero yo lo comprendí perfectamente. Me invadieron la repulsión y el terror. No podía soportar el olor de su piel, que me pareció obsceno» (p. 163).


EL DESENCADENAMIENTO DE SU PSICOSIS MANÍACO-DEPRESIVA. PRIMER INTERNAMIENTO PSIQUIÁTRICO. LA FORCLUSIÓN DEL N.d.P.

              Un año y tres meses después (en febrero de 1947) se precipita lo que él llama «el primer drama» (p. 65), es decir, el franco desencadenamiento de la psicosis que tomará, en su caso, una orientación maníaco–depresiva. Nos cuenta que, con ocasión de hallarse ambos en «el pequeño reducto de la enfermería» (p. 165), ella, sentada en la cama a su lado y tomando la iniciativa le besó. «Yo no había besado nunca a una mujer (¡a los treinta años!), y sobre todo nunca me había besado una mujer. Me atravesó el deseo, hicimos el amor encima de la cama, aquello era algo nuevo, sobrecogedor, entusiasta y violento. Cuando ella se fue, se abrió un abismo de angustia en mí, que no se cerró jamás. A la mañana siguiente, telefoneé a Hélène para advertirle violentamente que nunca jamás volvería a hacer el amor con ella. Pero era demasiado tarde. La angustia no me abandonó y cada día que pasaba se me hacía más intolerable […] Intentaba asirme a la vida como podía y a mi amigo el doctor Étienne: imposible, cada día me hundía irremediablemente un poco más en el vacío aterrador de la angustia» (p. 166). Podemos apreciar en este relato cómo es la coyuntura del encuentro en lo real sexual con el Otro sexo la que precipitará el desencadenamiento de su psicosis. En cierta ocasión diría a un amigo: «Lo fastidioso es que existen los cuerpos, o peor aún, los sexos» (p. 54).

              Poco tiempo después, aconsejado por Hélène, consulta con Pierre Mâle, «el gran psiquiatra y analista de la época» (p. 166), quien —tras un largo interrogatorio— concluye que Louis padece un estado de «demencia precoz» (esquizofrenia) y exige su hospitalización inmediata en el hospital psiquiátrico de Sainte–Anne, donde es ubicado dentro del pabellón Esquirol. Al no mejorar en absoluto (más bien lo contrario), y por mediación otra vez de Hélène, acude a visitarle al hospital el entonces emigrante vasco Julián De Ajuriaguerra (quien se haría más tarde célebre por su Manual de Psiquiatría Infantil), cuyo diagnóstico fue que presentaba un cuadro melancólico muy grave y prescribe como tratamiento la administración de electrochoques (p. 168). Mientras tanto, Hélène, que había concebido un hijo en aquella única relación sexual que mantuvo con Louis, «también había estado hospitalizada, aunque en su caso para abortar, pues sabía que yo jamás hubiera soportado aquel hijo mío que llevó dentro» (p. 428).

              Ahora podemos ver más claramente que —en el referido encuentro sexual con esta mujer— había un más allá de la simple relación carnal con el Otro sexo y este más allá era, ni más ni menos, que la cuestión de la paternidad. Razón de más para que se produzca el desencadenamiento en el sujeto que habita en la estructura psicótica pues, como ya antes les indiqué, ésta se construye sin la presencia de un significante primordial, el significante paterno, significante necesario en el hombre para el acceso a la identidad viril, para el encuentro en lo real sexual con el Otro sexo y para la asunción simbólica de la paternidad. 

              También puede apreciarse esta imposibilidad inasimilable para nuestro sujeto de acceder a una posición paterna (por la ausencia en su estructura psíquica del significante del Nombre–del–Padre) cuando nos relata sus escarceos amorosos, tanto con Franca como con Claire, a las que terminará acusando de haber tenido «ideas sobre mí» en el preciso instante en que ambas «pusieron sobre el tapete, indirectamente o no, la cuestión de vivir con ellas y de tener un hijo […] Inmediatamente caí enfermo, muy deprimido» (pp. 188–189).

              Él mismo nos reitera en varios lugares de sus autobiografías que es huérfano de padre simbólico, de significante paterno, orfandad que tratará de suplir mediante el recurso al padre imaginario, ese padre cuyas figuras pulularán por doquier: «Los más grandes filósofos han nacido sin padre y han vivido en la soledad de su aislamiento teórico y el riesgo solitario que corrían frente al mundo. Sí, yo no había tenido padre y había jugado indefinidamente al ‘padre del padre’ para hacerme la ilusión de tenerlo, en realidad darme a mí mismo el papel de un padre respecto a mí, puesto que todos los padres posibles o encontrados no podían representar el papel. Y los rebajaba desdeñosamente al colocarlos debajo de mí, en mi subordinación manifiesta. Yo debía convertirme, pues, filosóficamente en mi propio padre. Y no era posible más que confiriéndome la función por excelencia del padre: la dominación y la soberanía de toda situación posible» (pp. 227–228).

Aquí observamos claramente que esta función que el filósofo adjudica al padre —la dominación y control de toda situación—, y que él se confiere a sí mismo para poner en juego al «padre del padre», es, sin duda, la que correspondería a una de las figuras del padre imaginario, pero en absoluto se trataría de la función del padre simbólico, que es exactamente la de ser el significante del padre muerto y que, por tanto, carece de toda figuración ya que se trata, sensu stricto, de un puro significante. El padre, nos indicó J. Lacan, es una metáfora. Empleando términos económicos, tan queridos por Freud: toda deflación producida en el interior del orden simbólico acarrea, indefectiblemente, una inflación proporcional en el orden imaginario, pues ambos órdenes interactúan estrechamente entre sí dentro de la experiencia existencial intra e intersubjetiva.

              Tras sufrir «unos veinticuatro electrochoques, en días alternos, en la inmensa sala común» (p. 168), que «por aquel entonces se hacían a lo vivo, sin narcosis ni curare» (p. 427), su deplorable estado psíquico fue mejorando paulatinamente «y muchos meses después de mi entrada en el pabellón Esquirol, me sentí mejor, aunque siempre vacilante, pero menos angustiado, y salí del hospital. Hélène me esperaba en la puerta. ¡Qué alegría!» (p. 169). Tras esta «estancia atroz» (p. 167) en el manicomio de Sainte–Anne su estado de ánimo viró bruscamente hacia la hipomanía, dentro de la cual se sentía feliz y exultante: «Si era y me sentía por fin tan joven, era porque Hélène resultaba para mí una buena madre y también un buen padre […] me quería como una madre a su hijo, su milagroso hijo, y al mismo tiempo, como un padre, un buen padre al fin, porque se limitaba a iniciarme en el mundo real, aquel mundo infinito en el que no había podido entrar» (p. 176). Y es que «Hélène tenía la voz misma de su rostro: incomparablemente cálida, buena, siempre grave como la de un hombre» (p. 211). 

              Si ustedes han prestado atención, habrán escuchado que es la segunda vez que se refiere a su amada Hélène como poseedora de destacados atributos viriles, lo que nos hace sospechar que ésta no representaba para él sino la imagen especular narcisista de sí mismo, semblante que lo pondrá a resguardo de esa radical otredad que para el hombre, e incluso para toda mujer, constituye el enigma insondable de lo femenino. A mi juicio, será esta captura narcisística que realiza con Hélène, en la serie imaginaria, la que daría una muy precisa cuenta de su hipótesis final sobre el homicidio de ésta, el cual no habría sido sino «un suicidio por persona interpuesta» (p. 355).

              Este internamiento psiquiátrico que he referido será el primero de una larga serie de veinte (en Los hechos nos cuenta que «en total, habré pasado quince años entre hospitales y clínicas psiquiátricas» (p. 425), debidos a períodos de intensa depresión seguidos de «un estado hipomaníaco que me proporcionaba todas las satisfacciones de la extrema facilidad, de la aparente resolución de todas las dificultades, tanto mías como ajenas. Podía trabajar mil veces más y recuperar entonces mil veces el pseudo retraso que había sufrido […] Con gran rapidez pasaba de la depresión a la hipomanía, que tomaba a veces el aspecto de una auténtica manía muy violenta. Entonces me sentía efectivamente todopoderoso, en especial, sobre el mundo exterior, sobre mis amigos, sobre mis proyectos, sobre mis problemas y los del prójimo […] Todo me resultaba de una increíble facilidad, sobrevolaba todas las dificultades, tanto las mías como las de los demás, me metía a resolver, sin que me lo hubieran rogado, sus propios problemas. Me lanzaba a iniciativas extremadamente peligrosas, que les hacían temblar, pero hacía caso omiso de sus objeciones, absolutamente convencido como estaba de ser el amo absoluto, amo absoluto del juego, de todos los juegos y por qué no, por lo menos una vez, casi a escala mundial […] En aquella prodigiosa facilidad y pretensión había una enorme dosis de agresividad» (pp. 190–191).


«CAIMÁN» DE FILOSOFÍA EN LA E.N.S. DE PARÍS

              Al año siguiente —en 1948— es nombrado «caimán» de filosofía, es decir, el encargado de preparar a los candidatos para la agregación. Al comienzo sus alumnos fueron muy escasos, pero poco a poco y merced a su trabajo intelectual y a la escritura de textos (que tuvieron una gran acogida editorial) su figura se fue agrandando y consiguió crear en torno suyo todo un movimiento filosófico y político. Todo esto fue logrado a pesar de las ausencias, a veces prolongadas y debidas a los internamientos psiquiátricos, de su puesto de trabajo docente, que era, por consiguiente, muy irregular. Sin embargo, la dirección de la École le dio de baja por enfermedad solamente una vez.

              Sus padres, a raíz del desencadenamiento de su psicosis, se desentendieron por completo de él, pues «Los allegados de los enfermos son también apestados públicos, tan grande es el temor que todo el mundo alberga, sobre todo los más próximos, de enfermar también ellos. Ni una sola vez en treinta años, mi madre o mi padre me visitaron en alguna de mis clínicas, cuya dirección conocían perfectamente» (p. 465). Durante las desestabilizaciones psicóticas —que periódicamente sufría el filósofo— allí estaba su compañera y amada Hélène tomando las riendas de su célula social y política, clasificando su correspondencia, atendiendo al teléfono e informando de su estado, ya que le visitaba diariamente en sus hospitalizaciones y cuando salía de ellas siempre se dirigían los dos a un pueblecito donde se refugiaban en una casa antigua de muros de piedra. Allí Louis Althusser encontraba «la paz, el viento y el mar» (p. 334).

              Quisiera finalizar mi intervención citando el recuerdo que de él guarda uno de sus discípulos de la École, el filósofo Bernard–Henri Lévy: «Hacia 1966. La calle de Ulm. Louis Althusser. El maestro explica a sus discípulos el arte sagrado de la disertación. ¿Un bloqueo? ¿Un obstáculo? Id al diccionario, decía. Tomad una palabra. Luego otra. Seguidlas. Seguid sus pistas. Apretadlas tan juntas como podáis. Rompedlas. Separadlas. Uno se divide en dos. Dos se juntan en uno. En una palabra: escribid. Sobre todo no dejéis de escribir. Porque una vez más, es en el juego de palabras, en la continuidad de la escritura, donde se encuentra el secreto de la filosofía» (diario El Mundo. Suplemento «La Esfera» del 27 de octubre de 1991, página 8).

              Y también uno de los secretos de la vida mental del ser humano, añadiría yo. 


                                                           BIBLIOGRAFÍA

• Louis Althusser. El porvenir es largo. Ediciones Destino. Colección Áncora y Delfín. Barcelona, 1992.

•Jacques Lacan. La familia. Editorial Argonauta. Biblioteca de Psicoanálisis. Barcelona, 1982.

•Jacques Lacan. El Seminario. Libro IV: La relación de objeto. Ediciones Paidós Ibérica. Barcelona, 1994.


*** Ponencia leída en el transcurso de las Jornadas «GENIO, LOCURA Y CREATIVIDAD», organizadas por el Hospital ‘Santa Isabel’ de León, la Asociación Castellano-Leonesa de Salud Mental, el Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Castilla y León (GEP-CL) y el Círculo Psicoanalítico de León, que se celebraron en el salón de actos del Hospital ‘Santa Isabel’ de León los días 4 y 5 de abril de 2003. Publicada en «NORTE de Salud Mental. Revista de Salud Mental y Psiquiatría Comunitaria». Volumen V, nº 20. Junio de 2004.