Calle Los Soldados, 20 2ºC 34001 Palencia

LA PEQUEÑA MANO DE GUSTAVO MARTÍN GARZO


            Tengo la costumbre, heredada de mi padre —no debido a los genes sino a mi identificación con él cuando era niño—, de recortar del periódico aquellas noticias o artículos que me resultan interesantes o me sobresaltan en esos momentos, con el ánimo decidido de releerlos más adelante. Luego los guardo, a veces tanto, en lugares tan inverosímiles o insospechados (como temiendo que me los roben), que a la hora de volverlos a leer, termino, finalmente, por no encontrarlos.

            Es lo que me sucedió con un artículo de opinión, aparecido en el diario «El País» el día 16 de septiembre de 2007, que llevaba la firma de Gustavo Martín Garzo. Se titulaba «Nuestra pequeña mano» y como su lectura me impactó, lo recorté y lo guardé, pero posteriormente, cuando quise volver a leerlo, no lo hallé por ningún lado a pesar de mi afán. Pero he aquí que —paradojas del destino—, con motivo del número monográfico que nuestra revista «Análisis» va a dedicar a este ya ilustre y premiado escritor vallisoletano, el director de la misma, Fernando Martín Aduriz, me lo ha hecho llegar por ese conducto casi milagroso, al menos para mí que tengo ya cierta edad, llamado Internet.

            Mi contribución será, pues, después de volver a la lectura de dicho artículo, la de comentar, de modo breve, algunos de sus fragmentos, pues pienso que éste es en extremo interesante para quienes nos dedicamos al estudio y al tratamiento de la psique —humana por supuesto.


            De entrada, el escritor, que ejerció como psicólogo antes de dedicarse por completo a la noble tarea de escribir para los otros, nos plantea una pregunta esencial: «¿Qué hemos hecho de la psicología? Aquella delicada ciencia que exploraba el alma humana y se preguntaba por el significado de los sueños hoy día apenas es otra cosa que un conjunto de obviedades y recetarios apresurados. Atrás parece haber quedado la insondable obra de Freud y su pregunta acerca de por qué nos perturban nuestros deseos».

             Sí, es cierto; atrás parecen haber quedado —sólo lo parecen, pues el porvenir es largo según nos indicó en sus memorias el maniacodepresivo Louis Althusser— los fundamentos teóricos y prácticos de Sigmund Freud acerca del funcionamiento de nuestro aparato psíquico y de su patología, renovados por Jacques Lacan. Éstos son tachados de especulaciones, de imaginaciones emanadas de mentes calenturientas. ¡Simple literatura!, me dijo personalmente un colega psiquiatra cuando se enteró de que me interesaba por el psicoanálisis. Seamos serios —se nos dice—, seamos científicos, acudamos a la madre de la ciencia, o sea, a la estadística. Ni inconsciente, ni Freud, ni gaitas. ¡Viva Quételet y su «hombre promedio»! ¡Que vivan para toda la eternidad las campanas de Gauss y de Paulov!


               Escribe el autor más adelante: «La psicología hegemónica actual, en su empeño por alcanzar el estatus de una ciencia empírica (cuando su objeto de estudio, la subjetividad humana, no puede ser más inasible a través de mediciones estadísticas), ha hecho un tristísimo uso de las preguntas: planteando sólo las más previsibles, limitando al máximo las respuestas, eliminando por completo todo género de matices y detalles. Los resultados obtenidos son tan pobres como la herramienta utilizada, pero se vuelven incuestionables tras haber pasado por el filtro de las matemáticas y de la estadística».

               Es verdaderamente increíble, si no fuera cierto, que el sujeto encuestado, para ser diagnosticado mediante un manual estadístico (DSM, CIE), tenga que responder con respuestas ya fijadas de antemano, cerradas a cal y canto a toda muestra de ingenio, de particularidad o de singularidad. En la esfera homogenizadora del universal para-todos no cabe el particular del uno-por-uno. Eso está terminantemente prohibido. Como ya nos advirtió Lacan, el sujeto del lenguaje y la palabra, el sujeto propiamente humano, está forcluido, rechazado, en el discurso científico. Éste busca un real objetivo —en el cerebro, en los genes, en los fluidos o donde sea menester siempre que esté dentro del organismo— que dé al fin cuenta del pathos mental, del sufrimiento psíquico que ha acompañado, y acompañará, a la especie humana a lo largo de su corta pero intensa existencia. Pero, como puede observarse, este real, supuestamente objetivo, se le escapa de entre las manos de continuo, a pesar de la multitud de noticias, la mayoría de ellas inventadas o sesgadas, con las que nos bombardean a diario los propagandistas del actual "cientificismo". ¡Llegará el día en el que se pueda cartografiar y medir el alma, el amor, el deseo o las pasiones! Sólo nos queda tener mucha fe en el progreso científico (ahora que se va diluyendo la fe en Dios él es su seguro sustituto) y sobre todo, tener mucha esperanza, virtud que, según dicen, es lo último que se debe perder. 


                 «Este mismo esquema —prosigue el escritor— se aplica a diario en el terreno de la psicología clínica. Muchas terapias se basan en el aprendizaje de técnicas y ejercicios conducentes al control de los síntomas, renunciando a plantear los interrogantes básicos acerca de su origen o sentido. Y tales métodos se presentan como científicamente probados a través de experimentos empíricos basados, en su inicio, en la comparación de la conducta humana con la que se puede observar en los ratones».

             Es decir, que se toma como ejemplo a seguir el comportamiento de un animal: ratas y ratones ("modelo murino"), monos (sean antropomórficos o no) sometidos, para goce del experimentador, a diversas pruebas, algunas con su pizca o incluso desmesura de sadismo —no me considero «animalista» pero creo que las otras especies animales merecen un cierto respeto por parte de la nuestra—. Pero resulta que nuestra especie se distingue de las demás en que su ser es hablante y por eso mismo está enferma de la verdad —y de la mentira—, está enferma del deseo (éste no puede plantearse fuera del lenguaje; sí la necesidad) o de su falta, como es el caso de las depresiones. Está enferma de amor y de odio hacia sí misma. Y lo más gordo: gracias al lenguaje sabemos que nuestra vida es finita, que estamos prometidos a la muerte, que llegará inexorablemente, tarde o temprano. En el ataque de angustia ésta, la muerte, además de la locura, siempre está en el horizonte como una realización posible del ser.


           «¿Por qué escuchar con el compromiso que exige la verdadera escucha, sus sueños, temores y esperanzas: adentrarse en el terreno de lo no vivido? —se pregunta Gustavo Martín Garzo— Es más sencillo y eficaz hacer un vacío en el pensamiento, desconfiar del poder de la palabra. Las terapias, lejos de tratar de conducir a las personas a la máxima realización de sus posibilidades, se convierten en la negación de lo específicamente humano: renuncia al vuelo del pensamiento y a la radical función del lenguaje».

            Está bien claro: si el modelo teórico y práctico que inspiran al terapeuta tienen como objetivo la erradicación, el asesinato del síntoma, sea como sea y a costa de lo que sea, éste —el síntoma— quedará mudo, sin conversación posible. Y, en la mayoría de los casos, sin la interlocución con un Otro simbólico, el síntoma reaparecerá aún de modo más mortificante y cruel para el sujeto. Si echamos a patadas el síntoma por la puerta de nuestra morada, corremos el peligro de que nos entre por la ventana y, además, por la noche y con cara de pocos amigos... Porque el síntoma insiste una y otra vez para hacerse reconocer. El síntoma psíquico es un índice del sujeto humano, de su consternación, de su desvalimiento, de su dolor y de su goce. Cuidemos, pues, el síntoma, démosle un espacio de singularidad y sigamos dialogando con él porque no hay sujeto sin síntoma. Como tampoco existe la salud mental salvo sobre el papel. Es un constructo, una entelequia manejada por los poderes políticos y mercantiles, entre los que se encuentra (ya me fastidia decirlo porque, además de psicoanalista soy médico) nuestra querida OMS.


            Una última cita: «La psicología, en su progresivo empobrecimiento, desea convencernos de que no merece la pena adentrarse en los oscuros caminos del pensamiento, la imaginación y la memoria».

            Pues sí; es la psicología que se enseña actualmente a los estudiantes en las universidades. Una psicología insulsa, coñazo, carente de pasión, plana, abotargada de cifras, escalas, modas y medias. Una psicología que no tiene en cuenta la subjetividad, lo más propio de nuestra especie humana, ¿se puede llamar psicología?


           Para finalizar, quisiera pedirle a Gustavo Martín Garzo, nuestro homenajeado, que en estos momentos de tribulaciones en los que desfallece el poder de la imaginación —ya sólo se habla del fútbol y de la «prima de riesgo»—, él prosiga escribiendo, como hasta ahora, con su pequeña pero enérgica mano. Porque su escritura alimenta nuestro espíritu y nos adentra, y nos conduce con su personal delicadeza, por caminos inexplorados. Creo con firmeza que su labor nos será, en adelante, más necesaria que nunca. 


*** Texto publicado en "Análisis. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León" Nº 24. Junio 2012