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ERNST LANZER, «EL HOMBRE DE LAS RATAS»


SEMINARIO CENTRAL DEL GRUPO DE ESTUDIOS PSICOANALÍTICOS DE CASTILLA Y LEÓN (GEP-CL) 

Durante el año 2003 estamos desarrollando en nuestro Seminario Central el tema: «La neurosis obsesiva». Por su marcado interés publicamos la reseña de la clase dictada por Alfredo Cimiano, el día 22 de febrero pasado, en nuestra sede de Palencia, intervención que fue dividida en dos partes. En la primera, el ponente realizó un pormenorizado seguimiento textual del concepto, la etiología y la clínica psicoanalítica de la Zwangsneurose, descrita por Sigmund Freud en 1984. En la segunda parte, el Dr. Cimiano se centró en un desarrollo cronológico de los datos disponibles sobre el historial clínico de Ernst Lanzer (el «Hombre de las ratas») hasta el momento de su crucial encuentro con Freud, tema que sirvió de introducción para que, en la clase siguiente, el PIR Francisco Cabo abordase los diversos avatares de la transferencia y de la interpretación analíticas en el transcurso del psicoanálisis que éste realizó con Freud. 


BIBLIOGRAFÍA FREUDIANA SOBRE LA NEUROSIS OBSESIVA

—«Las neuropsicosis de defensa. Ensayo de una teoría psicológica de la histeria adquirida, de muchas fobias y representaciones obsesivas y de ciertas psicosis alucinatorias» (1894).

—«Obsesiones y fobias. Su mecanismo psíquico y su etiología» (1895).

—Cartas nº 75 (8 de octubre de 1895) y nº 76 (15 de octubre de 1895) a Wilhelm Fliess.

—Manuscrito K (‘Las neurosis de defensa’) anexo a la carta nº 85 (1 de enero de 1896) a W. Fliess.

—«La herencia y la etiología de las neurosis» (1896).

—«Nuevas observaciones sobre las neuropsicosis de defensa» (1896).

—Carta nº 112 a W. Fliess (6 de diciembre de 1896).

—«Mis opiniones acerca del rol de la sexualidad en la etiología de la neurosis» (1906).

—«Los actos obsesivos y las prácticas religiosas» (1907).

—«El carácter y el erotismo anal» (1908).

—«Análisis de un caso de neurosis obsesiva (Caso del ‘Hombre de las ratas’)» (1909).

—«Tótem y tabú. Algunos aspectos comunes entre la vida mental del hombre primitivo y los neuróticos». Véase los capítulos II (‘El tabú y la ambivalencia de los sentimientos’) y III (‘Animismo, magia y omnipotencia de las ideas’) (1912-1913).

—«La disposición a la neurosis obsesiva. Una aportación al problema de la elección de la neurosis» (1913).

—«La represión» (1915).

—Lecciones XVII (‘El sentido de los síntomas’), XIX (‘Resistencia y represión’) y XX (‘La vida sexual humana’) de las «Lecciones introductorias al psicoanálisis» (1915-1917).

—«Un paralelo mitológico a una imagen obsesiva plástica» (1916).

—«Una relación entre un símbolo y un síntoma» (1916).

—«Sobre las transmutaciones de las pulsiones y especialmente del erotismo anal» (1917).

—«Historia de una neurosis infantil (Caso del ‘Hombre de los lobos’)». Capítulos VI (‘La neurosis obsesiva’) y VII (‘El erotismo anal y el complejo de castración’) (1918).

—«El Yo y el Ello». Capítulo V (‘Las servidumbres del Yo’) (1923).

—«Inhibición, síntoma y angustia». Capítulos V y VI (1926). 


                   ALGUNOS DATOS CRONOLÓGICOS DEL HISTORIAL CLÍNICO DE

                             ERNST LANZER (EL «HOMBRE DE LAS RATAS»)


—Ernst Lanzer nació en Viena en 1878, en el seno de una familia judía de la burguesía media. Cuarto vástago del matrimonio formado por Heinrich Lanzer y Rosa Saborsky, que eran primos carnales. Ambos procedían de familias de condición muy humilde; sin embargo, Rosa había sido criada y adoptada por la familia de un lejano pariente suyo, propietario de una importante empresa industrial, de modo que cuando Heinrich se casó con ella entró al servicio de aquella empresa, accediendo desde entonces a una posición económica desahogada. Él había hecho antes la corte a una preciosa muchacha de familia modesta, hija de un carnicero, pero al conocer a Rosa, abandonó sus pretensiones hacia aquélla. 

—Teniendo entre 3 y 4 años de edad y debido a que había mordido o atacado a alguien (quizás a la niñera encargada de su custodia o a alguna hermana) su padre le castigó severamente y le pegó. Mientras era azotado tuvo un intenso acceso de cólera y se dirigió enfurecido a su progenitor; como aún no había aprendido palabras realmente insultantes le fue espetando, furioso, todos los objetos comunes que se le ocurrieron: «¡Lámpara! ¡Toalla! ¡Plato!». El padre, asustado ante la magnitud de la cólera de su hijo, dejó de pegarle y dijo la siguiente frase oracular: «Este chico será un gran hombre o un gran criminal». A partir de entonces, Ernst tuvo un verdadero terror a los golpes.

—Cuando tenía 4 años, una noche observó que Fräulein Peter (su institutriz, joven y bonita) estaba leyendo echada en un sofá, ligera de ropa. La pidió permiso para meterse debajo de sus faldas y ella accedió, pero con la condición de que no se lo contase a nadie. Como llevaba poca ropa, pudo tocar sus genitales y todo el cuerpo. Desde entonces, quedó en él la ardiente curiosidad de contemplar el cuerpo femenino desnudo. Además, es de reseñar que era muy olfativo y conocía a las personas por el olor de su ropa, como si fuera un perro; le daba un auténtico placer el oler el pelo de las mujeres. Sus percepciones olfatorias siguieron, en adelante, teniendo para él una enorme importancia.

—A esa misma edad falleció su hermana Katherine, tres o cuatro años mayor que él (a consecuencia de un carcinoma), quien durante mucho tiempo se había venido quejado de que se sentía cansada, sin que nadie le hiciese ningún caso. Ernst se sintió íntimamente culpable de su muerte; en una ocasión, cuando su hermana y él habían hablado de la muerte, ella le había dicho: «Por mi alma, que si te mueres me mataré». Mirando a esta hermana sentada en una bacinilla había percibido las diferencias sexuales anatómicas cuando el sujeto tenía alrededor de tres años.

—Entre los 5 y 6 años se encontraba tendido entre el padre y la madre cuando se orinó en la cama, por lo que el padre lo castigó y le echó con bufidos de la habitación. Heinrich, al parecer, tenía un carácter colérico, era fácilmente irritable y cuando se ponía violento no se sabía hasta dónde podía llegar. Aunque a Ernst parece que no le volvió a azotar desde el episodio antes relatado, era frecuente que sí lo hiciese con los demás hijos; en esos momentos en que sus hermanos eran azotados, nuestro sujeto se escondía e, indignado, le maldecía ofendido. Una vez oyó a su hermana gritar en un cuarto y después vio salir de él a su padre exclamando: «Esta chica tiene el culo como una roca». También Rosa se solía quejar de la tosquedad de su cónyuge y le tachaba de «tipo vulgar» ya que éste tenía el hábito de tirarse pedos sin disimulo y siempre estaba empleando palabras como ‘culo’ y ‘mierda’, que al parecer a ella le horrorizaban. A esta edad, Ernst tuvo un gran susto: un día le pidió a su madre que le prestase para jugar un pájaro disecado que tenía en el sombrero; mientras corría llevándolo en las manos, las alas se movieron, aterrorizándose con la idea de que el pájaro había vuelto a la vida lo arrojó, despavorido, al suelo.

—A los 6 años tenía frecuentes erecciones cada vez que se imaginaba a una mujer atractiva sin ropa; un día se quejó a su madre de la molestia que la erección le causaba mientras le mostraba a ésta su pene erecto. Entonces adquirió el hábito de masturbarse; un día en el que su padre le pilló en tales manejos, le espetó que se moriría si seguía tocándose («Sería tu muerte») y, quizás, le amenazó con que le cortaría el pene si le volvía a ver tocándoselo. Comenzó, posteriormente, a preocuparse por la idea morbosa de que sus padres conocían sus pensamientos íntimos por haberlos revelado él mismo en voz alta sin darse cuenta de ello. Los deseos que reiteradamente le asaltaban de ver desnudas a las muchachas que le gustaban iban acompañados de una gran inquietud interior, como si por pensar aquellas cosas hubiera de sucederle algo malo a él o bien a su padre; se le impuso entonces el siguiente temor obsesivo: «Si deseo ver desnuda a una mujer mi padre morirá». A esto siguió un período en el que se reunía con sus amigos y se dedicaban a mirarse el pene. Para Ernst el mirar asumía el papel de tocar.

—Teniendo 7 años de edad, su nueva institutriz (Fräulein Lina) al padecer de abscesos en las nalgas se los curaba al acostarse; este momento era esperado con impaciencia por Ernst, quien la contemplaba gozoso, y después, cuando ella se acostaba, él acudía a su cama destapándola y tocándola sin que ella protestase. A esa misma edad un día estaba jugando con Hans —su hermano menor, de quien tenía intensos celos por pensar que era más fuerte y más guapo que él y que todos le querían más— con unas escopetas de juguete; cargó su escopeta con la baqueta y le dijo que si miraba por el cañón vería algo muy bonito; cuando éste se puso a mirar, disparó y aunque la baqueta le dio en la frente sin herirle, su verdadera intención era haberle hecho mucho daño. Inmediatamente después de disparar se tiró al suelo, fuera de sí, y se revolcó en él mientras se preguntaba «¿Cómo he podido hacer semejante cosa? Pero lo he hecho».

—A los 8 años acude al colegio y conoce a su prima, Gisela Adler, la futura «mujer de sus sueños». El padre de ésta muere al año siguiente. Por esta época, una vez que su madre estaba acostada en la cama, se movió de forma descuidada y le dejó ver su trasero; por aquel entonces él tenía la idea de que las relaciones matrimoniales consistían en que los esposos se mostraran recíprocamente el culo. Más tarde (en quinto grado de la escuela primaria) un compañero de clase le dijo que la reproducción humana sucedía cuando el hombre «meaba» en el interior de la mujer.

—Teniendo 10 años un día vio defecar a un primo suyo y éste le mostró una gran lombriz que había en su deposición (como soy médico y siempre me gustó la Microbiología y la Parasitología, saqué sobresaliente en la carrera y dí clases a los Hnos. de San Juan de Dios de esa asignatura cuando se examinaban "libres" de ATS, esa lombriz era el nematodo Ascaris lumbricoides) lo que le causó mucha repugnancia ya que él también había padecido de parásitos intestinales y para combatirlos le habían administrado primero tabletas y, después, enemas rectales. Posiblemente en su temprana infancia también le administraron lavativas, como remedio a su hábito empedernido de retener lo máximo posible sus materias fecales.

—A los 11 años, otro primo (a quien luego detestaba) le inició en los secretos de la vida sexual y le reveló que todas las mujeres eran putas, incluyendo a su madre y a sus hermanas; Ernst se defendió preguntándole «¿Piensas lo mismo de tu madre?». Como por esa época era muy sucio la madre decidió un día lavarle personalmente; llorando de rabia y vergüenza le dijo a ésta: «¿Dónde me vas a fregar ahora, en el culo?».

—Al año siguiente (12 años) se enamoró de una niña que era hermana de un amigo suyo. Como ésta no le hacía todo el caso que él deseaba, se le ocurrió la idea de que si a él le sucediese una desgracia, esta niña le trataría con más consideración; esta desgracia no era otra que quedarse huérfano de padre. A esta edad comenzó a decir que no podía comer en la mesa familiar a causa de que su madre eructaba. Como su hermana menor dormía en la misma habitación, por las mañanas, cuando ella estaba aún dormida, la destapaba para poder mirarla todo el cuerpo.

—Teniendo 13 años volvió por un tiempo a servir en su casa Fräulein Lina (que había estado cuidándole desde los seis a los diez años) y, cuando no había nadie, se exhibió desnudo ante ella. A los catorce años, tuvo varias relaciones de mirarse recíprocamente el pene erecto con un amigo llamado Braun (recordemos que para nuestro sujeto la mirada equivalía al tacto). Aunque la voz y la mirada son extracorporales, pertenecen al cuerpo (libidinal), que es muy diferente al cuerpo anatómico de nuestro organismo que estudian, observan y diseccionan los médicos.

—A partir de esta edad sufrió un considerable cambio; casi no se masturbó (lo hizo sólo de modo ocasional entre los 16 y 17 años), siendo para él un período de gran religiosidad durante el cual, para protegerse de las tentaciones, recitaba plegarias. Los rezos cada vez le llevaban más tiempo, llegando a prolongarse durante horas, porque se le empezaron a introducir en las frases simples algo que las convertía en su contrario. Si por ejemplo decía «¡Dios le proteja!», el espíritu maligno le añadía un ‘no’ («¡Dios —no— le proteja!»). Entonces se le ocurrió la idea de blasfemar, seguro de que también al hacerlo se introduciría algo que convertiría la blasfemia en su contrario. Más tarde, decidió abandonar los rezos y sustituirlos por una breve fórmula formada con las primeras letras o sílabas de distintas oraciones, pronunciándolas con tal rapidez que ninguna otra palabra podía introducirse en ellas. Además, es de reseñar que cambió de modo radical sus hábitos de limpieza personal; si anteriormente había sido muy descuidado en el aseo personal y más bien puerco (recuérdese el episodio con su madre), ahora se inclinaba por una excesiva pulcritud y a un fanatismo de la limpieza.

—Teniendo 18 años la familia recibió la visita de una hermana de su madre que se mostró muy abrumada por la muerte, año y medio antes, de un hijo que se había pegado un tiro a causa de un desengaño amoroso. Al ver a su tía tan desdichada por esta pérdida, Ernst hizo el voto de no suicidarse jamás, ni siquiera por amores contrariados, en consideración a su madre. Las ideas de suicidio le habían rondado desde su niñez, cuando volvía de la escuela con malas notas (era bastante mal estudiante), porque sabía que éstas hacían sufrir a su padre.

—En 1897 (a los 19 años) comenzó sus estudios universitarios de Derecho.

—Al año siguiente (20 años) se enamoró perdidamente de Gisela; cuando una de sus hermanas le interrogó acerca de qué era lo que le atraía de su prima la contestó bromeando: «El trasero». Una vez que Gisela estaba enferma, la vio tendida en un sofá y pensó: «Ojalá se quedara siempre así». Por entonces habían empleado en su casa a una costurera que se le quejó de no gustarle a la gente y le pidió que le asegurase que la tenía afecto. Como Ernst no la hizo ningún caso y como semanas después esta chica se arrojase por la ventana, quedó en él la impresión de que no hubiera hecho tal cosa si se hubiese avenido a la relación que ella le proponía, y se consideró culpable de su suicidio. Como a pesar de estar muy enamorado de Gisela no podía casarse con ella debido a obstáculos de orden material, se le impuso la idea de que si su padre muriese él se haría rico y ya no tendría impedimentos para casarse con su amada. Esta misma idea se le presentó también en vísperas del fallecimiento de su padre; al meditar que estaba a punto de perder lo que más quería, surgió en su pensamiento esta idea: «No; hay todavía otra persona cuya muerte sería más dolorosa para ti» (en referencia a Gisela). Su padre, observando que buscaba continuamente la compañía de la muchacha, le aconsejó que se alejase de ella diciéndole que de otro modo sólo conseguiría ponerse en ridículo.

—En 1899, teniendo nuestro sujeto 21 años, Gisela fue intervenida quirúrgicamente de una doble ovariectomía, lo que la dejó en situación de esterilidad. Cuando fue a verla al sanatorio tras la operación, observó que un médico joven que la visitó mientras hacía su ronda, la tocaba por debajo de las sábanas y pensó que su forma de proceder o era nada correcta. Además, cuando los allí reunidos le dijeron a Gisela lo valiente que se había portado en la operación, le vino la idea disparatada de que su valentía provenía del gozo que a ella le provocaba exhibir su cuerpo desnudo a los médicos.

—Este mismo año falleció Heinrich a consecuencia de un enfisema pulmonar que venía padeciendo desde tiempo atrás. En la noche de su muerte, Ernst se había acostado para dormir un poco y cuando despertó, una hora y media después, le comunicaron que su padre había fallecido; una enfermera que atendía a su padre le dijo que, antes de morir, éste había pronunciado su nombre. Entonces se reprochó duramente y de modo obsesivo el no haber estado a su lado en el momento de la muerte y creyó advertir que sus hermanos y su madre le hacían análogo reproche, aunque nadie le dijese nada. La muerte del padre no fue aceptada por el sujeto porque al oír un chiste divertido se decía: «Tengo que contárselo a papá»; cuando oía llamar a la puerta de su casa pensaba: «Ahí está papá»; y al entrar en la habitación, esperaba encontrarle en ella. Además, era presa de interminables dubitaciones a la hora de resolver cambiar de lugar aquellos objetos que habían pertenecido al difunto. Poco tiempo después de este fallecimiento apareció en él un fuerte impulso onanista (recordemos que en la pubertad apenas si se había masturbado) y, después de cada satisfacción sexual de este género, se sentía altamente avergonzado y con la oscura y desagradable sensación de que había hecho daño a alguien muy querido. Curiosamente, en vez de hacerse cargo de la herencia que le había transmitido el padre se la dejó a su madre, quien le daba para sus gastos una suma de dinero muy reducida; desde entonces se volvió muy avaro.

—También durante este año de 1899, y semanas después de la defunción de su padre, comenzó a realizar el servicio militar en el tercer regimiento de tiradores tiroleses del Ejército Imperial, precisamente donde su progenitor había servido como suboficial hasta que lo abandonó merced a dar el «braguetazo». De dicha estancia en el Ejército su padre le había contado diversas anécdotas, una de las cuales aludía a que lo pasó muy mal debido a que una vez se gastó diez florines del dinero de la administración del regimiento jugando a las cartas; tras este incidente se lamentó a uno de sus compañeros de armas contándole que tendría que pegarse un tiro. Éste le dijo: «Seguro, pégatelo; un hombre que hace semejante cosa debería pegarse un tiro», pero después le prestó el dinero, por lo que no fue descubierto. Cuando abandonó el Ejército y llegó a una posición económica acomodada, había estado tratando de encontrar a ese camarada que le sacó de semejante apuro, pero nunca dio con él, dejando esa deuda sin saldar. También le había contado que en aquellos tiempos aún estaban en vigor los castigos corporales en la milicia y le describió cómo una vez, una sola, que se encontraba dominado por la cólera, la emprendió con un recluta a quien golpeó con la culata del fusil hasta que éste cayó inconsciente al suelo. Asimismo, le relató una serie de historias en las que le daba a entender que había sido un calavera; esto le hizo pensar a Ernst que los problemas nerviosos que aquejaba podrían deberse a que el padre había contraído la sífilis durante su estancia en el Ejército, pues había oído decir que todos los militares eran sifilíticos.

—Durante las tres semanas que estuvo acuartelado (llevó una carta de presentación que su padre le había dado antes de morir) comenzó a pensar: «Si cometieras un acto de insubordinación ¿qué pasaría?». Además, se preguntaba que si estuviera marchando en formación y viera que su padre se desmayaba ante él, ¿rompería filas para socorrerlo? Como se mostrase apático e ineficaz, un teniente de carácter fanfarrón le golpeaba con la espada de plano y además les amenazaba a los reclutas con emplear un látigo si no realizaban bien algunos movimientos. Por la mente de Ernst pasaban continuas fantasías de retarle a duelo.

—Tras regresar del servicio militar, el sujeto realizó una visita a la tumba de su padre en el cementerio de Viena y observó que cruzaba por encima de ella una alimaña, quizá una rata; Ernst pensó de inmediato que ésta acababa de saciar su hambre con el cadáver de su padre. Esa noche tuvo un sueño en el que copulaba con su hermana Julie (que era tres años menor que él) y en los días siguientes se sentía impulsado a atacarla, intentando, en una ocasión, a forzarla sexualmente.

—En 1900 (22 años) Ernst se formuló el solemne juramento de no volver a masturbarse: «¡Por el bien de mi alma, juro no hacerlo nunca más!». Por esta época, después de haber estado estudiando, entre las doce y la una de la madrugada, abría la puerta de su cuarto (se imaginaba que el padre estaba tras de ella), encendía todas las luces del corredor y de su habitación, se quitaba toda la ropa y se contemplaba desnudo frente a un espejo, lo que le provocaba la erección peniana. Asimismo, en ocasiones se ponía un espejo entre las piernas para asegurarse mejor de su grado de erección, mientras le asaltaba la constante preocupación de poseer un pene demasiado pequeño —quiero reseñar aquí que Ernst padecía una criptorquidia unilateral—; también se atormentaba con la idea de que le cortaran el pene. La ceremonia de abrir la puerta del cuarto a la hora de los aparecidos (las doce de la noche) y realizar el ritual citado ante el espejo cesó de pronto cuando el sujeto pensó que si seguía haciendo tales insensateces le sucedería a su padre algo malo en el Más Allá. 

—También durante este año su madre le comunicó que había hablado de su porvenir con sus acaudalados parientes y le reveló que uno de sus primos se había mostrado dispuesto a concederle la mano de su hija Emmy (que tenía unos ojos excepcionalmente hermosos), una vez que él terminara sus estudios de Derecho. Por otro lado, cogió la costumbre de ir a todos los entierros que se celebraban (sus hermanos se burlaban de él apodándole «El Cuervo») y en sus fantasías se complacía en matar de continuo a sus conocidos para poder exteriorizar a los supervivientes su cordial condolencia.

—En diciembre, Gisela rechazó sus afanes amorosos y él pensó que era una puta, pensamiento que le causó un gran horror. Esa noche soñó que iba caminando por una calle y había una perla en el suelo; cuando él se inclinaba para cogerla, la perla desaparecía; tras andar unos cuantos pasos la perla volvía a aparecer y repetía vanamente la misma operación.

—En 1901, cuando Ernst contaba 23 años de edad, comenzó a perder semanas de estudio por falta de concentración. La causa era que Gisela se había ausentado de Viena para ir a cuidar a su abuela, la cual padecía una enfermedad del recto. Un día tuvo el impulso de cortarse el cuello con la navaja de afeitar; cuando acudió al armario y cogió la navaja pensó: «No, no es tan sencillo. Tienes que asesinar primero a la vieja esa que te ha separado de tu amada»; ante la irrupción de estas ideas, le flaquearon las piernas y cayó al suelo desmayado. En otras ocasiones, daba corriendo la vuelta a su habitación siguiendo las órdenes de mandatos internos.

—Este mismo año reanudó sus prácticas onanistas, pero sólo en raras y singulares ocasiones: tras escuchar cómo tocaba con gran maestría un postillón su trompeta de caza y también tras haber leído en Poesía y verdad cómo el joven Goethe se libraba de la maldición que una mujer celosa (Lucinda) había arrojado sobre la primera que después de ella besase sus labios, conjuro que el protagonista desbarató con la ayuda de su amada Friederike Brion.

—En mayo de 1902 (24 años) murió una tía suya. Cuando fue a dar el pésame al viudo éste exclamó entre sollozos: «Otros hombres hacen lo que quieren, pero yo he vivido sólo para esta mujer». Ernst se mosqueó al instante, suponiendo que con aquellas palabras el viudo se estaba refiriendo a su padre y que ponían en duda su fidelidad matrimonial. Estuvo rumiando durante días el significado de dicha expresión hasta que se sintió obligado a preguntarle directamente un día si con aquellas palabras se había referido a su padre. Aunque el tío rechazó de forma enérgica tal interpretación, no anuló el efecto que tal frase le había causado, de modo que se volvió a despertar en él el recuerdo de su ‘negligencia’ —estar durmiendo en el momento en que su padre falleció— y volvió a atormentarse cruelmente diciéndose que era un desalmado, que todo lo malo que portaba en su naturaleza provenía de su abuelo materno, un hombre brutal que maltrataba a su mujer. Sus pensamientos comenzaron a girar, interminablemente, acerca del temor a la muerte y de la vida ultraterrena, lo que le produjo una grave incapacidad para el estudio. Los reproches y autoacusaciones iban seguidos de plegarias y comenzó a utilizar de continuo una fórmula protectora y mágica: Glejisamen, que ya había usado en ocasiones bastante tiempo antes. En diciembre de este mismo año le comentó por primera vez a un amigo de gran confianza (el doctor Springer) las ideas que le asaltaban de ser un criminal y un delincuente; este amigo le tranquilizó asegurándole que era un hombre irreprochable y le dio ánimos.

—En febrero de 1903, cuando contaba 25 años de edad, después de la muerte de un tío suyo que le era indiferente, comenzó de nuevo a martirizarse con autorreproches por haberse quedado dormido en la noche en la que su padre falleció; se atormentaba también con ideas suicidas y cavilaciones acerca de qué significaba morir, lo espantoso que debía ser no ver ni oír nada, aunque trataba de tranquilizarse pensando que debía haber un más allá y una inmortalidad.

—En junio de este mismo año, antes de las vacaciones veraniegas, Gisela rechazó por segunda vez sus pretensiones amorosas, o al menos eso le pareció a él. En agosto acudió con su madre y su hermana Julie a la estación veraniega de Unterach, a orillas del lago Mondsee, donde, por cierto, también fue la «dama de sus sueños». Antes de salir para Unterach tuvo la sensación extraña y definitiva de que no regresaría a Viena. Durante los primeros días de su estancia allí, se dedicó a espiar por las rendijas de la pared de la casilla de baño y un día observó a una muchachita desnuda; posteriormente, sufrió los más terribles remordimientos pensando cómo la afectaría a la joven saber que la habían estado espiando.

—Durante esta estancia en la que Gisela se dejaba acompañar, complacida, por un primo suyo inglés que la cortejaba, Ernst fue presa de unos intensos celos y sus síntomas mentales se recrudecieron: pensando que estaba demasiado grueso, se obsesionó con adelgazar, levantándose de la mesa antes del postre y se ponía a correr bajo el ardiente sol hasta que, jadeante y chorreando sudor, se detenía un momento para, a continuación, seguir corriendo. También subía las montañas a paso gimnástico y un día, al borde de un abrupto precipicio, se le impuso el mandamiento de arrojarse al vacío pero se refrenó al no poder soportar la idea de que su madre encontrara sus restos sangrantes. Otra vez, mientras cruzaba en barco el lago Mondsee, sintió el apremiante mandato interno de arrojarse al agua; asimismo, se le presentó la compulsión de hablar incesantemente con la madre, con quien, hasta entonces, era más bien introvertido. Por último, cuando había tormenta sentía la necesidad imperiosa de contar hasta 40 ó 50 entre el relámpago y el trueno, obsesión que su madre se complacía en compartir con él.

—El día en que su prima iba a abandonar la residencia veraniega, se encontraba paseando por la carretera y se encontró en ella una piedra; al invadirle el temor de que cuando pasase por allí el coche en el que viajaba Gisela podía tropezar con la misma y volcando ésta resultase herida, la apartó del camino, pero veinte minutos después se le ocurrió que lo que había hecho anteriormente era absurdo; entonces volvió sobre sus pasos y puso la piedra en el lugar donde estaba originalmente. 

—Después de la partida de su amada se apoderó de él una obsesión de comprensión que le hizo insoportable a los demás; esta obsesión consistía en que se obligaba a comprender cada una de las sílabas pronunciadas por sus eventuales interlocutores; en consecuencia preguntaba una y otra vez: «¿Qué has dicho?» o «¿Cómo dijo?» y cuando se lo repetían, pretendía que la primera vez habían dicho otra cosa y que sonaba de modo diferente.

—En 1904, teniendo nuestro sujeto 26 años, realizó su primer coito en Trieste. Aunque siempre le había horrorizado pensar en las prácticas sexuales orales, cuando estuvo con la muchacha se había alzado tan arriba de ella que fue como una invitación para que ésta le practicara la fellatio, cosa que no ocurrió. Cuando hubo terminado la relación sexual pensó que aquel goce había sido tan extraordinario que merecía la pena asesinar a su padre para conseguirlo (recuérdese que el padre había fallecido cinco años antes). La idea fue la siguiente: «¡Qué sentimiento glorioso! Para tenerlo uno haría cualquier cosa… por ejemplo, ¡asesinar a mi padre!».

—En 1905 (27 años) acudió a la consulta de Julius Wagner-Jauregg, el único psiquiatra que ha recibido el Premio Nobel de Medicina (en el año 1927 por su descubrimiento del método malarioterápico en el tratamiento de la parálisis general progresiva, producida por el Treponema pallidum), el cual tenía una orientación organicista y se mostraba como un opositor radical a las teorías psicoanalíticas. El motivo de la consulta fue la compulsión que padecía de presentarse a los exámenes demasiado pronto, sin tenerlos preparados, pues recibía mandatos internos que le ordenaban acudir a los exámenes porque tenía que apresurarse para poder casarse con su amada. El célebre psiquiatra le dijo que la obsesión que tenía era muy saludable y le aconsejó un tratamiento hidroterápico. Ernst acudió a un balneario de Múnich donde mantuvo relaciones sexuales (por segunda vez) con una enfermera que se quedaba en una habitación al lado de la suya y que le contó la conmovedora historia de su primer amor y la forma en que ella había sido llamada junto al lecho agónico de su amante. Este tratamiento le procuró un alivio de sus síntomas.

—En 1906, contando 28 años, se fue a vivir a Salzburgo y comenzó a considerarse vidente, pues continuamente le acosaban premoniciones, que se cumplían de una manera asombrosa, y se encontraba con personas en quienes había estado pensando momentos antes. También tuvo la íntima convicción de poseer el don de los sueños proféticos. En una ocasión acudió a un prostíbulo —a pesar de que las prostitutas le repugnaban— y cuando estaba en la habitación correspondiente con una prostituta, la propuso que se quitara la ropa para contemplarla desnuda; cuando ésta le pidió un cincuenta por ciento más de lo pactado por desnudarse, sintió una gran repugnancia, pagó y se fue muy alterado. Poco después de este incidente se le ocurrió la idea de que si Gisela le dijera que no debía tener placeres sexuales hasta que no se hubiera casado con ella ¿él haría voto de abstenerse? «Sí», dijo una voz en su interior. 

—Como sus trastornos mentales se volviesen a recrudecer decidió ir por segunda vez a aquel balneario en el que había encontrado alivio para su dolencia, pidiendo la misma habitación que había ocupado la primera vez y cuya situación había favorecido sus escarceos sexuales con la enfermera. Sin embargo, tuvo que alojarse en otra habitación, debido a que ésta estaba ocupada por un anciano profesor, pero no sin antes maldecir al viejo («¡Así lo parta un rayo!»). Quince días después, mientras dormía, se despertó con la sensación de tener cerca de sí un cadáver; al levantarse supo que dicho profesor había muerto fulminado por un rayo y que su cadáver había sido trasladado a la habitación a la misma hora en la que él se había despertado con aquella extraña sensación. Esta experiencia incrementó en él la íntima convicción de que era vidente y que poseía unas cualidades mentales excepcionales. Llegó a estar convencido que un deseo suyo había salvado la vida de su prima Gisela en dos ocasiones.

—En octubre de este mismo año tuvo el siguiente sueño: Gisela estaba prisionera. Él cogía sus espadas japonesas (que en la realidad tenía colgadas en la cabecera de su cama, las cuales estaban hechas de gran cantidad de monedas japonesas) y corría hacia el lugar donde sospechaba que ella estaba; allí la encontró apoyada en una pared donde estaba inmovilizada con empulgueras (instrumentos de tortura con que se apretaban los dedos pulgares de los pies).

—En 1907, a los 29 años de edad, finalizó sus estudios de abogado que, debido a sus inhibiciones mentales y a su lucha contra las obsesiones (leía durante horas pero no asimilaba nada), habían durado la friolera de diez años. Un día, mientras estaba paseando, se encontró en la calle con una mujer que sonreía de modo especial, a quien reconoció en seguida como una prostituta, o en todo caso como alguien que tenía relaciones sexuales con el hombre que la acompañaba. Entonces se le ocurrió la extraña idea de que Gisela estaba dentro del cuerpo de ella y que sus genitales estaban ubicados detrás de los de la mujer, de manera tal que su amada obtenía placer cada vez que la otra mujer copulaba; a continuación pensó que Gisela, en el interior de la mujer, iba inflándose hasta que la reventaba.

—En agosto de este mismo año fue a cumplir el período anual del servicio militar como reservista. Un día hicieron una marcha no muy prolongada y en un descanso perdió sus lentes, aunque no le hubiera sido difícil encontrarlos buscándolos con algún detenimiento. Cuando llegó al acuartelamiento telegrafió a su óptico de Viena para que le enviase otros contra reembolso. Durante este descanso en el que perdió los lentes había estado sentado entre dos oficiales. Uno de ellos, un capitán inclinado a la crueldad y partidario de los castigos corporales en la milicia, contó que había leído que en Oriente se practicaba un castigo singularmente espantoso. Dicho suplicio consistía en obligar a un preso a desvestirse, ponerse de rodillas y bajar su torso. A continuación se fijaba a sus nalgas con una correa un gran orinal agujereado, agujero por el que se introducía una rata hambrienta, a la que, una vez dentro del orinal, se la excitaba con una varilla al rojo vivo. El animal, al intentar sustraerse de la quemadura, penetraba a través del ano (abierto por la posición genuflexa) en el recto del supliciado. Al cabo de media hora, la rata moría asfixiada al mismo tiempo que el reo, destrozado por las lesiones internas que le habían producido las mordeduras del roedor. Tras escuchar este relato, que le impresionó sobremanera, surgió en nuestro sujeto la idea de que aquel tormento le podía suceder a una persona muy querida por él y pensó en su padre y en Gisela.

—Cuando días después llegaron los lentes que le había enviado su óptico, se los dio en mano el capitán Novak («el capitán cruel»), quien le indicó que los gastos postales (3´80 coronas) tenía que abonárselos al teniente A., supervisor de correos. En ese mismo instante, surgió en él la idea de que no devolvería el dinero porque que si lo hacía le sucedería a su padre y a su amada aquel suplicio de las ratas que había escuchado. Pero, a continuación, realizó a media voz el siguiente juramento: «Tienes que devolver las 3´80 coronas al teniente A.».

—Los ejercicios militares terminaron dos días después, durante los cuales Ernst realizó continuos esfuerzos para devolver al teniente A. la cantidad adeudada. Primeramente intentó pagarle por conducto de un oficial que iba a Correos, pero se alegró mucho cuando éste le devolvió el dinero alegando no haber encontrado al susodicho teniente en las oficinas postales. Por fin, encontró al teniente A., pero el oficial se negó a aceptar el dinero, diciéndole que él no había pagado nada por su cuenta y que ni siquiera estaba encargado del correo, función que correspondía a otro teniente llamado B.

—Debido a que su juramento había sido devolver las 3´80 coronas a este teniente, imaginó una serie de complicados manejos, tales como ir con los tenientes A. y B. a Correos; entonces el teniente A. daría a la encargada del servicio de paquetes postales las 3´80 coronas, que ésta entregaría al teniente B., y, entonces, ya podría él cumplir al pie de la letra el juramento entregando el dinero al teniente A.

—La noche en la que se celebró la última reunión de los oficiales antes del término del período militar le correspondió a Ernst contestar al brindis dedicado a «los señores reservistas», pero habló como un sonámbulo y esa misma noche no pudo dormir nada ya que argumentos y contraargumentos se agolparon en su mente. Finalmente pensó, ya agotado, que al día siguiente el teniente A. haría con ellos una parte del trayecto en ferrocarril hasta la estación ferroviaria de P. y aprovechando la ocasión, le daría el dinero rogándole que se lo entregase al teniente B. como disculpa.

— Pero cuando a la mañana siguiente llegaron efectivamente a la estación ferroviaria de P. no se atrevió a decirle nada; sin embargo habló con el asistente del teniente A. y le dijo que le anunciara a su teniente que le visitaría aquella misma tarde en el pueblo donde éste se encontraba acantonado, el cual se encontraba a una hora en coche de P. Después de complicadas cavilaciones cogió el tren que le conducía a Viena, pero en cada estación en que éste se detenía pensaba que aún podía bajarse y tomar un tren en sentido contrario para ir a cumplir su desatinado juramento. Cuando llegó a Viena en seguida buscó con afán a su amigo el doctor Springer, al que finalmente encontró y contó todo lo sucedido; como de costumbre éste le tranquilizó haciéndole observar que se trataba de ideas de cariz obsesivo. Esa noche durmió sin problemas y a la mañana siguiente, acompañado por su amigo, acudió a Correos, donde impuso un giro de 3´80 coronas dirigido a la empleada de Correos, que era, finalmente, quien había desembolsado el dinero confiando en la honorabilidad de aquel desconocido a nombre del cual había sido enviado el paquete postal contra reembolso.

—Lo curioso de todo esto era que, desde el primer momento, Ernst estaba al tanto de quién lo había reembolsado, ya que otro capitán le había explicado el verdadero estado de cosas antes de que el capitán Novak (‘el capitán cruel’) se dirigiese a él con los lentes, de modo que cuando este capitán se equivocó al advertirle que debía entregar las 3´80 coronas al teniente A., nuestro sujeto sabía ya de sobra que éste estaba en un error y que a quien realmente tenía que reembolsar el dinero era a la empleada de Correos. No obstante, Ernst realizó su juramento obsesivo con una premisa que sabía falsa de antemano y que, por consiguiente, era imposible de cumplir. Todo era, en resumen, una especie de farsa.

—Pero no obstante haber cumplido con el reembolso de las 3´80 coronas a su legítima dueña (la empleada de correos), las dudas y los mandatos internos volvieron a atormentarle. Entonces, decidió consultar con un médico con la idea secreta de pedirle un certificado donde constase que era necesario, para su restablecimiento mental, el llevar a cabo con el teniente A. aquella serie de manejos que había proyectado, de modo que, a la vista de este certificado, el oficial aceptaría de él las 3´80 coronas. Por casualidad cayó en sus manos un libro de un tal profesor doctor Sigmund Freud (Psicopatología de la vida cotidiana) y se decidió a consultar con él.

—Ambos se encontraron en la Bergasse nº 19, el día 1 de octubre de 1907, cuando Ernst Lanzer contaba veintinueve años y medio de edad.


***Texto publicado en «Cuadernos de Psicoanálisis de Castilla y León», número 6. Junio de 2003.