Calle Los Soldados, 20 2ºC 34001 Palencia

A SETENTA Y CINCO AÑOS DE «EL MALESTAR EN LA CULTURA »

                                                          

                                                 INTRODUCCIÓN


              Aprovechando la coincidencia del lema que preside esta nuestra VIII Jornada del GEP-CL —«Psicoanálisis y sociedad: sobre el malestar contemporáneo»— con el setenta y cinco aniversario de la redacción y publicación del ensayo de Freud titulado «El malestar en la cultura», voy a centrar mi intervención en la exposición de alguna de las ideas que el autor vierte en este texto acerca del sujeto humano, que lo llega a ser por estar inmerso en la cultura o civilización, términos que para él resultaban ser sinónimos, según nos indicaba en el comienzo de su texto anterior, titulado «El porvenir de una ilusión». 

              Cuando Freud escribió este ensayo (en el verano de 1929) contaba setenta y tres años de edad y su salud era ya muy precaria. Sufría un intenso dolor oncológico y las sucesivas intervenciones mutilantes que se habían realizado sobre su carcinoma bucal, que venía padeciendo desde hacía seis años atrás, casi le impedían hablar, a pesar de que usaba una prótesis maxilar especialmente diseñada para él. Pero, afortunadamente para nosotros, sus lectores, Freud pudo seguir no sólo escribiendo —actividad que era una de sus pasiones— sino también manteniendo intacta su penetrante lucidez de investigador de lo psíquico hasta que la pluma se le cayera de entre las manos, no sin antes haber escrito: «La psique es extensa pero nada sabe de ello». 

              Desde su lugar de descanso veraniego en Berchtesgaden, el 8 de julio de 1929, comunicó por correo al psiquiatra y psicoanalista polaco Max Eitingon que había comenzado a escribir un texto cuyo título provisional podría ser el de «La desdicha en la cultura» —«Das Unglück in der Kultur»—. 

              Veinte días después (el 28 de julio) Freud comenzaba así una carta dirigida a su amiga la psicoanalista Lou Andreas-Salomé: «Muy querida Lou: Con su agudeza habitual, habrá adivinado enseguida por qué no he contestado en tanto tiempo. Anna ya le había comunicado que estaba escribiendo algo y hoy acabo de redactar la última frase que, dentro de lo posible —sin biblioteca—, pone fin al trabajo. Trata de la civilización, del sentimiento de culpabilidad, de la felicidad y de otras grandes cosas semejantes, y se me antoja, sin duda con razón, como perfectamente superfluo, al revés de otros trabajos anteriores tras de los cuales había siempre ciertamente un impulso. Pero, ¿qué quiere que haga? No puedo fumar y jugar a los naipes todo el día; porque en cuanto a andar ya no lo soporto mucho, y la mayoría de las cosas que pueden leerse no me interesan. Escribí, pues, y el tiempo se me ha pasado así de modo muy agradable. Durante este trabajo he vuelto a descubrir las verdades más banales».

               Finalmente, en otra carta —fechada el  25 de agosto de 1929— le dijo a Ernest Jones lo siguiente: «Mi librito ‘Das Unglück in der Kultur’ (o así) ya está terminado aunque no listo para la imprenta. ¿Podría reclamar su traducción?».

              Sabemos que esta traducción al inglés que Freud reclamaba de Jones fue llevada a cabo por la psicoanalista inglesa Joan Riviere, en 1930, y también que fue ella quien le sugirió que modificase, suavizándolo, el término alemán Unglück (que significa desdicha, infelicidad, desgracia, infortunio, desventura) por Unbehagen, cuyo significado es el de malestar, desazón, descontento, incomodidad. 

              El manuscrito, con el título definitivo de «Das Unbehagen in der Kultur» («El malestar en la cultura»), fue enviado a la imprenta a comienzos del mes de octubre y apareció —con una tirada inicial de doce mil ejemplares— en las librerías de Leipzig, Viena y Zurich el día 29 de octubre de 1929; es de reseñar que en la portada del libro (que constaba de 136 páginas) figuraba el año 1930, sucediendo algo muy similar a lo ocurrido con «La interpretación de los sueños», que apareció en las librerías el 4 de noviembre de 1899 pero llevando la fecha de 1900 en su portada.

               A pesar de que Freud al comenzar el sexto capítulo confiesa que en ésta, como ninguna otra de sus obras, se le ha producido la impresión de estar describiendo cosas por todos conocidas, de malgastar papel y tinta y de ocupar a tipógrafos e impresores para exponer unos hechos que a él le parecían del todo evidentes, el libro tuvo una excelente acogida en los países de habla alemana, aunque suscitó agrias polémicas, incluso entre sus mismos discípulos; de modo que a mediados de enero de 1930 la casa editorial ya estaba preparando una segunda reimpresión.

               También quisiera resaltar la enorme clarividencia que mostró Freud en su abordaje temático por cuanto que precisamente ese mismo día en el que apareció este libro, que hoy homenajeamos, se produjo un colapso, de magnitudes desconocidas hasta entonces, en el corazón mismo de un sistema financiero que ya despuntaba con arrogancia en el seno de nuestra civilización occidental.

              Me refiero al crack bursátil del 29 de octubre de 1929 de la Bolsa de Nueva York, punto álgido de un vertiginoso desplome bursátil iniciado once días antes y que pasó a los anales históricos con el nombre de «Martes Negro», situación que condujo al período de la Gran Depresión en la economía mundial.

              Cualquier historiador nos podría contar todo lo que sucedió a partir de entonces: Tánatos, la pulsión de muerte, se adueñó de nuestra civilización occidental y pudo observarse en multitud de hombres —antes supuestamente civilizados— una barbarie, una crueldad y una maldad hasta tal grado de horror, que aquellos que acusan a Freud de ser pesimista, antihumanista y antiprogresista (tanto por ésta como por alguna otra de sus obras) no caen en la cuenta de que realmente se quedó algo corto en sus apreciaciones sobre el odio mortífero —hacia sus semejantes y hacia sí mismo— que porta el animal humano, un animal que para poder desarrollarse como tal humano debe pasar, de modo obligatorio, por los desfiladeros del lenguaje y de la ley, desfiladeros donde quedará (en mayor o menor medida) capturado y sometido al proceso cultural que impone lo social, proceso simbólico que tratará  de apartarlo paulatinamente de su goce pulsional primigenio.

                El tema principal de este texto —el irremediable antagonismo y la colisión entre las exigencias pulsionales que padece el sujeto y las restricciones que impone la cultura— puede ya encontrarse bosquejado en una carta que Freud envió a su entonces amigo Wilhem Fliess, redactada el 31 de mayo de 1897 y conocida como «Manuscrito N», donde indica a su interlocutor que «el incesto es antisocial y la cultura consiste en la progresiva renuncia a él». Un año después, en su trabajo «La sexualidad en la etiología de las neurosis», sostenía que «Podemos con derecho afirmar que nuestra cultura es la responsable de la difusión de la neurastenia». 

              Fueron después, a lo largo de su extensa obra, muchas sus referencias a diversas cuestiones antropológicas, morales, religiosas y sociales; podréis encontrarlas si leéis textos tales como «La moral sexual ‘cultural’ y la nerviosidad moderna» (1908), «Tótem y tabú» (1912-13), «Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte» (1915), «Psicología de las masas y análisis del Yo» (1921), «Las resistencias contra el psicoanálisis» (1925), «El porvenir de una ilusión» (1927) y «Moisés y la religión monoteísta: tres ensayos» (1934-38); es especialmente interesante la contestación que Freud dio a la carta que le dirigió Albert Einstein, el 30 de julio de 1932, interesándose acerca de su opinión sobre el por qué se producen las guerras.


                                         LA CULTURA O CIVILIZACIÓN

              Para Freud el término cultura o civilización designaba la suma de las producciones e instituciones que distancian nuestra vida de la de nuestros antecesores animales y que sirven a dos fines: proteger al hombre contra la Naturaleza y regular las relaciones de los hombres entre sí, es decir, aquellas relaciones que conciernen al individuo en tanto vecino, colaborador u objeto sexual de otro, en tanto miembro de una familia, de una comunidad o de un Estado. 

              En su conocido ensayo de carácter antropológico «Tótem y tabú», escrito durante los años previos a la Primera Guerra Mundial, ya había tratado de mostrar el camino que, según él, condujo a la mítica familia primitiva humana (la horda primordial dominada por un solo macho, cuya voluntad sobre las hembras y los hijos era ilimitada) a una fase siguiente más avanzada de vida en sociedad: el totemismo, estructura social donde primaban las alianzas fraternas y la prohibición de matar al tótem, generalmente un animal, que representaba al ancestro común. Los preceptos tabú que regían dicha sociedad totémica constituyeron el primer «Derecho», las primeras leyes que se dio a sí misma la naciente Humanidad, sustituyendo de este modo el poderío individual por el de la comunidad.

              El salto de una estructura familiar y social a otra, y por consiguiente, el paso de la Naturaleza a la Cultura, propuso Freud que fue la consecuencia de un acto: el asesinato y la posterior devoración de ese padre prehistórico por sus hijos conjurados. Los hijos, al haber triunfado sobre el viejo macho, comprendieron que la asociación entre ellos era mucho más poderosa que la fuerza bruta de un individuo aislado y, por otro lado, apreciaron que a partir de entonces debían de alguna forma pactar entre sí, de modo que todos ellos se sometieron a preceptos y leyes muy restrictivas con el fin de asegurarse que en adelante ninguno de ellos iba a tratar de ocupar el lugar del extinto padre y de erigirse, a su vez, en el macho dominante de la horda.

               Aquel macho iracundo y despótico estaba ya muerto, pero aún así siguió imponiendo su voluntad más allá de su desaparición física pues impedía los acoplamientos sexuales entre sus descendientes no ya desde el espacio exterior, matando, castrando o expulsando de la horda a sus hijos y quedándose para sí el conjunto de las hembras —madres y hermanas—, sino desde el mismo espacio interno de cada uno de aquellos que, tras asesinarlo, comieron su carne y bebieron su sangre. En efecto, los hijos, bajo la presión del sentimiento de culpabilidad por el crimen cometido, no pudieron llevar a cabo el deseo más profundo que albergaban al matar al violento macho (que no era otro que poseer sexualmente a las hembras de la horda, tal como él hacía), pues había algo interno, de orden psíquico, que se lo impedía.

                De este modo nació en la prehistoria de la Humanidad la institución de la exogamia y el horror al incesto ya que a partir de entonces las relaciones sexuales entre los miembros del endogrupo fueron sometidas tajantemente a la más rigurosa prohibición. Así es que para formar una nueva familia el sujeto debía elegir a alguien que no perteneciese a su mismo clan totémico. Este tótem, con el paso del tiempo, tras encarnarse en diversos dioses, finalmente, dio lugar al culto al Dios único —un padre grandiosamente exaltado— de las religiones monoteístas, Ser Supremo que, según los creyentes, posee los atributos de la omnipotencia y de la omnisapiencia.

              Según Freud, este paso del politeísmo al monoteísmo fue dado por un reformador religioso, el faraón egipcio Akhenatón (Amenofis IV) quien impuso a su pueblo, por la fuerza, la exclusividad de culto a un antiquísimo dios solar llamado Atón. Para quienes le adoran, este Dios es Providencia a cuya voluntad se pliegan, pensando que les guardará su vida y les recompensará con una existencia ultraterrena las privaciones que sufren en ésta. Este Ser Supremo, cuyo nombre es diferente en las tres religiones monoteístas, no es pues sino un subrogado de aquel protopadre gozador y tiránico primigenio que sólo conocía el odio, la brutalidad, la crueldad y la segregación del más débil e indefenso.

               Mientras escribo estas líneas, recuerdo haber leído que uno de los asesinos —y posteriormente suicidas—  que segaron con un odio espantoso múltiples vidas inocentes el día 11 de marzo en Madrid, cuando su madre le preguntó por teléfono las razones que le habían llevado a cometer semejante crimen y a decidir inmolarse al comprobar que se encontraba rodeado por la policía, él le contestó de modo escueto: «Madre, es voluntad de Alá». Bien sabemos todos (aunque Lacan ya nos advirtió que el ser del hombre posee tres pasiones: el amor, el odio y la ignorancia) que esta voluntad —ya sea la del Allah mahometano, la del Dios trinitario cristiano o la del Yahvéh judío—, es una voluntad de ciega intolerancia hacia todo aquello que puede suponer una diferencia en el creer, en el ser y en el gozar de la precaria existencia en la cual nos movemos, con su más bien poco principio de realidad.

              Si la Humanidad ha padecido de incontables conflictos y guerras, según nos enseña su Historia, una buena parte han sido precisamente desencadenadas en nombre de algún oscuro Dios justiciero o de alguno de sus preceptos religiosos. El presidente George W. Busch ya lo anunció antes de comenzar la práctica de las que eufemísticamente se han venido en llamar «guerras preventivas» —de las cuales se cuentan dos—, que no son otra cosa que una actualización brutal, mediante armas poderosas y sofisticadas producidas por la tecnociencia, de ley del más fuerte (la ley de la selva) en nombre de un axioma: «¡Dios está con Norteamérica!».

              Nos dice Freud en «El malestar en la cultura» que no solamente los hombres no aceptan de buen grado los preceptos y las restricciones pulsionales que la civilización les impone, sino que debido a su agresividad («la tendencia agresiva es una disposición pulsional innata y autónoma del ser humano»), la misma sociedad civilizada se encuentra de continuo al borde de la desintegración, a pesar de que uno de los pretendidos ideales postulados por el cristianismo —más antiguo que él aunque éste lo ostenta como su más encomiable conquista— es el grandilocuente mandamiento «Amarás al prójimo como a ti mismo», en el que Freud ve una formación reactiva psíquica de dicha innata hostilidad humana y, además, una inflación del concepto del amor que no puede sino menoscabar su verdadero valor.

               Escribe: «A los que creen en los cuentos de hadas no les agrada oír mentar la innata inclinación del hombre hacia ‘lo malo’, a la agresión, a la destrucción y con ello también a la crueldad. ¿Acaso Dios no nos creó a imagen de su propia perfección? Por eso nadie quiere que se le recuerde cuán difícil resulta conciliar la existencia innegable del mal con la omnipotencia y la soberana bondad de Dios. El Diablo aun sería el mejor subterfugio para disculpar a Dios […] Pero aún así se podría pedir cuentas a Dios tanto de la existencia del Diablo como del mal que encarna».

              Y es que «la verdad oculta, tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus: ¿quién se atrevería a refutar este dicho después de todas las experiencias de la vida y de la Historia? Por regla general, esta cruel agresión espera para desencadenarse a que se la provoque, o bien se pone al servicio de otros propósitos, cuyo fin también podría alcanzarse con medios menos violentos».

              En una nota a pie de página, Freud nos remite a la lectura del gran poeta Heinrich Heine, quien se permitió expresar mediante la broma «las verdades psicológicas más rigurosamente condenadas». Este autor —en la sección I de sus «Pensamientos y ocurrencias (Gedanken und Einfälle»)— escribió lo siguiente: «Yo tengo las intenciones más pacíficas. Mis deseos son: una modesta choza con techo de paja, pero un buen lecho, buena comida, leche y pan muy frescos; frente a la ventana, flores, y algunos hermosos árboles a mi puerta; y si el buen Dios quiere hacerme completamente dichoso, que me dé la alegría de que de esos árboles cuelguen seis o siete de mis enemigos. De todo corazón les perdonaré, muertos, todas las iniquidades que me hicieron en vida… Sí, uno debe perdonar a sus enemigos, pero no antes de que sean ahorcados».


                                                  SOBRE LA FELICIDAD

              A continuación, quisiera exponer alguna de las reflexiones que Freud realizó en este texto acerca de la felicidad, tema que a lo largo de la historia del pensamiento siempre ha gozado, a través de los tiempos, de actualidad, siendo innumerables los pensadores que se ha referido a este término, derivado de latín felicitas. Por otro lado, la felicidad, el ser feliz como objetivo vital obligatorio para todos, es uno de los pilares donde se sustenta esta nuestra sociedad contemporánea del consumo y de la abundancia en la que habitamos, en cuyo seno el sufrimiento se tolera peor que nunca y nos domina el ansia de conseguir un bienestar permanente que nos es ofrecido como mercancía —la felicidad como gadget ideológico—, tanto por los poderes económicos como por las diversas instancias políticas, mediáticas y religiosas. 

              Hasta una institución mundial del máximo prestigio, la OMS (confundiendo el culo con las témporas), dictaminó en el año 1948, que «la salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social y no únicamente la ausencia de enfermedad». Ante esta grandílocua declaración se me ocurre —ya que celebramos en la Facultad de Filosofía de la Universidad de Valladolid esta VIII Jornada— que sólo cabría realizar un acto semejante al que llevara a cabo el cínico Diógenes de Sínope: encender a plena luz del día un candil e ir con él merodeando por las calles; y cuando alguien pregunte por el motivo de semejante proceder responderle: «Voy buscando un hombre… sano». 

              Pero, sin embargo, una cosa es esta megalomaníaca proclamación omsiana y otra lo verdadero del asunto de que se trata; así la revista norteamericana US News advierte a sus lectores que «el número de personas felices no ha aumentado en los últimos años y, además, se contabilizan diez veces más de depresiones que las que se padecían dos generaciones atrás». 

              Quienes dedicamos nuestro tiempo profesional a escuchar las quejas del pathos subjetivo contemporáneo, entre el que se incluyen las llamadas depresiones, bien sabemos el dolor moral y la desesperanza que el sujeto presenta cuando se siente rodeado de personas que él supone felices, sobre todo aquéllos que le son más cercanos. Esa supuesta felicidad de la que gozan los demás le golpea en lo más profundo de su ser y le causa un sentimiento de rencor, de envidia y de odio atroz que puede, en ocasiones, desembocar en lo peor. Y es que, seguramente, la imperativa exigencia de ser felices que padecemos ha empedrado esta sociedad de desgraciados, pues tal como afirma Pascal Bruckner en su libro «La euforia perpetua. Sobre el deber de ser feliz»: «Ésta es la primera sociedad que ha hecho a la gente infeliz por ser feliz». 

              Nos indica Freud en «El malestar en la cultura» que «nuestras facultades de felicidad están limitadas por nuestra propia constitución, y por ello, nos es menos difícil experimentar la desgracia. El sufrimiento nos amenaza por tres lados: desde el propio cuerpo que, condenado a la decadencia y a la aniquilación, ni siquiera puede prescindir de los signos de alarma que representan el dolor y la angustia; del mundo exterior, capaz de encarnizarse en nosotros con fuerzas destructoras omnipotentes e implacables; y, por fin, de las relaciones con otros seres humanos. El sufrimiento que emana de esta última fuente quizá nos sea más doloroso que cualquier otro; tendemos a considerarlo como una adición más o menos gratuita, pese a que bien podría ser un destino tan ineludible como el sufrimiento de distinto origen». Y prosigue: «No nos extrañe, pues, que bajo la presión de tales posibilidades de sufrimiento, el hombre suele rebajar sus pretensiones de felicidad […] no nos asombra que el ser humano ya se estime feliz por el mero hecho de haber escapado a la desgracia, de haber sobrevivido al sufrimiento y que, en general, la finalidad de evitar el sufrimiento relegue a un segundo plano la de lograr el placer».

              Piensa Freud que no nos sentimos nada cómodos en la civilización pues «tal como nos ha sido impuesta la vida nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos, decepciones, empresas imposibles. Para soportarla, no podemos pasar sin lenitivos». 

              Los lenitivos, o sea, aquello que nos sirve para mitigar ese malestar que nos acompaña y que es, por así decirlo, estructural, los divide en tres especies diferentes: por un lado «distracciones poderosas que nos hacen parecer pequeña nuestra miseria»; por otro «satisfacciones sustitutivas que la reducen»; y, finalmente, «narcóticos que nos tornan insensibles a ella». Asegura que «alguno cualquiera de estos remedios nos es indispensable». El más crudo —dice— pero el más efectivo de los tres es el consumo de substancias químicas (que llama «quitapenas») las cuales, influyendo sobre el quimismo del organismo, impiden percibir los estímulos desagradables y ofrecen al sujeto un seguro refugio en un mundo propio que goza de mejores perspectivas en su continuo esfuerzo por ahuyentar de sí el displacer, el malestar subjetivo. 

              Además del ejercicio de actividades científicas o artísticas («que sólo es accesible a pocos seres») y el goce de la belleza («que posee un particular carácter emocional, ligeramente embriagador y deriva del terreno de las sensaciones sexuales»), cita como método para intentar conquistar la felicidad y alejar el sufrimiento «la posibilidad de desplazar al trabajo y a las relaciones humanas con él vinculadas una parte muy considerable de los componentes narcisistas, agresivos y aun eróticos de la libido […] La actividad profesional ofrece particular satisfacción cuando ha sido libremente elegida, es decir, cuando permite utilizar, mediante la sublimación, inclinaciones preexistentes […] No obstante, el trabajo es menospreciado por el hombre como camino a la felicidad. No se precipita a él como a otras fuentes de goce. La inmensa mayoría de los seres sólo trabajan bajo el imperio de la necesidad, y de esta natural aversión humana al trabajo se derivan los más dificultosos problemas sociales».

              Nos señala Freud que otra de las vías que tenemos para intentar conquistar la felicidad es la orientación de la vida que hace del amor el centro de todas las cosas y que deriva toda satisfacción en el amar y en el ser amado, ya que «una de las formas en que el amor se manifiesta —el amor sexual— nos proporciona la experiencia placentera más poderosa y subyugante, estableciendo así el prototipo de nuestras aspiraciones de felicidad […] El punto débil de esta técnica de vida —continúa— es demasiado evidente, y si no fuera así, a nadie se le habría ocurrido abandonar por otro tal camino hacia la felicidad. En efecto: jamás nos hallamos tan a merced del sufrimiento como cuando amamos; jamás somos tan desamparadamente infelices como cuando hemos perdido el objeto amado a su amor».

              Son también numerosos los individuos que intentan procurarse un seguro de felicidad y una protección contra el dolor psíquico mediante su adhesión a una religión, es decir, por medio de una transformación delirante de la realidad (puesto que las religiones de la Humanidad deben ser consideradas como delirios colectivos, aunque, como sucede habitualmente en la clínica mental, ninguno de aquellos que comparten el delirio pueda reconocerlo jamás como tal).

              La técnica que emplea la religión es muy simple: consiste en reducir el valor de la vida y en deformar delirantemente la imagen del mundo real, medidas que —añade Freud— tienen como condición previa la intimidación de la inteligencia. Y finaliza: «A este precio, imponiendo por la fuerza al hombre la fijación a un infantilismo psíquico y haciéndolo participar en un delirio colectivo, la religión logra evitar a muchos seres la caída en la neurosis individual. Pero no alcanza a nada más. Como ya sabemos, hay muchos caminos que pueden llevar a la felicidad, en la medida en que es accesible al hombre, mas ninguno que permita alcanzarla con seguridad. Tampoco la religión puede cumplir sus promesas, pues el creyente, obligado a evocar en última instancia los ‘inescrutables designios’ de Dios, confiesa con ello que en el sufrimiento sólo le queda la sumisión incondicional como último consuelo y fuente de goce. Y si desde el principio ya estaba dispuesto a aceptarla, bien podría haberse ahorrado todo ese largo rodeo». 

                Pero a pesar de todo los hombres «aspiran a la felicidad, quieren llegar a ser felices, no quieren dejar de serlo». Esta aspiración —prosigue— tiene dos caras: por un lado evitar el dolor y el displacer, y por el otro experimentar intensas sensaciones placenteras. Le parece que en un sentido estricto debiera aplicarse el término de felicidad al segundo caso, es decir, el experimentar intensas sensaciones placientes. Todo lo anterior se debe a que quien fija el objetivo vital de lo psíquico es el programa del principio del placer; pero resulta que este programa de alcanzar la felicidad no solamente está en pugna con el principio de realidad sino, además, con el mundo entero, tanto con el macrocosmos como con el microcosmos. «Este programa —asegura— ni siquiera es realizable pues todo el orden del universo se le opone, y aún estaríamos por afirmar que el plan de la ‘Creación’ no incluye el propósito de que el hombre sea ‘feliz’. Lo que en sentido más estricto se llama felicidad, surge de la satisfacción, casi siempre instantánea, de necesidades y deseos acumulados que han alcanzado una elevada tensión y de acuerdo con esta índole sólo puede darse como fenómeno episódico. Toda persistencia de una situación anhelada por el principio del placer sólo proporciona una sensación de tibio bienestar, pues nuestra disposición no nos permite gozar intensamente sino del contraste, pero sólo en muy escasa medida de lo estable. Goethe aún llega a advertirnos: ‘Nada es más difícil de soportar que una serie de días hermosos’; pero bien podría ser que exagera».

               Tras señalarnos que la felicidad es algo profundamente subjetivo de cada cual, concluye: «El designio de ser felices que nos impone el principio del placer es irrealizable; mas no por ello se debe —ni se puede— abandonar los esfuerzos por acercarse de cualquier modo a su realización. Al efecto podemos adoptar muy distintos caminos, anteponiendo ya el aspecto positivo de dicho fin —la obtención del placer—, ya su aspecto negativo —la evitación del dolor—. Pero ninguno de estos recursos nos permitirá alcanzar cuanto anhelamos. La felicidad, considerada en el sentido limitado, cuya realización parece posible, es meramente un problema de la economía libidinal de cada individuo. Ninguna regla al respecto vale para todos; cada uno debe buscar por sí mismo la manera en que pueda ser feliz […] Así como el comerciante prudente evita invertir todo su capital en una sola operación, así también la sabiduría quizá nos aconseje no hacer depender toda satisfacción de una única aspiración, pues su éxito jamás es seguro».

              Y para finalizar ya mi intervención, quisiera leer, por si puede ayudarnos en posteriores reflexiones, dos citas de Jacques Lacan acerca de la felicidad. 

              La primera es aquello que les dijera, el día 11 de enero de 1956, a quienes seguían su Seminario («Las Psicosis, 1955-1956»), que por entonces impartía en el anfiteatro del Hospital Psiquiátrico Sainte-Anne de París: «Ser psicoanalista es, sencillamente, abrir los ojos ante la evidencia de que nada es más disparatado que la realidad humana. Si creen tener un yo bien adaptado, razonable, que sabe navegar, reconocer lo que debe y lo que no debe hacer, tener en cuenta las realidades, sólo queda apartarlos de aquí. El psicoanálisis, coincidiendo al respecto con la experiencia común, muestra que no hay nada más necio que un destino humano, o sea, que siempre somos embarcados. Aun cuando tenemos éxito en algo que hacemos, precisamente no es eso lo que queríamos. No hay nada más desencantado que quien supuestamente alcanza su sueño dorado, basta hablar tres minutos con él, francamente, como quizá sólo lo permite el artificio del diván psicoanalítico, para saber que, a fin de cuentas, el sueño es precisamente la bagatela que le importa un bledo, y que además está muy molesto por un montón de cosas. El análisis es darse cuenta de esto, y tenerlo en cuenta. Si por una suerte extraña atravesamos la vida encontrándonos solamente con gente desdichada, no es accidental, no es porque pudiese ser de otro modo. Uno piensa que la gente feliz debe estar en algún lado. Pues bien, si no se quitan eso de la cabeza, es que no han entendido nada del psicoanálisis».

              La segunda cita podréis encontrarla en «La dirección de la cura y los principios de su poder», de julio de 1958, escrito lacaniano sobre el cual se desarrollará el próximo Seminario de Textos del Espacio del Instituto del Campo Freudiano en Castilla y León (curso 2004-2005). 

              A propósito de la mortificación que el significante impone a la vida del sujeto, numerándola, escribe el siguiente —un tanto complicado pero certero— parágrafo: «Parecería que el psicoanalista, tan sólo para ayudar al sujeto, debería de estar a salvo de esa patología, la cual no se inserta, como se ve, en nada menos que en una ley de hierro. Es por eso justamente por lo que suele imaginarse que el psicoanalista debería ser un hombre feliz. ¿No es además la felicidad lo que vienen a pedirle, y cómo podría darla si no la tuviese un poco?, dice el sentido común. Es un hecho que no nos negamos a prometer la felicidad, en una época en la que la cuestión de su medida se ha complicado: en primer término porque la felicidad, como dijo Saint-Just, se ha convertido en un factor de la política. Seamos justos, el progreso humanista desde Aristóteles hasta San Francisco (de Sales) no había colmado las aporías de la felicidad. Es perder el tiempo, ya se sabe, buscar la camisa de un hombre feliz, y lo que se llama una sombra feliz debe evitarse por los males que propaga».


***Intervención realizada durante la VII Jornada del Grupo de Estudios Psicoanalíticos de Castilla y León (GEP-CL) que tuvieron lugar en el Salón de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Valladolid el día 16 de octubre de 2004. Texto publicado en el Nº 9 de los «Cuadernos de Psicoanálisis de Castilla y León». Diciembre de 2004.