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CUATRO RELATOS BREVES

PREFACIO

Corría el mes de marzo del año 2005. No recuerdo en qué circunstancias, Concha Lobejón (a quien conocía a través de mi esposa —Luz Matilla— y que ocupaba el puesto, a la sazón, de profesora y coordinadora de Programas Educativos de la UPP) me dijo que le habían comentado algunas personas —entre las que se encontraba mi esposa— que me gustaba escribir y me animó encarecidamente a que me presentase al «IV Concurso de Relatos Hiperbreves» que venía organizando la Universidad Popular de Palencia (UPP), desde hacía tres años, todos los 23 de abril (Día del Libro). Pero que tenía que darme prisa pues en diez días se cerraba la admisión de ejemplares. Le dije que lo iba a intentar, que invocaría a mi musa preferida, Urania —pues desde niño me fascinaron las estrellas—, que era quien me inspiraba mientras yo escribía. Dejó caer una carcajada, tras la sorpresa que le causaron mis palabras, y nos despedimos con efusivos besos y un abrazo.

Aquel mismo día, en el crepúsculo, paseando por las Huertas del Obispo, donde por entonces había menos contaminación lumínica, vi a Héspero —Venus en su faz de lucero vespertino— en toda su plenitud y a una considerable altura cenital. E invoqué allí mismo a Urania. 

Esa noche me puse delante del teclado de mi ordenador y nada… No se me ocurría nada en absoluto. La noche siguiente —casi siempre estudio y escribo de noche—, lo mismo. Me desmoralicé. Pero, no obstante, me puse la tercera noche siguiente, con hastío, ante la persistente página en blanco de mi ordenador, que ya me estaba causando verdadera angustia.

De pronto, ante mi perplejidad, sentí en mi cuerpo y en mi mente una sensación especial que no me es posible relatar porque pertenece al campo de lo real (en otras palabras, que no pertenece ni a lo simbólico ni a lo imaginario de la experiencia, siendo, pues, irrepresentable). Pensaba que Urania me había abandonado, pero estaba por completo equivocado. Urania estaba allí, junto a mí o, más bien, dentro de mí. Las letras comenzaron a ocupar ese lugar vacío y angustiante de la página en blanco y escribí, de un tirón, «Luna de enero» y «Azoospermia». Las dos noches siguientes me puse a la tarea de adaptar mis dos relatos a las bases que el Concurso exigía.

Pasado el fin de semana, ya lo tenía todo preparado (metido el texto de cada relato en un sobre grande cerrado con el lema que debía acompañar a los textos), y mi nombre y apellidos, mi dirección y mi teléfono en otro sobre más pequeño, con el mismo lema y también cerrado, que debía introducir a su vez dentro del sobre grande.

Mañana mismo los llevo —pensé.

Pero por la noche, en estado de duermevela (hipnagógico, lo llaman los psicopatólogos) se me presentó la idea de escribir otro relato. Me levanté como un tiro de la cama y escribí «La contrahecha». Al día siguiente, mientras lo corregía, se me ocurrió «Tecnoludopatía» y lo escribí también. Le di muchas gracias a Urania y me despedí de ella hasta la próxima vez porque, la verdad sea dicha, estaba completamente agotado. El escribir —sobre todo relatos de ficción— me causa «goce» en el sentido lacaniano del término y que es, para simplificar, una mezcla de placer y dolor a la vez, en ocasiones bastante insoportable.

Y allá fui, a la Sede de la UPP de Palencia, el último día apto para presentar los relatos, con los cuatro sobres grandes cerrados que contenían otro sobre más pequeño, cerrado también.

Mientras iba para allá recordé mi adolescencia, cuando tenía catorce años, edad en la que obtuve el Primer Premio Provincial —entonces de Santander (una Provincia) en lugar del Cantabria actual (una Comunidad Autónoma)— del «IV Concurso Nacional de Redacción de Coca-Cola». Caminaba ligero más contento que unas pascuas con fantasías optativas rondándome por la cabeza. Como los dos concursos coincidían en eso del «IV Concurso» cogitaba que ese Concurso al que me iba a presentar  también lo ganaría.

En el «IV Concurso de Relatos Hiperbreves» de la UPP no me dieron el Primer Premio pero sí que me concedieron un Accésit por el relato «Azoospermia», que, después, se publicó tanto en el número 43 de «Páginas» —el Boletín del Área de Educación de la UPP— como, con posteridad, en el número 10 de «ANÁLISIS. Revista de Psicoanálisis y Cultura de Castilla y León», en septiembre de 2005.

Como quiera que el escritor galardonado con el primer premio no hiciese acto de presencia —ignoro el porqué— y me nominasen, a continuación, con el premio del accésit, invitándome a salir ante tod@s a leerlo, casi me da un soponcio. Me restablecí como pude y leí mi relato algo trastabillado, ya que tenía la boca más seca que el desierto del Sahara, mientras Cándido Abril, el director de la UPP, me miraba sentado detrás de mí, a la derecha. Me aplaudieron y sentí una gran emoción porque una de las mayores satisfacciones que obtiene un artista —dejando aparte a Franz Kafka y algún otro, que haberlos los hay— es que los demás, los otros, aprecien su trabajo solitario.

A continuación, invito a los lectores a que lean los cuatro relatos.


LUNA DE ENERO

             Desde entonces ya no pienso en otra cosa y la angustia se apoderó de mí, viscosa, asfixiante y tanática. Ahora es mi fiel compañera, como antes lo fuiste tú, Luna. Pero nos perdió el orgullo y la rutina, que todo lo pudren y devoran. Fue entonces cuando me ofreciste el goce absoluto del Nirvana y el orgasmo infinito... ¡Y sólo con un simple pinchacito…! Herido en mi ego y víctima de los celos, no supe decirte otra cosa que no fuese el consabido: ¡o ella (la heroína) o yo! ¡Maldita disyunción!

             Recuerdo que después te ausentaste, tras mis palabras, llorando, de aquel refugio que ambos habíamos construido, llenos de ilusión, entre los álamos, al borde de la ribera, como desaparecen los fantasmas en las películas. Te maldije, y, en lo más íntimo, te deseé lo peor. ¡Me habías dicho tantas veces que yo era lo más importante para ti…! ¡Mentirosa! ¡Ojalá que desaparezcas para siempre de mi vida! ¡Ojalá te mueras, rastrera!

             El tiempo fue desgranando con suma lentitud los días y los meses. Aquella tarde aciaga, cuando el sol había desaparecido tras el horizonte bajo un palio de sangre coagulada, una llamada telefónica me solicitó que acudiese con premura al depósito de cadáveres municipal. 

             —¿Reconoce a esta mujer? —me preguntó, impávido, el forense mientras levantaba el sudario. 

             —Sí, sí…, es Luna, una antigua novia que tuve —le contesté, horrorizado, entre sollozos—; la reconozco, no tengo ninguna duda…

          —Pues lo siento mucho, amigo mío —me replicó frunciendo el entrecejo—. Una patrulla de la policía municipal fue alertada de que habían encontrado su cadáver junto al río, en una especie de choza de ramaje y juncos, que han debido hacer algunos críos para jugar, con una jeringuilla clavada en el antebrazo y con este papel en la mano donde están escritos su nombre y su número de teléfono.

             Desde entonces, a pesar de los muchos años transcurridos, me extraño todos los días de seguir aún vivo y de acudir, en las noches de luna llena —como un sonámbulo—, a aquel lugar, entre los álamos de la ribera, donde tantas veces nos amamos compartiendo la ilusión de estar los dos solos en el mundo, solos en medio de una selva virgen e inexplorada. Aunque me digo que poco a poco me estoy recuperando, Luna, luna llena de enero, amor mío, sé muy bien que me engaño: no me recuperaré jamás. 


AZOOSPERMIA

             Mientras permanecía en la sala de espera de la consulta del urólogo, Arsenio rememoró aquello que le había llevado a tan insólito lugar. Casado con Marga —la mujer de sus sueños— tras un largo noviazgo, su descendencia se podía contar con casi todos los dedos de una mano y, para colmo, Marga le había anunciado que aquellos mareos y las náuseas de los últimos tiempos tenían su porqué: el ginecólogo había disipado sus dudas. Así es que, ni corto ni perezoso, aprovechando que debía ir a la capital, encaminó sus pasos hacia aquel sitio donde a un conocido suyo le habían practicado una vasectomía. El doctor le atendió con gran amabilidad y le indicó que antes de realizar dicha operación debía, por protocolo clínico, someterlo a una serie de análisis, entre los cuales se encontraba un espermiograma. La enfermera primero le extrajo la sangre y después, tras darle un pequeño recipiente de plástico, le condujo hacia una habitación de tenue luz donde había apiladas varias revistas pornográficas.

             De todo lo anterior no había querido decirle nada a Marga, aunque ésta le había interrogado, repetidamente, durante toda la semana acerca de su pertinaz ensimismamiento. Él le había contestado que estaba muy preocupado por la marcha del pequeño negocio que ambos regentaban pues la gente del pueblo cada vez iba más a comprar al gran centro comercial que habían inaugurado recientemente en la capital.

             La suave voz de la enfermera, pronunciando su nombre e invitándole a entrar en la consulta, arrancó a Arsenio de su cogitación. Una vez dentro, el doctor le indicó que no era en absoluto necesario hacer ningún tipo de intervención sobre sus conductos deferentes porque era estéril de solemnidad. ¡Azoospermia! —sentenció jubiloso mientras se interesaba vivamente por aquellas malditas paperas que había padecido en su juventud.

             Aquella noche Arsenio se sintió íntimamente conmovido al ver a sus cuatro hijos dormir la placidez del sueño de los ángeles y al saborear aquellas deliciosas natillas espolvoreadas con abundante canela que Marga cocinaba expresamente para él. Notó en ella una especial ternura y, tras follar como locos, antes de dormirse, Marga le comentó que cuando llegase al mundo su quinto vástago había decidido someterse a una ligadura de trompas. Arsenio suspiró, tragó saliva, sonrió feliz y se acurrucó una noche más junto a la mujer de sus sueños.  

            

LA CONTRAHECHA

             —¿A qué jugamos hoy?

             —A las muñecas.

             —No; mejor a las prendas.

             —Pues yo quiero jugar al escondite o a la comba…

             —¿Y por qué no jugamos a heroínas…?

             —Eso, eso... ¡A heroínas! ¡A heroínas!

             —Y tú... ¿Juegas?

             —Yo... Se mira la contrahecha. Es que no puedo...

             —Pues yo iré corriendo hasta aquellos árboles de allí en menos de un minuto…. 

            —Y yo subiré todas esas escaleras de dos en dos peldaños…

            —Y yo lanzaré esta piedra hasta el medio del estanque, donde están ahora los patos.

            —¿Y tú?

             —Yo... —se vuelve a mirar—. De pronto se iluminaron sus enormes ojos negros y exclamó:

            —¿Veis aquella tapia que está derrumbada? ¡Pues saltaré desde un borde al                             otro…!

             En silencio la contrahecha es ayudada a subir al muro. Desde allá arriba mide la distancia. ¡Si ella pudiera…! ¡Pero es deforme! ¡Se lo han dicho cientos de veces! ¡Esa niña es un monstruo…! —ha oído cuchichear, desde que nació, casi siempre a su paso—. Pero por una vez sus amigas esperan de ella algo: ¡la proeza!

             —A la de una... A la de dos... Y... ¡a la de tres!

               Un salto en el vacío. Un grito desgarrado. Y un chasquido de rama desgajada.

             —¡Oh! ¡Ay, ay, Dios mío…! 

             —¡Auxilio…!¡Socorro…!

             Pero ya no hace falta. La contrahecha ya no existe. Su frágil columna vertebral se ha roto en mil pedazos.

        

       

TECNOLUDOPATÍA

             Como venía haciendo todas las mañanas, Marina abrió con lentitud la puerta de la habitación de su hijo. Al igual que otros días él se encontraba ya despierto, sentado sobre la cama con las piernas entrecruzadas y dándole que te pego con sus inquietos pulgares a los botones de una consola portátil. Sus ojos, extraviados e insomnes, parpadeaban de modo espasmódico mientras una espesa y blancuzca babilla le resbalaba por las comisuras de los labios que, a su vez, esbozaban una sonrisa estulta. Marina se ajustó las gafas, emitió un profundo suspiro y exclamó:

             —¡Ya está bien, Fermín! ¡Pero qué desgracia tengo contigo, hijo! ¡Ay, Dios mío, buena me ha caído...! ¿Pero otra vez te has pasado toda la noche jugando? ¿Eh? Es que no tienes remedio... No me extraña que haya habido quejas de que luego, en el colegio, te quedas dormido como un lirón en mitad de clase.

             Cuando la madre instó a su hijo a que fuese a la ducha, éste la respondió con un sonido gutural —una especie de gruñido ininteligible— y prosiguió con su faena lúdica sin prestarla la menor atención. Ella, resignada, le fue quitando el pijama y le ayudó a vestirse. Luego, preparó el zumo de naranja y el tazón de Nesquik con Kellogg’s que él se zampó de modo automático, sin tan siquiera mirarlos. Después dejó escapar un eructo y dos ventosidades. Como quiera que ya se marchaba, de modo sonambúlico, para la calle, Marina lo asió con fuerza por un brazo y lo condujo al cuarto de baño. Allí le lavó la cara, eliminó —con una toallita húmeda— las últimas legañas de sus enrojecidos ojos y le quitó la baba que aún permanecía, reseca, a ambos lados de la barbilla. 

             A continuación, le peinó los cabellos, las patillas y las cejas. Por fin, le suplicó que orinase antes de salir de casa, no fuera a ser que se lo hiciese encima mientras dormitaba en clase, allí delante de todos.   

             Tras abrir la puerta del domicilio, Marina logró, mediante un rápido y preciso zarpazo, arrebatar a su hijo la consola portátil de entre las manos y la introdujo, con firmeza, en el bolsillo de su bata de seda perlina. Él protestó con un balbuceo gimoteante pero no opuso ninguna resistencia. 

             Antes de despedirlo, mientras le subía la cremallera de la bragueta, que llevaba abierta de par en par, le dijo: ¡Ay, Fermín, hijo mío...! No quiero ni pensarlo... ¡Qué bochorno tan grande si alguno de tus alumnos llegara a enterarse de lo que haces con esas dichosas maquinitas que les estás requisando!