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EL SUEÑO FREUDIANO DE LA MANCHA BLANCA

             




             


              Comienza Miquel Bassols el capítulo 7 («El sueño freudiano de la mancha blanca») haciendo una referencia a la censura, la cual —nos dice— al borrar algo, al suprimirlo, nos hace suponer que allí, en el espacio en blanco resultante de ese borramiento, se encontraba lo más interesante. Así pues, esa censura se convertirá en agente de fantasías ignoradas y del deseo que se sostiene en ellas, tanto para quien sufre como para quien ejerce la censura. Pone como ejemplo el funcionamiento de la censura sobre el cine durante el franquismo. En la película «Mogambo» el censor, para evitar que apareciese una relación adúltera en el transcurso de la trama, cambió el guión en el doblaje de modo que, sin quererlo, el efecto resultante de este reemplazo fue que la relación adúltera se convirtió, a ojos y oídos de los espectadores de entonces, en una claramente incestuosa entre hermanos, relación mucho más peliaguda que la que en un principio se pretendía, tapar, censurar. En este caso la censura escondió su acción pero en general la censura se hace bien patente, se muestra a sí misma en el espacio en blanco que deja. En esto se distingue de la represión, con la que —nos dice el autor— no debe de confundirse pues la represión conseguida no deja rastro mientras la censura sí lo deja. Es más, el poder evocador de la censura levanta, y no cierra, las barreras de la represión. La censura convierte un espacio en blanco en el que algo no cesaba de no escribirse en un espacio en blanco en el que algo, el deseo ignorado, cesa de no escribirse.


             

              A continuación, pasa a ocuparse del muy famoso sueño de Freud («El sueño de la inyección de Irma»), relatado y analizado por él en el capítulo II de «La interpretación de los sueños» como ejemplo del análisis de un sueño. Se trata del sueño que tuvo la noche entre el 23 y el 24 de julio de 1895 mientras pasaba sus vacaciones veraniegas con su extensa familia (esposa, cuñada y cinco hijos, pues la pequeña Anna aún estaba en el vientre de su madre) en el palacio Belle Vue, situado en Cobenzl, cerca de Grinzing, en los bosques que rodeaban por el norte la ciudad de Viena. Esta construcción, de la época tardía del Biedermeier se alquilaba como hotel a las familias vienesas que huían en los meses de verano de los calurosos días y del ajetreo propio de la ciudad imperial de los Habsburgo.

              

              Este sueño marcó un antes y un después en su vida porque con él inició el descubrimiento del inconsciente y el método psicoanalítico. La suma importancia que Freud le otorgó la muestra a las claras en la carta que le envió, desde el mismo lugar de Belle Vue, a su todavía amigo, el otorrinolaringólogo berlinés Wilhem Fliess, el 12 de junio de 1900 (es decir, cinco años después de haberlo soñado y siete meses después de la aparición en las librerías de su «Interpretación de los sueños»). En esta carta escribió lo siguiente: «¿Crees tú por ventura que en la casa se podrá leer sobre una placa de mármol:?

                                    Aquí, el 24 de julio de 1895,

                               se le reveló al Dr. Sigmund Freud

                                        el secreto de los sueños».


              Este deseo fantasioso de Freud en aquellos momentos se hizo, finalmente, realidad el 6 de mayo de 1977, coincidiendo con el 121 aniversario de su nacimiento. Ese día la vienesa «Sociedad Sigmund Freud», en presencia de su único vástago aún vivo (su hija pequeña Anna, que ya contaba 82 años de edad) colocó un monolito de mármol sobre el que se instaló una lápida de bronce conteniendo esa frase, en el lugar donde anteriormente se había levantado el palacio Belle Vue, el cual fue destruido durante la Segunda Guerra Mundial y nunca fue vuelto a reconstruir.


               Se trataba para Freud de demostrar que el secreto de los sueños, que se le reveló aquella noche, es que son realizaciones de deseos, de deseos por lo general inconscientes, ignorados por el propio soñante. Para ello se pone a la labor sometiendo el contenido manifiesto de su sueño de la inyección de Irma, «a un penetrante y minucioso análisis», es decir que intenta leerlo como una interpretación del sentido cifrado en él. Como nos dice Miquel Bassols: «para creer que un sueño es algo que puede leerse hay que ser un poco sensible a la página en blanco [...] y creer que hay allí algo que se escribe y se da a leer».


               Para resumir, pues el tiempo apremia, el sueño de la inyección de Irma tiene dos partes. Freud nos dice que «el sueño se muestra hacia su fin más oscuro y comprimido que en su principio». Durante la primera parte está el ego, el Yo de Freud, atendiendo a los invitados a una fiesta en un amplio vestíbulo. Entre ellos se encuentra Irma (una paciente que atendía, sobre quien había hecho un informe aquella tarde previa al sueño, que en realidad se llamaba Anna Lichtheim), a la que lleva aparte y la culpa de los dolores que padece. Ella le responde: «Si supieras los dolores que tengo ahora en el cuello, en el estómago y en el vientre; me siento oprimida». Como el ego de Freud la ve con mal aspecto —pálida y abotargada—, piensa que padece una enfermedad orgánica (y no de origen psíquico, histérico, como había considerado). La lleva al lado de la ventana e intenta revisarle la garganta. Tras mostrarse en un principio renuente a tal maniobra, al fin, Irma abre bien la boca. Una visión infernal, monstruosa e informe se le da a ver. El ego de Freud observa una gran mancha blanca a la derecha y en otras partes unas extrañas formaciones rugosas parecidas a los cornetes nasales sobre los que se extienden unas escaras blanco-grisáceas. Según nos dice Miquel Bassols, «Ante esta imagen terrorífica de lo que no tiene imagen, ante esta imagen imposible de la muerte, Freud encontrará la revelación de lo real más impenetrable, del objeto por excelencia de la angustia».


              Tras esa horrorosa visión del interior de la boca de Irma, visión angustiosa de un real indecible, Freud no se despierta de ese sueño de angustia taquicárdico y empapado en sudor porque es un sujeto decidido en su deseo y tiene agallas. «Freud sigue soñando así en el propio espacio de la mancha blanca», nos dice Miquel Bassols.  El sueño prosigue pero en esta segunda parte ya no está el ego de Freud pues éste se ha fragmentado y se muestra entonces en su verdadera dimensión: según nos enseñó Lacan, el ego, el Yo, es la suma de las identificaciones imaginarias del sujeto. Así es que llama a otros tres hombres (al doctor M. y a sus amigos Otto y Leopold), quienes, mientras la examinan, exploran y percuten, inician entre ellos un parloteo sin ton ni son, un verdadero diálogo de besugos sobre el origen y el pronóstico de la enfermedad que sufre Irma. Lacan los llama «trío de payasos». Finalmente, todos ellos saben de dónde proviene la infección y quién es el culpable: fue Otto quien la puso una inyección con un preparado de trimetilamina (sustancia que da su olor característico, a pescado, al líquido seminal cuando éste se oxida en contacto con el aire). Y además, era probable que la jeringuilla estuviese sucia. Nos cuenta Freud que en ese momento vio en el sueño la fórmula química de la trimetilamina escrita en gruesos caracteres.


              La interpretación tan exhaustiva que Freud realiza, punto por punto, de su sueño puede tender al infinito, nos indica Miquel Bassols, «ya que cada elemento de su contenido manifiesto conduce al menos a otras dos representaciones, y va abriéndose así en una multiplicación incesante». Pero finalmente todas las asociaciones convergen y se ordenan alrededor de un punto ligado a lo desconocido que Freud llamará «el ombligo del sueño», un punto real donde ya no hay representaciones y donde todas las asociaciones se detienen. Es un punto opaco y vacío donde algo no cesa de no escribirse: la sexualidad femenina y la muerte.


              De la mancha blanca del sueño de la inyección de Irma al «continente negro» de la sexualidad femenina, sobre la que un Freud ya anciano confesó que había sido su gran enigma, que nunca pudo resolverlo de modo satisfactorio. Nos indica el autor que Freud se quedó algo fascinado por esa mancha blanca, lo que le impidió llegar a ver su condición de letra, y es por eso mismo que se transformará en su obra en un continente negro, en un exceso de letra.

             

             Y finalizo mi intervención con palabras de Miquel Bassols: «Esa mancha blanca está ahí para indicar que hay un no saber irreductible que no deja de no escribirse en todo saber. Ésa es la hipótesis del inconsciente como heterogéneo al campo supuestamente objetivo del conocimiento».



*** Intervención realizada durante el Symposium celebrado el 18 de mayo de 2012 en la Casa Junco de Palencia, Campus de Palencia, Universidad de Valladolid, con motivo de la presentación del libro «Lecturas de la página en blanco. La letra y el objeto» del psicoanalista Miquel Bassols. Publicada en «Análisis. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León» Nº 25. Diciembre 2012.