Calle Los Soldados, 20 2ºC 34001 Palencia

CUENTOS Y RELATOS (I): «EL PROFESOR GIUSEPPE LOMBARDI»


              Aquella noche, la sala se encontraba por completo abarrotada y varias personas se quedaron sin poder entrar. No había sido difícil llenar hasta los topes   el «Teatro Maravillas» en las dos funciones diarias que se anunciaban —la de tarde y la de noche— durante toda la semana, máxime si tenemos en cuenta que era época de fiestas patronales y que, por aquel entonces, aún no se había inventado la televisión; así es que quien deseaba ver algún espectáculo tenía que asistir a él en vivo y en directo. 

             La última función, la de despedida, había comenzado con la actuación de «Los hermanos Dalton», tres enanos que realizaron juegos malabares y dieron volatines que despertaron la hilaridad del público. Después actuó la despampanante Désiré —apodada «la reina de las alturas»—, una rubia platino funambulista que se desplazó, ayudándose de un balancín, sobre un fino cable de acero tendido a varios metros de altura y sin ningún tipo de red debajo. Luego fue el turno de un domador con rasgos mongoles —«Gengis Kan»—, quien logró arrancar fuertes aplausos primero con una pareja de chimpancés y después con tres caniches que hicieron cabriolas y jugaron, entre ladridos, al escondite con su amo.

             A continuación, «la dulce Fátima» dejó boquiabiertos a los espectadores cuando, tras realizar varios ejercicios de contorsionismo, abandonó el escenario —descoyuntada por completo— metida dentro de una maleta de piel de cocodrilo que se llevó consigo el presentador. Poco después volvió al escenario a saludar y se arrancó a cantar «La bien pagá». Ni que decir tiene que cosechó los mayores aplausos hasta entonces, aunque el graciosillo de siempre dijo en voz alta que desafinaba. Ella se lo tomó como un desafío y, a continuación, cantó «Tatuaje» con tanta garra y tanta hondura que a varios de los espectadores se les saltaron las lágrimas de la emoción. La ovación final fue cerrada.    

             En el obligado descanso se rifó un jamón de siete kilos (demasiados kilos para lo poco que abultaba) que le tocó precisamente a la hija del señor alcalde, quien asistía a la representación en compañía de una amiga —hubo comentarios para todo; los más suspicaces dijeron que la rifa estaba amañada—, y la gente aprovechó para ir al ambigú a remojarse el gaznate, a saludarse y a realizar los cotilleos de rigor. 

             En la segunda parte, el primero en aparecer fue «el mago Freddy», que ejecutó dificultosos juegos de magia: convirtió el agua en vino, se zafó del abrazo de unas gruesas cadenas con las que había sido atado y sacó de su turbante dos palomas y un conejo. Después —en una exhibición de faquirismo—, tragó fuego y lanzó llamaradas por la boca, se introdujo unos largos y afilados puñales por la garganta y, finalmente, descansó semidesnudo sobre los restos de dos botellas de vidrio que antes él mismo había hecho añicos. Los aplausos fueron atronadores. 

             Más tarde les tocó el turno a dos payasos que, la verdad sea dicha, arrancaron del público sólo unas pocas carcajadas porque eran muy sosos; lo único bueno fue cuando se dieron unas estruendosas bofetadas. Tras ellos apareció en escena un hombre velludo, calvo y achaparrado que iba vestido como si viviera en tiempos prehistóricos. Según relató el presentador a los espectadores, se trataba de un sujeto tan bruto que, siendo aún mozo, había matado en su pueblo a una mula de un solo puñetazo. Desde entonces se le apodó «Brutus». El forzudo, emitiendo unos fuertes alaridos, rompió un ladrillo de un puñetazo, levantó con los dientes una máquina de coser con su mueble —que previamente había sido atado a una soga—, y alzó por encima de su cabeza unas pesas que, poco antes, no habían podido levantar ni un solo palmo dos fornidos voluntarios que se ofrecieron de entre el público.

             Y para finalizar ya el espectáculo con broche de oro, el engolado presentador anunció, con encendidos elogios, la próxima presencia en el escenario del reputado profesor Giuseppe Lombardi, un famoso hipnotizador que se encontraba en el cénit de su gloria pues venía de realizar una gira triunfal por Europa y recientemente había logrado la hazaña de hipnotizar a un león —en el lugar conocido como «La Leonera»— de la Casa de Fieras del Parque del Buen Retiro madrileño.

             El profesor Lombardi, de elevada estatura y de porte imponente, entró en escena, grave y reposado, exhalando aplomo y seguridad. Mientras se iban apagando de modo gradual las luces eléctricas, el profesor comenzó a encender, con parsimonia, primero las velas de cuatro candelabros dorados y después varios cirios estratégicamente dispuestos que dieron un aspecto bastante siniestro al escenario. Después se dirigió hacia una mesita donde prendió un candil y quemó, en un recipiente de cobre parecido a un incensario, unos hierbajos que desprendieron un humo blanquecino que inundó toda la sala. Se oyeron algunas toses. Un niño, que acompañaba a sus padres, comenzó a berrear presa del miedo. Otras dos niñas, en la misma situación, se sumaron al berreo. Un acomodador sacó a los mocosos y a sus madres del recinto, y, también, a un señor muy trajeado que sufrió un ataque súbito de asma. Se exigía, para la demostración de hipnotismo, un absoluto silencio. 

             De rostro armonioso y bien dibujado, labios carnosos, ancha frente y poblada barba, ataviado con una larga bata de seda lila —que recordaba a la de Zoroastro—, con una enorme piedra verde en forma de ojo colgando sobre el pecho, el profesor Giuseppe Lombardi miró de modo detenido, con sus penetrantes ojos de color gris acero, al público y, a continuación, dijo con voz  pausada y grave: 

            —Para poner a prueba mis poderes mentales preciso de voluntarios... Si realizase la demostración de hipnotismo con gente que yo mismo escojo, se dirá luego que todo aquello que vio y que oyó aquí fue una mentira, un teatro, una patraña, una burda charlatanería... Pero resulta que lo que yo hago, señoras y señores, es algo muy serio, que ha sido contrastado científicamente tanto por la Academia de Ciencias de París como por el eminente y famoso profesor Jean Martin Charcot y su insigne alumno el doctor Charles Richet, que llegó a obtener, nada menos, que el premio Nobel de Medicina... Y por muchos otros hombres abnegados, estudiosos y sabios que han buceado, a lo largo de la historia de la Humanidad, en las oscuras profundidades y meandros de la inextricable alma humana... Por eso permíntanme que les cite en primer lugar al gran Franz Anton Mesmer, el maestro de todos y con quien dicen que guardo cierto parecido, al abate Faria, al marqués de Puységur, y a los doctores James Braid y John Elliotson..., por nombrar sólo algunos pocos.

             Tras proferir pausadamente estas palabras, el profesor Giuseppe Lombardi vagabundeó, cabizbajo, de un lado a otro del escenario. De pronto detuvo su marcha, miró de nuevo al público y prosiguió diciendo:

             —Pero como no quiero aburrirles más con mis comentarios, señoras y señores, damas y caballeros, pasemos sin más tardanza a la demostración... Así es que pido cinco voluntarios de entre ustedes, de los cuales sólo me quedaré al final con uno: el que haya demostrado mejores aptitudes, aquél que yo considere que se adapta más a la situación... No teman, señoras y señores, que nada malo les sucederá… ¡Pónganse en mis manos! ¡Prometo no defraudarles! ¡Anímense...!

             Pasó un buen rato hasta que, por fin, se decidió a subir al escenario el primer voluntario. Los suaves murmullos que había en la sala arreciaron y, poco después, apareció el segundo. A continuación, de un golpe, los tres siguientes. El profesor los fue saludando, uno a uno, mientras los alineaba. Se trataba de tres mujeres y de dos hombres. Con voz firme el profesor Lombardi exclamó:

             —Les agradezco mucho a estas cinco personas su colaboración. Les pido que, ahora, cierren con suavidad los ojos y que pongan sus pies juntos... Así, muy bien. Un pie junto al otro... Eso es... Relájense... Dejen su cuerpo libre de tensiones, dejen su mente libre de preocupaciones... Muy bien. Así... Se están sintiendo ustedes relajados y a gusto. Sí; muy a gusto... Ahora, ruego a cada uno de ustedes que entrecruce entre sí los dedos de sus dos manos... Así, así, eso es... Aprieten, aprieten sin ningún temor sus dedos entrecruzados... No sé si habrán reparado en que sus dedos desean apretarse cada vez más y más..., cada vez más. Es que sus dedos están muy felices colocados de este modo y no desean separarse… Sus manos están pero que muy a gusto así, juntas, y no desean separarse la una de la otra... Y no se separan ni un milímetro porque los dedos están muy unidos...; sí, muy unidos... Los dedos están ya pegados del todo unos a otros y no se pueden desunir. Aunque ustedes lo quieran... ¡ya no los pueden separar! Aunque lo intenten, no son capaces... ¡Traten, traten de separarlos y comprobarán que no pueden...!   

             Tras esta enérgica orden del profesor Lombardi uno de los voluntarios separó con rapidez los dedos de sus manos; dos más tuvieron alguna dificultad; y los otros dos restantes, aunque en su cara se notaba el esfuerzo que estaban realizando, no lograban apartar del todo sus dedos entrecruzados. 

             Después de despedir, con exquisita amabilidad, a los tres primeros, pedir un fuerte aplauso para ellos e invitarles a seguir con mucha atención la demostración desde sus asientos, el hipnotizador se situó detrás de los dos voluntarios que habían quedado: un hombre de mediana edad y una mujer joven.              Con voz suave pero profunda el profesor siguió diciendo:

             —Muy bien... Les felicito a ustedes dos. Han superado la primera prueba. Les pido ahora a ambos que vuelvan a cerrar con suavidad los ojos y a poner juntos sus pies... Cierren los ojos con serenidad, con mucha tranquilidad... Relájense...; aflojen sus músculos..., ¡siéntanse bien! Así... Es muy agradable sentir todo el cuerpo relajado. Sí, muy agradable... Pero más agradable todavía es dejarse caer hacia atrás, como hacen los paracaidistas. Cuentan que es una sensación maravillosa... Es una sensación sublime... No teman, no les pasará a ustedes nada malo si lo hacen... Yo, el profesor Lombardi, estoy aquí, detrás, y por supuesto que no permitiré que se hagan el mínimo daño, el mínimo rasguño, pues les cogeré antes de que lleguen al     suelo... Sí; es muy agradable dejarse caer hacia atrás... Muy agradable... Su cuerpo está deseando intensamente hacerlo... Su cuerpo desea tener la experiencia de dejarse caer hacia atrás y no teme lastimarse; no tiene ningún temor porque yo lo cogeré... Estoy aquí, detrás... ¡Ahora! ¡Ya! ¡Déjense caer!

             A continuación de esa rotunda orden del hipnotizador, el hombre se dobló hacia atrás, se balanceó durante unos instantes, y, después, recuperó la posición vertical. Sin embargo, la mujer se dejó caer de espaldas como si fuera un fardo que, con gran habilidad, el profesor Lombardi sostuvo entre sus brazos. ¡Ella era la elegida! 

              Una vez que el profesor hubo despedido al otro voluntario, no sin antes haber pedido al público un fuerte aplauso para él, se dirigió, sonriente, a la mujer.

             —¿Cómo se llama usted? —preguntó.

             —Milagros Pérez de Valderrama... —contestó la joven a media voz.

             —¿Señora o señorita? —siguió interrogando.

             —Señorita... —respondió la joven mirando al suelo.

             —Muy bien señorita Milagros... —prosiguió el hipnotizador—. He terminado escogiéndola a usted porque se me hace evidente que tiene una gran confianza en mí. Se lo agradezco de todo corazón... Gracias por su inestimable colaboración... Ahora, haga el favor de venir hacia aquí y sentarse en esta silla. Le ruego, encarecidamente, que se concentre al máximo en todo lo que voy a decirle... Señorita Milagros, míreme fijamente a los ojos... Fijamente… Y trate de pestañear lo menos posible, tal como yo lo hago... Así... Lo está haciendo usted muy bien... Míreme con fijeza a los ojos y concéntrese en ellos... Bien, muy bien... Así... Poco a poco va a ir sintiendo un ligero peso en los párpados... Ya lo está empezando a percibir... Sí, nota peso en los párpados... Cada vez más peso... Cada vez le pesan más sus párpados. Sus ojos parpadean y tienen un poco de sueño... Sí; tiene sueño en los ojos, por eso parpadean tanto... Sus ojos están cansados, fatigados... Y quieren dormir... Sus ojos y sus párpados están aturdidos... Sus párpados y sus ojos desean dormir y descansar de una vez... No aguantan más mi mirada... ¡Ya no la soportan más! Están completamente agotados... Así es que, a continuación, voy a contar hasta tres. Cuando yo cuente tres sus ojos descansarán, se cerrarán los párpados y usted se dormirá: uno..., dos..., ¡y tres! ¡Sus párpados se cierran del todo y usted se duerme! Bien... Eso es... Así, muy bien... Duerma tranquilamente... Respire hondo... Así... Vamos..., túmbese aquí señorita, en este diván que le ofrezco, para descansar más tranquila... Venga, venga..., acuéstese sin miedo que yo le ayudo. Muy bien, señorita…, muy bien.  Ahora relaje todos los músculos...

             —¡Lombardi! ¿Ahora te la vas a tirar, eh?— se le oyó decir al graciosillo de siempre.

             El profesor Lombardi giró con rapidez su cabeza y dirigió una mirada tan iracunda y fulminante —sus ojos echaron chispas— al graciosillo de siempre, que éste comenzó a sudar y a quedarse pálido. A continuación, tuvo que ser evacuado del recinto presa de un súbito desvanecimiento

              Pasado este incidente, el hipnotizador, recuperando su tranquilidad habitual, volvió a concentrarse en su trabajo y siguió diciendo:

             —Le ruego que perdone esta pequeña interrupción, señorita Milagros... La ignorancia, por desgracia, siempre ha sido y seguirá siendo la madre de todos los atrevimientos... Como le iba diciendo, se encuentra usted muy relajada... Todos los músculos de su cuerpo están flojos, no poseen ninguna fuerza... Hasta el punto que usted se siente flotar... Está teniendo la sensación de no pesar nada, de ser ligera como una pluma... Nota que su cuerpo posee una enorme liviandad... Nota en él como una especie de ingravidez... Y se siente ascender hacia lo alto... Sí... Muy bien, eso es... Sube hacia arriba, hacia arriba, hacia arriba... ¡Señorita, ya alcanzó la altura donde antes estuvo haciendo su ejercicio la bella Désiré...! Pero a usted le parece poco y sigue queriendo subir aún más... Y sigue subiendo más y más arriba... ¡Sí; eso es! Muy alto, ¡muy arriba...! (La muchacha comenzó de pronto a aletear con los brazos). Así... Así... Vuele, vuele como un pájaro señorita Milagros..., vuele más alto que el cóndor..., vuele sin ningún miedo hacia arriba... Siga, siga volando...

             El profesor Lombardi se alejó unos instantes del diván rojo granate donde estaba tendida la mujer aleteando, se acercó a la mesita y volvió a encender otros hierbajos en el recipiente de cobre que esta vez desprendieron un humo anaranjado. Nadie tosió, sólo se escucharon unos leves carraspeos.  
             Tras realizar esta operación, el hipnotizador volvió a colocarse a su lado y prosiguió:

             —Señorita, ha volado usted tanto y tan bien que ha llegado muy, muy arriba y compruebo que en estos precisos momentos se encuentra en medio de un cielo poblado de innumerables estrellas, constelaciones y galaxias... ¡Oh! ¡Pero qué hermoso es todo eso que está contemplando a su alrededor...! Mire, mire... Allí, a su derecha, está el poderoso planeta Júpiter adornándose con sus cuatro lunas... Y frente a usted se encuentra la constelación de la vanidosa reina Casiopea sentada en su trono y acicalándose los cabellos... Al lado, la de su esposo el rey Cefeo... Y debajo, la de la hija de ambos, la princesa Andrómeda, encadenada a la roca de un acantilado y ofrecida como sacrificio a Ceto, la monstruosa criatura de las profundidades marinas... Pero no tema por su salud, señorita Milagros, pues ahí viene a la carrera el intrépido Perseo, blandiendo su espada en la mano derecha y sosteniendo en la izquierda la cabeza cortada de Medusa, para rescatarla de sus fauces y casarse con ella... ¿Y esa lluvia de cientos de estrellas que refulgen por unos instantes en la oscuridad y luego desaparecen como si fueran fuegos de artificio...? ¡Pero si son las Perseidas que la saludan y le dan la bienvenida...! Siga, siga volando, señorita, que yo la guío... Así, muy bien... Eso es... ¡Y ahora está pasando cerca de Sirius, la estrella más brillante del firmamento después del Sol! Puede usted tocarla con las manos sin que sienta ninguna quemazón... (La joven hizo el ademán de palpar algo con ambas manos).

             Observando el comportamiento de  la voluntaria, el hipnotizador esbozó una leve sonrisa y dijo:

             —¡Oh! pero qué espléndido es poder acariciar a Sirius y sentir su ligero y reconfortante calorcillo! ¡Qué apasionante es volar y desplazarse por el espacio intersideral! Incluso más allá de las estrellas... Es una sensación en extremo agradable... Sí, es muy reconfortante... Ahora descanse tranquila... Yo, el profesor Lombardi, me encuentro junto a usted, y usted, señorita Milagros, confía ciegamente en mí. Concéntrese sólo en mi voz. Todo lo demás ya no importa nada porque ha dejado de existir. De ahora en adelante sólo existirán mis palabras... Ellas le irán guiando en un fantástico viaje hasta los confines de la mente...

             El hipnotizador dejó a la joven, en cuyo rostro se dibujaba una beatífica sonrisa, tumbada sobre el diván y dio unos pasos hacia el público, que comenzó a aplaudir, de modo tímido primero y enérgicamente después. 

             El profesor inclinó, sonriente y satisfecho, varias veces la cabeza mientras decía:

             —Gracias, muchas gracias, querido público... Agradezco sobremanera sus benevolentes aplausos... Deseo informarles que la señorita Milagros se encuentra en pleno trance hipnótico. Está, en estos momentos, sumida en un profundísimo sueño, en un estado que los hipnotizadores denominamos sonambúlico... Por eso, cuando se despierte, cuando yo mismo la despierte tras la demostración, no recordará absolutamente nada de lo que sucedió durante este tiempo... Su cerebro tendrá después una amnesia total y permanente... A continuación, como ésta es mi última actuación ante un tan respetable público, que ha acudido a mis demostraciones durante toda la semana, me propongo realizar con ella una experiencia hipnótica de extrema dificultad, llamada de catalepsia total... Ésta consiste en que voy a intentar conseguir, con mis poderes mentales, que su cuerpo adquiera la consistencia que tiene una tabla de madera, la dureza que poseen una roca o un bloque de hielo... En este estado de catalepsia total, de rigidez extrema, la pondremos tumbada entre dos sillas… En una de ellas colocaré su cabeza, su nuca, y en la otra los talones de sus pies. Observarán ustedes con sorpresa cómo no se caerá... Comprobarán que se sostiene así, en esta inverosímil posición, y, además, después..., ¡se pondrá de pie sobre ella uno de los hermanos Dalton!

             Y dicho esto, el profesor Lombardi, tras encender otros hierbajos en el recipiente de cobre que desprendieron un humo azulado —que sólo produjo ligeras toses entre el público—, volvió sus pasos hacia el diván donde se encontraba la joven durmiendo su plácido sueño. 

             A continuación, comenzó a darle pases con las manos abiertas sobre todo el cuerpo, desde la cabeza a los pies, mientras con voz monótona decía:

             —Señorita Milagros, ya estoy aquí con usted de nuevo... Observo que se encuentra relajada y tranquila... Siga así, durmiendo y escuchando sólo mi voz... Eso es... Ésta le dice que cada vez está sintiendo usted menos ese estado de ingravidez en el que se hallaba... Cada vez menos... Esto es debido a la fatiga que le ha producido su emocionante vuelo cósmico... Sí; está notando que su cuerpo es menos ligero y cada vez está pesando más... Por eso va cayendo, suavemente, desde allá arriba. ¡Oh!, ya va bajando... (La joven comenzó a aletear de nuevo pero esta vez de un modo más pausado). Así, poco a poco, con calma, con mucha calma… ¡Qué bien lo está haciendo...! Con mucha, mucha suavidad... Eso es... Así... Despacio... ¡Oh! señorita, ya bajó del todo, ya está usted aquí de nuevo entre nosotros, ya regresó otra vez al diván! Ahora descanse tranquilamente en él que bien merecido lo tiene... ¡Qué hermoso ha sido el viaje interestelar! ¡Qué increíble y excitante! Pero resulta que, ahora, su cuerpo sigue poniéndose más pesado... Sí; nota que su cuerpo pesa más y más... Está pesando ya mucho..., ¡mucho! Su cuerpo, de la cabeza a los pies, se está poniendo rígido como si fuera una tabla de madera... Todo su cuerpo está adquiriendo la solidez que tiene un bloque de hielo, la dureza de una roca de granito... Sí... Está pesando mucho y está muy duro, muy rígido...

             Cuando el profesor dijo estas últimas palabras, una voz de mujer, que no era la de la señorita Milagros y que parecía salir de ultratumba, se dejó oír:

             —¡Rígido te vas a quedar tú cuando exhales tu último suspiro...! No lograré descansar en la paz eterna hasta que no estemos por fin juntos... Vengo a llevarte conmigo... Sí... ¡Conmigo!    

             —Pero... —balbuceó, confundido, el profesor Lombardi—, ¿es usted, señorita Milagros, quien me habla? Perdóneme pero no he comprendido bien...

             —Ya irás comprendiendo... —siguió diciendo la lúgubre voz—. Ahora, el alma y el cuerpo de esta mujer son sólo míos. Tu influencia sobre ella ha dejado de existir... De ahora en adelante sólo dirá y hará lo que yo le mande... Pero... ¿es que  no me reconoces? ¡Será posible...! ¿No te suena mi voz? ¡Claro! Lo comprendo... Es que te estoy hablando desde mucha, mucha distancia... ¡Desde la distancia infinita que hay entre la vida y la muerte!

             El hipnotizador dio unos vacilantes pasos hacia atrás y, con rostro de preocupación, se dirigió nerviosamente al público:

             —Señoras y señores... No es la primera vez que me sucede una cosa así en mi ya dilatada experiencia... Quiero informarles que, en mi opinión, estamos ante un caso de doble personalidad; o quizá de triple... Un trastorno mental con el cual se debe ser extremadamente cuidadoso... La mente de las personas que lo padecen es muy, pero que muy complicada... En estos casos creo que lo más prudente es finalizar de inmediato la demostración de hipnotismo... Así es que he decidido, no sin haberlo sopesado antes, que voy a deshipnotizar a la señorita Milagros. Es por eso por lo que me propongo despertarla dentro de unos instantes... La verdad es que, señoras y señores, mi distinguido público, que siento mucho, ¡créanme!, que esta experiencia concluya aquí...

             —¡No tengas tanta prisa! —se le oyó decir a la tenebrosa voz.

              El profesor Giuseppe Lombardi, con el rostro desencajado, se dirigió, tambaleante, hacia el diván donde estaba la joven mujer acostada y le dijo:
             —Señorita Milagros, de nuevo estoy aquí junto a usted. Siga concentrándose en mi voz, sólo en mis palabras... He de decirle que este viaje mental que usted ha realizado ha sido estupendo pero, como todo en esta vida, tiene que haber un final... Muchas gracias de nuevo por su ejemplar colaboración... Es, pues, hora de que vaya despertando... Sí, sí...; ya es la hora. Porque ya se está cansando de estar dormida tanto tiempo. Y le apetece despertar... ¡Qué bien abrir los ojos y despertar! ¡Lo desea tanto...! Así es que dentro de poco se despertará y se encontrará muy bien, con el ánimo alegre por haber participado en esta experiencia, aunque he de indicarle que no recordará nada de ella... No recordará absolutamente nada de lo que pasó... Cuando yo cuente hasta tres, se despertará. Cuando yo cuente hasta tres, sus párpados se levantarán... Abrirá los ojos y se despertará por completo...Y cuando se despierte se sentirá contenta y feliz, con un suave frescor sobre la frente y con la sensación de tener la mente abierta y despejada... A continuación voy a comenzar a contar, a contar hasta tres... Cuando me oiga que cuento tres se despertará y sus ojos se abrirán. Y ya comienzo a contar: uno...; ahora cuento dos...; y ahora..., ahora... ¡cuento tres! ¡Despiértese! ¡Ya! 

             Sin embargo, a pesar de la tajante orden del hipnotizador, la joven ni abrió los ojos ni se movió una sola pizca. Entonces sus sonrosados labios se movieron mecánicamente, como si tirasen de ellos con hilos invisibles, y dejaron salir otra vez aquella voz cavernosa:
             —Compruebo que no admitiste en tu dura mollera nada de lo que te dije... Esta mujer no despertará hasta que a mí me plazca porque su voluntad ya no te pertenece... Así que no insistas. Creételo de una vez por todas. Pero... ¿es que no quieres saber quién soy? ¿No te acuerdas ya de mí...? ¿El profesor ya se ha olvidado de aquélla que cayó en sus garras y que fue víctima de su palabra embustera...? ¿Ya se olvidó el ilustre profesor Lombardi de aquélla a la que dejó abandonada en la aldea que lo vio nacer? ¿No recuerda el profesor cuando huyó como un cobarde? ¿Y cuando dejó completamente solos a una casi niña, que le amaba con pasión, y al fruto de ese amor...?

             —¡Olguita! ¡Eres tú...! —gritó el profesor Lombardi llevándose las manos a la cabeza.

             —¡Vaya, hombre! Al menos recuerdas mi nombre, aunque ya no te suene mi voz... Escucha lo que tengo que decirte: he venido a llevarte conmigo... No lograré encontrar la paz aquí, en el Más Allá, hasta que no te tenga a mi lado... Juntos otra vez los dos... ¡Cuánto tiempo lo he deseado! Pero hasta ahora nunca antes habías conseguido un sueño hipnótico tan profundo en ninguno de tus innumerables voluntarios... ¡Te felicito por ello! El alma de esta señorita viajó hasta los confines de los espacios interestelares. Y allí me hice con ella... Sí, sí..., la atrapé y desde entonces es mía y sólo mía. Ahora ven... Vente conmigo de una vez... Ambos estaremos juntos al lado de nuestro hijo, que también vaga por los espacios infinitos junto a mí... ¡Sí...! ¡Al fin los tres juntos para toda la eternidad!

             De pronto, se abatió sobre la sala del «Teatro Maravillas» una ráfaga de aire, que nadie supo de dónde provenía, que apagó de golpe todas las velas, los velones y el candil. En la tétrica oscuridad se le oyó gritar al hipnotizador:
             —¡No...! Olga..., ¡no! ¡Perdóname! Lo siento... ¡Déjame! ¡Por favor...! Pero, pero..., ¿qué quieres? ¿qué estás haciendo...?

             Unos instantes después pudo escucharse una horrísona carcajada —que dejó helada la sangre de los espectadores—, seguida de un ¡ay! y de un seco ¡plaf!

             Mientras tanto, el público, despavorido, saltaba de una silla a otra; las mujeres gritaban y lloraban de manera histérica y los hombres proferían juramentos. Se empujaban, se golpeaban, se mordían, se arañaban y se pisaban intentando alcanzar la puerta de salida. El mobiliario resultó afectado de graves daños. Hubo algunos heridos y muchas contusiones. La hija del alcalde —según contó después la amiga que la acompañaba— se meó encima de miedo y, además, durante el tumulto, le birlaron el jamón de los supuestos siete kilos que había ganado en la rifa.

            Cuando, por fin, se pudieron encender las luces eléctricas, la tensión emocional de los concurrentes fue amainando y, de modo reflejo, todos miraron hacia el escenario. En él se encontraba aún dormida, tumbada sobre el diván de color rojo granate, la señorita Milagros. Y contemplaron horrorizados que en el patio de butacas yacía el cuerpo sin vida del profesor Lombardi, quien, según peritajes médicos posteriores, se había desnucado al caer allí desde el escenario

             Las autoridades judiciales decidieron abrir un expediente sobre aquellos extraños sucesos habidos en el «Teatro Maravillas», pero pronto fue archivado porque se consideró que todo lo acaecido había sido un fatal y desgraciado accidente: el profesor Lombardi, en la oscuridad, habría dado un mal traspié y se había precipitado desde el proscenio sobre el patio de butacas, rompiéndose la base del cráneo. 

             Desde luego que la señorita Milagros Pérez de Valderrama no pudo, en absoluto, empujarlo porque en ningún momento nadie vio que se despertase o que se moviese lo más mínimo del diván. Es más, tuvo que ser trasladada a un hospital, donde fue reanimada, tras muchos esfuerzos, por los médicos. Los familiares y amigos que la acompañaron en ese trance contaron que, cuando por fin abrió sus enormes ojos, mostró estar alegre y dijo encontrarse feliz por completo, con la sensación de tener la frente fresca y con la mente bien abierta y despejada. Ante las preguntas de los facultativos respondió que no recordaba nada en absoluto de todo lo que había pasado. 

             No obstante, esta experiencia debió ser muy traumática para ella porque, pasado justo un mes desde ese infausto día, comenzó a ponerse muy rara. Presentó una enorme confusión mental, comenzó a decir cosas incoherentes, realizó actos sin ningún sentido y, finalmente, se quedó como alelada. Los médicos la sometieron a un concienzudo estudio y dictaminaron que padecía una demencia precoz; fue ingresada  en un manicomio, lugar donde se ahorcó tras haber pasado allí poco menos de un mes. Cuando fue descolgada, encontraron un papel en el bolsillo de su batín donde estaba escrito con letra trémula: «Fui yo». 

             En cuanto al profesor Giuseppe Lombardi, pronto se supo que ése sólo era su nombre artístico y que, en realidad, se llamaba Melquiades Moreno; tenía cuarenta y cinco años y era natural de una pequeña aldea de la estepa castellana llamada Villamogriana. Era el hijo único de unos humildes pastores que, rozando la veintena, un buen día había desaparecido, dejando en estado de preñez a su novia, Olguita Martínez, la hija pequeña de otra familia de pastores que residía en la misma aldea. Como eran pobres, la pastorcilla dio a luz un hermoso crío en la Beneficencia, donde, por ser madre soltera, fue maltratada de palabra y de obra por las monjas, tanto antes como durante el parto; también fue obligada a fregar los suelos y los platos estando recién parida. 

             Cierto día, ella les oyó decir, por lo bajo, que le iban a quitar el hijo para dárselo a otra con marido, para que lo cuidase mejor. Así es que, aprovechando un descuido de las monjas, cogió a la criatura, la envolvió en una toquilla y, apretándola con fuerza entre sus exuberantes senos, escapó de allí, saltando por la ventana. 

             Tras vagar sin rumbo y siendo ya casi de noche cerrada, logró orientarse en dirección a la aldea. Por atajar, ya que el crío lloraba con desconsuelo, decidió cruzar el riachuelo a pie pues el puente les cogía muy arriba. La desdichada pastorcilla no se dio cuenta de que las aguas bajaban turbulentas pues, poco antes, se había desatado por allí una tremenda tormenta. En un suspiro la corriente se la tragó a ella y al fruto de su vientre.

             Melquiades Moreno —el «Melqui», como le llamaban los lugareños— recibió cristiana sepultura en el minúsculo cementerio de Villamogriana. Como ya no le quedaba ninguna familia —era hijo único, sus padres habían fallecido años antes en un incendio que se declaró en su vivienda debido a un cortocircuito y el único tío que le quedaba había emigrado hacía mucho tiempo a Venezuela—, el alcalde pedáneo decidió, con el apoyo unánime de los escasos vecinos, que sus restos mortales debían reposar en la misma tumba que ya ocupaban, desde hacía veinticinco años, los de la Olguita y la infeliz criatura que ambos concibieron.

*** Relato publicado en «ANÁLISIS. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León», números 20-21. Noviembre de 2010.